'La vida de los otros', según Leila Guerriero

'La vida de los otros', según Leila Guerriero

La periodista reúne en su libro 'Zona de obras', columnas y conferencias del oficio periodístico.

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23 de agosto 2015 , 09:13 p.m.

“Nací en la ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires, Argentina y, hasta los 21 años, quise ser escritora de ficción. Escribí cuentos –a veces poemas– a lo largo de toda mi infancia y de la mayor parte de mi adolescencia, en cuadernos y hojas sueltas, a mano y en mi cuarto o en un cuarto que mi padre llamaba ‘el escritorio’ y que él nunca usaba.

“Dejé de jugar –a los indios y cowboys, a las escondidas– cuando cumplí 12, pero la revelación torturante de que algún día tendría que dejar de hacerlo me asaltó mucho antes. Desde entonces no he vuelto a jugar a nada, ni siquiera a los naipes, al pool, a la ruleta. (Lea también: La génesis de la maldad retratada en catorce rostros)

“Aprendí a leer a los seis años, pero desde mucho antes mi padre me leía a Horacio Quiroga, a Bradbury y a Poe, especialmente aquel poema donde el cuervo presagia: “Nunca más”. Esas lecturas me despertaron un gusto que conservo por las tierras calientes, las selvas y los animales peligrosos; un gusto que no conservo por las prosas barrocas y el género de la ciencia ficción; y una conciencia exacerbada del paso del tiempo y de la imposibilidad de volver atrás. No solo por causa de eso, pero seguramente también por causa de eso, leer a Becquer y a Rimbaud siendo muy niña hizo que, durante la adolescencia, desarrollara cierta fe romántica en torno a la idea del dolor y de la pérdida, fe que abandoné más temprano que tarde por falta de vocación.

“Aprendí a conducir a los doce años, y a manejar armas desde mucho antes: desde que mis padres nos llevaban, a mi hermano y a mí, a cazar liebres, patos y perdices mientras nos educaban en la convicción, que yo conservo, de que nada me impide matar aquello que voy a comer.

“Conocí el mar a los trece años, y esa densidad oscura y furiosa que se enervaba contra la costa argentina no se parecía en nada al agua inmensa y azul que yo esperaba encontrar. Desde entonces me he preservado de las expectativas cargadas de ilusión en torno a cosas o personas que no conozco, o en relación a hechos que están fuera de mi control.

“Aprendí con el Corto Maltés, el personaje de Hugo Pratt, la elegancia del desprendimiento; la certeza de que existe el coraje absoluto; la religión de los viajes.

“Me fui de casa de mis padres y del pueblo en que nací a los diecisiete años, embebida en la más burguesa de las metas: hacer una carrera universitaria en la ciudad de Buenos Aires. Estudié una profesión que jamás ejercí. Compré mi primera máquina de escribir, pequeña y portátil, a los veinte años, y todavía me pregunto cómo pude hacer alguna cosa con ese artefacto precario. Esas preguntas retrospectivas me persiguen, también, relacionadas a otros hechos: al de haber cargado una mochila de veinte kilos durante horas en una caminata a través de la selva; al de haber gastado, en un mes de vacaciones, apenas cuatrocientos dólares; al de haber pasado siete días sin dormir. Las respuestas no siempre son las mismas, pero todas me confirman que uno siempre es otro, el mismo.

No supe que quería ser periodista hasta que lo fui y, desde entonces, ya no quise ser otra cosa. Profeso una fe que dice que el periodismo bien hecho es una forma del arte y que, aunque es probable que me muera sin volver a poner un pie en la ficción, nadie podrá convencerme de que habré perdido mi tiempo. Aunque no me gusta el acto de escribir –encerrarme durante días a luchar contra un texto moliéndome los ojos y la espalda, sin mirar mails ni atender el teléfono– a veces me gusta el resultado. Me ejercito con idéntica severidad en la disciplina del cuerpo, con un placer antiguo y salvaje al que no encuentro explicación. El oficio que practico me enseñó a escuchar mucho y a hablar poco, a olvidarme de mí y a entender que todas las personas son su propio tema favorito.

“De todas las cosas que hice, que hago, que haré, viajar es la más irrenunciable. Sé que no es cierto –a los 25 años había tomado, apenas, cuatro aviones– pero a veces creo que lo hago desde siempre. Tenía dieciséis años cuando un hombre que me triplicaba en edad me preguntó, con una rabia que solo pude entender años más tarde, cuál era el sentido de esos viajes: ‘¿Para qué viajás?’, me preguntó: ‘¿Para mirar paisajes?’. Nadie me ha hecho, desde entonces, una pregunta más perturbadora, y a nada, como a esa pregunta, he intentado encontrarle empeñosamente una respuesta. (Lea también: La periodista Leila Guerriero, una viajera de pocas maletas)

“Sé que no viajo para ver paisajes, para visitar museos, para admirarme ante pirámides de miles de años. Viajo para leer, para perderme. Para ejercitarme en la improvisación y el ascetismo. Viajo para no volver atrás, para no llegar a ninguna parte, para habituarme a perder y a despedir: lugares, cosas, gente. Viajo para recordar que no es bueno sentirse seguro ni aún seguro, a salvo ni aún a salvo. Viajo para moverme, que es la única forma de vida que respeto.

