Una casa para empezar a soñar

Una casa para empezar a soñar

Empleados de Pepe Ganga lograron que a cinco familias de Ciudad Bolívar les cambiara la vida.

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27 de agosto 2015 , 10:46 a.m.

Llegar al punto más alto de Los Alpes, uno de los 360 barrios que conforman la localidad de Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, es la única manera de entender por qué ese sector le hace honor a su nombre.

Allá, la brisa helada golpea con todo su rigor, estremece las tejas de las casas, azota los jardines y paraliza los huesos.

Es una cima enorme clavada, calculan algunos, a unos 3.100 metros sobre el nivel del mar. Una montaña de asentamientos precarios con una panorámica privilegiada: desde allí, paradójicamente, se ve como el crecimiento urbano de Bogotá emerge en todo su esplendor y llega hasta donde la vista alcanza mientras los nubarrones grises, vistos a la distancia, permiten saber en qué punto de la ciudad llueve a cantaros y en qué punto hace sol.

Justo en el borde de esa cima, Viviana Solaque, hace de 18 metros cuadrados de terreno un hogar para ella y sus dos hijas de 6 y 11 años. Su casa está empotrada justo en los límites del barrio. Todo lo que le sigue a continuación es una pendiente, una ladera declarada como zona de alto riesgo donde está totalmente prohibida cualquier clase de construcción adicional.

Gracias a esta casa, Viviana Solaque dejó de pagar arriendo y ahora ahorra ese dinero para hacerle mejoras a su hogar. Claudia Rubio/ EL TIEMPO

Entrar a su hogar es pasar a otro ambiente. La construcción es de madera cubierta por un aislante térmico que genera calor y lo hace confortable. Nada comparado con el clima gélido que arrecia afuera. Nada comparado tampoco con las condiciones en las que vivía hace solo dos meses. Las Solaque son una de las familias beneficiadas por la empresa Pepe Ganga, que en alianza con la Fundación Techo Colombia y el apoyo de 62 empleados voluntarios de la compañía invirtió 60 millones de pesos en la construcción, el pasado 23 y 24 de mayo, de cinco soluciones de vivienda de emergencia a igual número de familias escogidas en ese barrio por las condiciones críticas en las que estaban viviendo.

Viviana, que salió de su casa a los 15 años, trabajó durante mucho tiempo como empleada interna en casas de familia, en labores de construcción, en almacenes de ropa, e incluso, en ventas ambulantes. Hace nueve años y a punta de ahorros compró un lote en Los Alpes, pero por falta de recursos no había podido construir. Por eso, no muy lejos de ese terreno, tenía que pagar arriendo. “Con esta casita no solo tengo algo propio sino que la plata que pagaba de arriendo, que eran unos 350 mil pesos, la invierto ahora en comprar más alimentos para mis niñas”, dice esta madre soltera, de 29 años.

Y está ahorrando: todos los meses, asegura, guarda 100 mil pesos que espera invertir a futuro en el mejoramiento de su hogar: “Me gustaría que fuera de cemento, con segundo piso, baño y cocina”, agrega.

Por ahora, debe cocinar en una construcción aparte, al lado de su casa y el baño se lo pide prestado a una vecina. “Como son soluciones de vivienda de emergencia, elaboradas en madera, no se les permite tener cocina ni baño en el interior. La idea entonces es que los beneficiados puedan hacerles mejoramientos en un mediano plazo”, sostiene Daniel Traslaviña, coordinador de comunidad en Los Alpes de la Fundación Techo, donde trabaja como voluntario.

Sentada en una de las dos camas que hay en ese pequeño cuarto de madera, Viviana cuenta que llegó hasta noveno grado y que sueña con terminar su bachillerato para estudiar ingeniería automotriz. Pero antes quiere que sus hijas terminen sus estudios.

Por eso trabaja de 8 p.m. a 7 a.m. en la limpieza de una de las flotas del Sistema Integrado de Transporte (SITP). A su regreso, alista a sus hijas para enviarlas a un colegio rural de Quiba, una vereda aledaña. Duerme apenas tres horas en el día mientras las niñas están en clase, y antes de que regresen, se levanta para prepararles el almuerzo y estar con ellas el resto de la tarde antes de dejarlas dormidas y salir, en medio de la noche, nuevamente, a trabajar. “Eso es lo que más le agradezco a Dios: un espacio propio para no tener que dejarlas en casas ajenas con personas extrañas”, dice la mujer.

La Fundación Techo, por su parte, no solo busca mejorar las condiciones de habitabilidad en los asentamientos en los que interviene sino que trabaja con sus habitantes para generar soluciones a sus problemáticas sociales.

