Dioses, tumbas y sabios

Dioses, tumbas y sabios

¿Por qué le interesan tanto esas ruinas y esas joyas al Estado Islámico?

26 de agosto 2015 , 09:35 p.m.

El pasado 18 de agosto un hombre fue ejecutado por el Estado Islámico en el emplazamiento arqueológico de la vieja ciudad de Palmira, en Siria. Hasta allí lo llevaron los yihadistas en una camioneta negra, y con un megáfono, encapuchados, convocaron a la gente para que viera en vivo y en directo lo que luego pasó: lo bajaron, le leyeron la sentencia en que lo condenaban a muerte por ser amigo del régimen y por “idólatra”, y lo decapitaron.

Su cabeza quedó en el suelo con las gafas puestas –dicen los testigos–, y su cuerpo fue colgado luego en una columna romana con una inscripción que decía: “El apóstata Khaled Muhammad al Asaad”. Así se llamaba ese anciano de 83 años, asesinado por representar a Siria en “conferencias infieles”, por ser el “director de la idolatría” en Palmira, y por viajar a Irán. Otras fuentes aseguran que su cuerpo no fue colgado en una columna romana sino en un semáforo.

Aunque Khaled al Asaad no era un anciano cualquiera, y aun si lo hubiera sido su muerte no dejaría de ser tan aterradora. Pero no era un anciano cualquiera sino uno de los mayores conocedores en el mundo de las ruinas y las lenguas antiguas de Palmira, a cuyo conocimiento y a cuya exaltación les dedicó la vida entera, desde su grado como historiador en la Universidad de Damasco. O quizás desde antes, desde su infancia misma vivida allí en ese cruce de caminos del pasado del mundo.

Dicen los que saben que la labor arqueológica de Khaled al Asaad rezumaba ese espíritu único que tiene el conocimiento cuando es fruto de la pasión y no solo del deber; cuando además del interés académico y la curiosidad lo rige el amor, sobre todo el amor por lo propio, por el lugar del que uno y en el que uno es. Más que un arqueólogo, dicen quienes lo conocieron y admiraron, sus colegas y sus amigos, Khaled al Asaad era una de las mejores antigüedades de Palmira.

Quizás también por eso lo mató el Estado Islámico: no solo por negarse a revelar dónde estaban los tesoros ocultos de la vieja ciudad, sino porque él mismo, con su sabiduría, era uno de ellos. Cuando Palmira cayó en manos de los yihadistas, en mayo de este año, Khaled al Asaad se negó a huir de ella junto con muchas de sus más valiosas piezas arqueológicas. Dijo que a un viejo de su edad el Estado Islámico no lo iba a molestar. Se equivocaba: al Estado Islámico no le importa la edad, al revés.

En junio, Khaled al Asaad fue capturado junto a su hijo, quien en el 2003 lo había remplazado como Director del Departamento de Antigüedades de Palmira. Los dos fueron torturados para revelarles a los yihadistas el lugar donde aún quedan, o quedaban, las joyas de ese tesoro arqueológico que pudieron salvarse en mayo pasado. Ambos se negaron a hablar, entonces al padre lo decapitaron y al hijo aún lo tienen encerrado.

¿Por qué le interesan tanto esas ruinas y esas joyas al Estado Islámico? Por una perversa razón estratégica y económica: porque en ellas se pueden acantonar sus combatientes para que no los bombardeen, y porque las que no sirvan para eso se venden a un altísimo precio en el mercado truculento de los coleccionistas y los mafiosos. Las demás se destruyen, como acaba de ocurrir con el Templo de Baalshamin: un templo fenicio de más de 2.000 años, arrasado por estos feroces dueños de dios.

No deja de ser paradójico que estemos hablando de la ‘destrucción’ de unas ruinas, es decir de lo que ya no existía o era solo sombra y evocación. Pero esa es también la historia de la humanidad: la historia universal de su infamia y su perdición; la superposición de sus templos y de sus dioses que fueron alguna vez inmortales y ya no lo son.

Un mundo de ruinas, eso somos. De ruines.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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