¿Un fracaso anunciado?

¿Un fracaso anunciado?

El deseo es un tema que pertenece más a la psicología y al psicoanálisis que a la farmacéutica.

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25 de agosto 2015 , 06:43 p.m.

Ya lo sabíamos desde hace tiempo y de hecho pensábamos que ya se había abandonado ese tema. La flibanserina no está a la altura del deseo femenino y ni siquiera del viagra, que ya tiene un largo recorrido a cuestas, aun cuando también sigo teniendo mis dudas sobre esa pildorita azul. A los hombres maduros, a los hombres de mi edad, lo único que les cura una pobre erección es algo de humor, un buen diálogo y algo de lento erotismo. Y volver a leer lo que le pasó a Florentino con su amada Fermina durante ese viaje en los tiempos del cólera que no debía terminar nunca. Es que los humanos y las humanas somos así: complejos, diversos y a veces, tantas veces, fracturados por historias de infancia y adolescencia que nos marcan de manera indeleble y ninguna píldora, azul o rosa que sale de un laboratorio químico-farmacéutico, podrá nunca arreglar una historia de amor y de deseo que se alimenta de eventos del pasado, de palabras y de erotismo.

El placer femenino, a diferencia del deseo masculino, no busca únicamente una solución, un fin. Es un placer que pasea, que tiene una geografía que escapa completamente a sus fronteras orgánicas, que hace del cuerpo un lugar de deseo, de palabra, un lugar para la lenta caricia, un placer que se distrae, que se da el lujo de jugar y encontrarse con playas desconocidas, aldeas misteriosas, veredas perdidas que son nuestra patria, quiero decir nuestra ‘matria’.

Hoy día las mujeres saben que la expresión ‘hacer el amor’ hace parte de un arsenal patriarcal para hablar del amor. Más allá o más acá de hacer el amor, proponen ‘vivir el amor’; más allá de consumir al otro, se trataría de contemplar al otro, de contemplar a la otra. Sí, tal vez se trataría de reencontrar el camino de la contemplación, del tacto, de los olores, de las palabras, de la lentitud y finalmente del silencio que nace de la certeza de que la posesión es un imposible y que la soledad es el meollo de nuestra condición humana.

Y con esto no estoy volviendo a las viejas consignas radicales de los años 60, que nos prevenían que toda penetración era imperialista porque no se trata de esto. Lo que estoy tratando de decir es que este asunto del deseo es un tema sumamente complejo que pertenece más a la psicología y al psicoanálisis que a la química farmacéutica. Tal vez habría que volver a debatir sobre la significación de la penetración como el fin de la sexualidad. La penetración es importante, pero nunca absolutamente necesaria ni suficiente. Habla, por supuesto, una mujer.

Es que el deseo y el placer, del cual han hablado miles de voces en la cultura occidental, no es nuestro, aun cuando, dóciles, y demasiado pasivas, habíamos aprendido a prostituir nuestro cuerpo y hasta a veces nuestros fantasmas en un deseo que nunca nos perteneció. Pero hoy sé también que muchas mujeres y algunos hombres, desde un trabajo constante a partir de los aportes del feminismo relativos a la construcción de nuevas identidades sexuales y a una apertura de los discursos relativos a la sexualidad y el erotismo, se están interrogando sobre estos temas no muy santos pero absolutamente necesarios para un país donde los fenómenos de violencia no dejan de sorprendernos por su intromisión en lo más íntimo de nuestras vidas, y donde la cama es más a menudo campo de batalla que lugar de caricias, palabras y asombro frente a la otra, al otro. Y el ‘viagra rosa’ no arreglará nada en ese sentido.

Florence Thomas
Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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