Editorial: Un Concejo en deuda

Editorial: Un Concejo en deuda

El cabildo de Bogotá sigue golpeado en su imagen. Urge un análisis sobre el rumbo que debería tomar.

27 de agosto 2015 , 07:28 p.m.

Si los concejales entendieran el papel que cumplen en el devenir de las ciudades, y, al mismo tiempo, los ciudadanos comprendieran el trabajo de estos servidores, seguramente la situación de Bogotá y otras capitales sería distinta. Porque habría a quién exigir resultados o demandar prioridades; porque estarían obligados a rendirles cuentas a sus electores y porque más ojos estarían vigilando sus acciones.

No tener claras estas responsabilidades –que nos atañen a todos– solo nos conduce a derroteros inciertos en los que se confunden los papeles, y la labor de legislar se convierte en un pulso entre poderes, donde todos pierden.

De ahí que los resultados a la hora de los balances no puedan ser sino decepcionantes. Así lo refleja el reciente informe del programa Concejo, Cómo Vamos (CCV), que hace un juicioso análisis del papel de las bancadas en el cabildo y de la labor de sus integrantes, clave ahora que terminan su mandato y muchos quieren repetir.

Según CCV, apenas cuatro de los 44 concejales de Bogotá logran pasar el promedio de los bien calificados: Lucía Bastidas (Alianza Verde), Jairo Cardozo (Mira), María Victoria Vargas (Liberal) y Olga Victoria Rubio (Mira). Los demás están por debajo de las expectativas, según los criterios con que son evaluados: ejercer control político, promover acuerdos, asistencia y participación dentro de las sesiones de comisiones y plenarias.

Si a esa falta de compromiso, particularmente entre quienes figuran en rojo (28 de 44 concejales), se suman otros ingredientes que golpean la imagen y credibilidad de los cabildantes, a saber, la insana práctica de influir en la contratación pública, la corrupción, la defensa de intereses particulares y las microempresas electorales en alianza con ediles, pues apague y vámonos.

Lo advirtieron varios expertos reunidos en el foro convocado por CCV, entre ellos, la Misión de Observación Electoral: Bogotá es hoy escenario de las peores prácticas utilizadas en otras zonas del país, como compra de votos, trasteo de electores, costos de campañas que desbordan los topes de ley y parientes y familiares que heredan curules, incluso de quienes han estado encartados por escándalos de corrupción.

Todo ello se traduce en apatía, desconfianza y pesimismo entre los electores, y hace que alternativas como el voto en blanco (15 por ciento en el 2011) y la abstención encuentren asidero entre una ciudadanía que no le da importancia al Concejo (67 por ciento tiene una mala imagen de este) o que vota por amiguismo o por coacción.

Ante este panorama, resulta sensato abordar sin demoras un debate a fondo sobre el papel que cumple el Concejo de Bogotá; si es dable mantener este estado de cosas o si se exploran alternativas como la elección por circunscripciones especiales, territorios o localidades; si hay que revisar el papel de las juntas administradoras locales (JAL) –de pobre desempeño en muchos casos– y si el esquema de las bancadas ha sido un fracaso.

Los partidos tienen mucho que revisar de su propia organización y de la transparencia de los candidatos que avalan. Y hay quienes sostienen que la ciudadanía debería empoderarse más frente a estos temas. Pero ella ya tiene su propio poder, que es el que deben ejercer sin vacilación: votar a conciencia.

editorial@eltiempo.com

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