El genial Nereo López

El genial Nereo López

Es de esos colombianos valiosos que surgieron por sus méritos. Sigue para él ser nuestro patrimonio.

25 de agosto 2015 , 07:54 p.m.

Ha llegado la hora de preservar la memoria de aquel que preservó parte de la memoria del país: el fotógrafo cartagenero Nereo López. Franco y con los pies en la tierra hasta el último día de los 95 años que vivió, él habría desestimado las afirmaciones grandilocuentes sobre su figura, se habría quejado de los obituarios que lo mitificaran y lo pusieran a la cabeza de los maestros colombianos, pero lo cierto es que ha dejado una obra magnífica que seguirá siendo custodiada, como hasta ahora, por la Biblioteca Nacional.

López perteneció al llamado Grupo de Barranquilla. Siguió a los grandes narradores de su tiempo, de Gabriel García Márquez a Álvaro Cepeda Samudio, en sus correrías. Hizo cine; estuvo ahí, con la cámara al frente, el día en que cayó la dictadura del general Rojas Pinilla. Pero en los últimos años solía adjudicarle sus proezas a la buena suerte, y apenas reconocer que había sido parte de una generación de talentosos.

Su labor fue prolífica y dedicada. Fue reportero gráfico de El Espectador, de Cromos y de El Tiempo, pero no imaginó que en realidad estaba ilustrando, de la mejor manera posible –como los también desaparecidos Sady González, Leo Matiz, Manuel H. Rodríguez o Carlos Caicedo–, el siglo XX colombiano. Hizo cine y hasta actuó en el famoso corto La langosta azul. Fue ‘el foto fija’ de varias producciones de la cinematografía nacional: desde El río de las tumbas hasta Con su música a otra parte. Fue reconocido en vida como el gran fotógrafo que fue. Recibió decenas de premios, asistió a numerosas exhibiciones de su trabajo en diversas ciudades del mundo, participó en la edición de varios volúmenes antológicos sobre su obra. Y consiguió el respeto de una serie de discípulos –a su vez, grandes periodistas y grandes retratistas– que no lo veneraron porque él les pidió no hacerlo.

El maestro Nereo López, uno de esos colombianos valiosos que surgen por sus méritos, murió en Nueva York, según dijo su hija Liza, “tranquilo y en paz”. Solía decir, como se lo dijo a este diario en su última entrevista, que lo había probado todo desde los 11 –cuando quedó huérfano– hasta los 94 años. Sigue para él, desde hoy, ser nuestro patrimonio.


editorial@eltiempo.com

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