Por eso cuentan con programas como el de Educación para la Paz, una estrategia de formación en valores para niños y jóvenes; capacitaciones en oficios varios que les ofrece a los habitantes cursos certificados en alianza con el Sena; proyectos ambientales para mejorar el entorno, creación de huertas urbanas y formación en habilidades blandas, que van desde la elaboración de una hoja de vida hasta el fortalecimiento de destrezas comunicativas y de liderazgo.

“Pepe Ganga decidió vincularse a Techo por considerarlo un proyecto afín a su causa y su razón de ser, que son las familias colombianas. Esta iniciativa busca ayudar a mejorar la calidad de vida de estas familias”, señaló Elías Botero Mejía, Gerente General de la empresa. Adicionalmente, el mes pasado, la compañía promovió entre sus clientes una campaña de donación de vueltas, como estrategia para ayudar a financiar la construcción de más casas en ciudades como Bogotá, Cali, Medellín, Cartagena y Barranquilla.

TESTIMONIOS

Del hacinamiento a la comodidad
Lorena Lucrecia Cely Martín

A la entrada de su casa, en uno de los travesaños de madera ubicados justo debajo de la puerta se lee en letras mayúsculas: “Lorena y Karol, mi ranchito”.

Esa inscripción la puso la pequeña Karol, el día que los voluntarios de Pepe Ganga le entregaron a su mamá el que sería su nuevo hogar. Y la niña se encargó de hacer suyo ese espacio: pintó la fachada de un lila suave, su color favorito, mientras que adentro, instaló repisas para que sus muñecas y osos de felpa gobernaran las paredes. “Ella es la reina de este palacio” asegura Lorena, una madre soltera de 28 años. “Todo lo que yo hago, lo hago por ella”.

Por eso, pidió apoyo y se inscribió en el programa de viviendas. “Antes vivíamos en la casa de mi abuela, que es una construcción en latas pero estábamos hacinados porque éramos ocho personas en el mismo espacio y mi hija no podía ni jugar porque la regañaban”, cuenta esta mujer que resalta la comodidad y la calidad de vida que ella y su hija ganaron. “Esta casa es un sueño. Un sueño de tranquilidad, felicidad y bienestar que tenía hacía mucho tiempo”.

Una casa y una oportunidad de empleo
Fabiola Serrato

El día que los voluntarios de Pepe Ganga llegaron a construirle su casa, fue el mismo día en que a una de las hijas mayores de Fabiola Serrato le ofrecieron una oportunidad de empleo. Hoy la joven trabaja como vendedora en uno de los puntos que esa cadena de almacenes tiene en la ciudad, un cargo con el que por estos días sostiene a su madre de 60 años y a su pequeño bebé.

“Tuvimos la fortuna de que una de las voluntarias era la que seleccionaba al personal y al conocer nuestra situación, le dijo a mi hija que llevara la hoja de vida a una dirección. Luego le dieron el puesto”, cuenta Fabiola.

El acceso que permite entrar al nuevo hogar tiene todavía los vestigios de lo que era la vivienda en la que estaban antes: paredes mohosas por la humedad, un piso de tierra irregular y unas tejas de zinc que dejaban colar el agua.

“Este espacio es más caliente y más saludable para mi nieto”, asegura esta mujer oriunda de Ibagué, que quedó viuda hace 20 años y a cargo de cinco hijos, todos hoy mayores de edad. “Nuestra casa es una bendición de Dios.

No tengo más palabras para decir que ¡gracias!” exclama Fabiola.

El primer paso para construir sueños
José Fabián López y Daisy Parra

Hace dos años que viven juntos. Son jóvenes, bailarines, emprendedores. José Fabián López, de 24 años y Daisy Parra, de 21, llegaron hace pocos años a Bogotá. Él oriundo de Cartago, Valle, y ella, proveniente del Huila, arribaron a las montañas de Ciudad Bolívar con la misma esperanza: encontrar mejores oportunidades. Por eso se establecieron en el barrio Los Alpes, donde se conocieron y se enamoraron. Hoy, ambos trabajan en una Academia de Salsa y acaban de cambiar la diminuta casa de latas que tenían por una en la que hay cabida para su cama y sus objetos personales. “El cambio ha sido impresionante. Antes no podíamos ni dormir porque el viento en esta zona es tenaz y nos daba miedo que en cualquier momento la casa se desplomara”, cuenta José Fabián.

Daisy y José Fabián quieren poner al servicio de su comunidad sus habilidades como bailarines. Claudia Rubio/ EL TIEMPO

Por su parte, Daisy asegura que ya tienen algunos ahorros para empezar a hacerle mejoras. “Este es un primer paso, esperamos seguir construyendo poco a poco”, dice. Pero sus sueños no terminan ahí. Hace un mes, José Fabián

LIZETH SALAMANCA GALVIS
Redactora HUELLA SOCIAL

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