El lento aterrizaje de la paz

El lento aterrizaje de la paz

El aterrizaje de la nave de la paz debe hacerse con el mayor cuidado para evitar un magno desastre.

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27 de agosto 2015 , 04:51 p.m.

La última declaración (26 de agosto) del jefe del equipo negociador del Gobierno en La Habana, Humberto de la Calle, tiene un tono insoslayable de preocupación y de angustia. Podría compararse al mensaje dramático de un piloto a la torre, en el momento de iniciar la operación de aterrizaje. Después de un largo vuelo, arduo, constantemente sacudido por movimientos bruscos, amenazado por obstáculos insospechados, el conductor de la aeronave de la paz, ya próximo a su destino final, no logra tomar pista. La visibilidad es casi nula. Desde la torre de control le indican que se mantenga en el aire. La pista está obstruida por mil inconvenientes que le han atravesado los infatigables partidarios de que la nave de la paz se estrelle, explote en mil pedazos, y el país con ella.

Dice el doctor De la Calle: “Seguiremos cumpliendo con el deber. Pero confesamos que tenemos cierta frustración personal. Las diversas ideas para adelantar la puesta en marcha de los mecanismos que permitan llevar a la realidad lo convenido se examinan con la única idea de evitar que, ante la posibilidad del acuerdo final, quedemos todos en vilo, a la espera del cumplimiento de procedimientos constitucionales que son obligatorios. Lo que no es sensato es que si por ventura logramos un convenio, tengamos que sentarnos largos meses a la espera de herramientas legales. Es difícil entender la oposición ciega a estos esfuerzos (por aterrizar la paz sin demoras inútiles)”.


Comprendo la frustración que experimenta el doctor Humberto de la Calle ante el lento aterrizaje de la nave de la paz que él ha conducido con pericia indiscutible. Esa frustración la sentimos los colombianos que hemos seguido día por día las negociaciones en La Habana durante tres años, y que votamos la reelección del presidente Santos esperanzados en que haría realidad la firma de los tratados de paz antes de concluir el primer tiempo de su segundo gobierno. Comprendo también que un aterrizaje en las condiciones azarosas que enfrenta la nave de la paz no puede hacerse sino lentamente y con el mayor cuidado para evitar un magno desastre.

Pero no entiendo por qué vamos “a estar todos en vilo a la espera de procedimientos constitucionales que son obligatorios”. El derecho constitucional nos enseña que todos los procedimientos constitucionales son obligatorios, dado que la Constitución es la ley de leyes. Sin embargo, dependiendo de las circunstancias, unas normas constitucionales se hacen más obligatorias que otras. Así, cuando se trata de lograr la paz entre los colombianos, la norma que debe primar sobre las demás es la que ordena: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento” (artículo 22). Se trata de un mandato constitucional claro e imperativo que está por encima de cualquiera otra norma que lo contradiga o que dificulte la pronta concreción de los acuerdos de paz.

Dentro de un proceso de paz, el cual se adelanta en acatamiento de lo ordenado por el artículo 22 de la Constitución, están sujetos a ese artículo los poderes públicos: el presidente de la República, el Congreso, las cortes, la Procuraduría y la Fiscalía.

El presidente Santos propone un ‘congresito’ para aclimatar y legitimar los acuerdos de paz. El presidente del Congreso dice no al ‘congresito’ porque el ‘congresote’ está facultado para hacer lo mismo. Otros piensan en un referendo y otros más, en una asamblea nacional constituyente. ¿A dónde nos lleva todo ese blablablá? ¿Al cumplimiento del derecho y del deber obligatorio de la paz? No. Conduce a enredarnos en discusiones bizantinas, como las que estamos viendo, que podrían durar años y provocar el recrudecimiento de la guerra.

Para un feliz aterrizaje de la nave de la paz, se necesita conferir al presidente de la República facultades extraordinarias que le permitan aplicar sin más dilaciones el artículo 22 y llegar rápidamente a la firma de los acuerdos de paz en La Habana, incluidos los mecanismos de refrendación y legitimación de esos acuerdos. Es la hora de la sensatez, señores del Congreso. No sigamos revolcando al país en la babosería leguleyista que tan cara nos ha salido.

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En el trágico y lamentado accidente del Black Hawk en el que perdieron la vida dieciséis agentes de la Policía Nacional, estaba al comando del helicóptero el capitán John Anderson Palacio Ubaque, uno de los mejores oficiales jóvenes, cuyas capacidades y gran personalidad eran muy apreciadas entre sus compañeros, y altamente valoradas por sus superiores. Su pérdida ha sido llorada por todos. A su esposa, Angie Carrero Caicedo; a su hijita, Angie Daniela, y a sus padres, Carlos Humberto Palacio y Olga Lucía Ubaque, les envío un saludo respetuoso de solidaridad en su dolor insuperable.


Enrique Santos Molano

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