Rehabilitación

Rehabilitación

Fue en 1963 cuando Carlos Gómez salió de La Picota, después de cumplir varias condenas.

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25 de agosto 2015 , 05:11 p.m.

Fue en 1963 cuando Carlos Gómez salió de La Picota, después de cumplir varias condenas. Como no tenía a dónde ir, una Dama Gris le pidió al cura Camilo que lo recibiera en su casa, en donde vivía con su mamá. Esta aceptó a regañadientes compartir, con un expresidiario, su apartamento del primer piso de un edifico de ladrillo, de la carrera 13 con calle 44. Sabía que nunca podría hacer desistir a Camilo.

El cura enseñaba sociología, y un grupo de estudiantes lo seguía a todas partes. Tenían largas discusiones, tomaban aguardiente, hacían fiestas, pero se desempeñaban con eficiencia en un programa de acción comunal en el barrio Tunjuelito, creado y dirigido por Camilo. Rápidamente integraron a Gómez en su grupo, pero incorporarlo a la sociedad no era fácil. No sabían cuántos muertos llevaba encima. Posiblemente eran más de cinco. Él dijo que había aprendido a peluquear en La Picota, y ese era el único trabajo honesto  que podía tener. Como los pobres son más generosos que los que no lo son, los líderes del barrio Tunjuelito decidieron prestarle un local para que instalara una peluquería.

Los jóvenes de Camilo buscaban silla para motilar, espejos, barberas, brochas, jabón, tijeras, peines y otros instrumentos del oficio. Llegaban al barrio después de las clases de la universidad y salían tarde de las reuniones comunitarias. Una noche, a las nueve, los jóvenes Marsha, Ucrós y Cardozo, acompañados de Carlos Gómez, caminaban por la carrera 14 para regresar a sus casas. En esa época había muchos terrenos despoblados entre Tunjuelito y el centro de Bogotá. En la oscuridad, iban en fila india para evitar que alguno de los pocos carros que pasaban los atropellara. Tenían la esperanza de subirse a un bus, que a esas horas no eran frecuentes. Caminaron largo rato y el frío empezaba a hacerles mella. De pronto, Carlos Gómez, que iba adelante, paró un taxi. Los jóvenes se miraron aterrados al pensar que su protegido iba a emprender un asalto. Carlos les dijo: “Tranquilos, en mis épocas yo sí atracaba taxistas, pero hoy tengo algo de platica”. Él pagó. Gracias a él llegaron más temprano a sus hogares.

En vísperas de la Navidad, Cardozo, que también se llamaba Carlos, dormitaba sobre una novela de Camus, en el sofá de su casa. Lo despertó el timbre del teléfono, contestó y oyó la voz de Beatriz, una cubana exiliada, también protegida por Camilo, “Carlos, ¿qué va a hacer para Nochebuena?”. Beatriz se había equivocado de teléfono y pensaba que hablaba con Carlos Gómez. Se disculpó y colgó, pero Cardozo pensó que era una premonición que no podía explicar.

La mañana del día 28 lo llamó Camilo y lo citó en Medicina Legal. Allí encontró a Marsha y a Ucrós. Entraron al depósito invadido por el olor a formol, que nunca se olvida.

En una de esas neveras, de bandeja corrediza, estaba el cadáver de Carlos Gómez. Ucrós asió la mano izquierda del muerto para halarlo. Cardozo reparó, por las cosas absurdas de esos momentos, el brazo velludo de Ucrós. Todos ayudaron a sacar el cuerpo inerte y alguien se encargó de ponerlo en un cajón de pino, sin ningún adorno.

Según los policías, en la Nochebuena Gómez había tomado cerveza en un café con antiguos compinches. “Pensaron que era un sapo que los iba a delatar, por andar con un cura y estudiantes”. Con varias puñaladas lo dejaron abandonado en un potrero vecino. Pasaron tres días antes de ser identificado.

Los cuatro amigos pusieron el ataúd en la fosa común del Cementerio del Sur. Silencio y desolación sin flores. Camilo pronunció una oración. Cardozo pensó en lo inútil de la muerte de Carlos Gómez. No pudo imaginar el torrente de cadáveres que seguiría inundando nuestro país.

Carlos Castillo Cardona

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