“Cada vez que trato de escribir sobre la vida de los otros –y descubrir allí los dulces nudos de la emoción, el viento de la furia, los páramos de la pena– intento recordar ese texto, ese mapa de lo que soy que escribí hace un tiempo. Recordar la terrible dificultad, la inevitable incompletud que se produce al decidir cuáles son las cosas –los detalles, los hechos, los recuerdos– que cuentan una vida. Es un buen ejercicio de modestia. Un gran antídoto contra la arbitrariedad”.

Este texto fue publicado originalmente en la revista ‘Sábado’, del diario ‘El Mercurio’. Está incluido en ‘Zona de obras’, Anagrama.

Entrevista
‘La escritura me organiza el mundo’

Leila Guerriero habla sobre ‘Zona de obras’.

En el libro ‘Zona de obras’ se pregunta por qué y cómo hace su oficio y la conclusión parece ser: no sé.

Sí. Tampoco es que me siente como el pensador de Rodin a mirar por la ventana y decir, a ver, por qué y cómo hago lo que hago. Pero me parece que todos los que se dedican a alguna cuestión creativa se topan con esa pregunta. Y creo que no hay respuesta definitiva. En el fondo, es como tratar de explicarse a uno mismo su propia naturaleza. La respuesta tiene que ver con algo que está en la base del oficio periodístico y de escritura, que es la búsqueda. Siento que uno lo hace para buscar nuevos límites, nuevas fronteras, nuevos desafíos, para ponerse incómodo en esa búsqueda, para ir en contra del lugar común. En mi caso, la escritura me organiza el mundo. No puedo estar sin escribir porque el mundo se transforma en un pantano sin sentido. Escribo para tratar de explicarme el mundo a mí misma. Y después compartir eso con los lectores.

Pero dice que ese proceso de escritura es tortuoso.

Muchos escritores y periodistas dicen eso. Que la escritura en sí, vencer la inercia de no escribir, cuesta. Porque uno va a pasar muchos días encerrado, sin ver gente, metido en su estudio, haciendo solo las dos o tres cosas básicas, comer, cocinar, darse una ducha. Ese proceso de escritura es tortuoso no solo por esa rutina aplastante, sino también porque es un camino de duda. No siempre estás seguro de estar yendo por el camino correcto, no siempre estás conectado. Ese estado como de trance en el que escribes algunas cosas solo se da cada tanto y a veces llega después de muchos días de insistir e insistir. Hay un periodista peruano, que está citado en Zona de obras, Daniel Titinger, que dice algo así como que finalmente se escribe por el mismo motivo por el que se corre: uno escribe para dejar de escribir, así como uno corre para dejar de correr. Me parece que hay algo de razón en eso.

¿Y cómo hace con sus columnas de ‘El País’, de España, que son semanales?

Para las columnas hay una dificultad fuerte, que es tener algo para decir cada semana. Un texto periodístico tiene que tener algo para decir, incluso si se trata de una experiencia personalísima. Así que en estos textos la primera dificultad es esa, lo cual ya es todo un tema. Y después la escritura, en sí, que a mí me lleva mucho rato. Hay columnas de estas que las he guardado meses, como la serie de instrucciones. La escritura de una columna no me lleva una dedicación menor de dos o tres días. Soy muy lenta. Tengo poca habilidad para escribir rápido, para pensar rápido.

En el libro habla de una colección de recortes. ¿La sigue teniendo?

Sigue, y creciendo. La he tenido que cambiar de lugar. Hace añares que la tengo. Recorto cosas que me interesan y las dejo ahí como un archivo. Acabo de darme cuenta de que mi padre es un gran recortador de periódicos, de cosas que le interesan. O sea que hay un antecedente familiar fuerte. En mi caso es más extremado porque voy recortando temas sobre los que me gustaría volver. Si hay algo que leo en internet, y que solo está ahí, imprimo una parte como para recordar que por algún motivo me llamó la atención y lo pongo en la pila. Es como el lugar al que voy a buscar temas.

Habla de la importancia de leer para escribir y cita un nombre con frecuencia: Idea Vilariño. ¿Qué la conecta tanto con esta poeta?

Escribir sin leer es imposible. Y noto que los periodistas en general leen poco. Se conforman con leer periodismo, a otros periodistas que les gustan. Pero olvidan el hecho clarísimo, como una verdad rampante, que ninguno de esos periodistas que les gustan, Talese, Caparrós o Villoro, formó su prosa leyendo solo a otros periodistas. En ellos hay un trabajo fuerte como lectores. Y en el caso de Idea Vilariño, en particular, es porque tiene una potencia, un carácter, una gran economía de recursos en su poesía. Te acalambra de emoción. Cuando siento que no tengo nada que decir, la leo y aparece esa especie de llamado dichoso a querer ponerme a escribir. Después viene la tortura.

Ese ‘llamado dichoso’ también le llega con la música...

También. Con la literatura soy un poco más exquisita, con la música sí me pasa con las más diversas cosas. En una época me gustaba mucho Eminem, sobre todo su canción Mockingbird. Cada vez que la oía sentía una llama dentro de mí. Me pasa con la banda de sonido de El Piano, con catorce canciones de Pearl Jam, con Paint in black, de los Rolling Stones, con temas de Nirvana. Me pasa con Vicentico. Con cosas cursis, populares. Me hacen reverberar. Ese instante es como un hechizo, como una droga dura. Si tuviera un botón que apretara play y me proporcionara esos momentos, sería una persona, psicótica, por un lado, porque estaría todo el tiempo apretando el play, pero también muy plena. Son instantes de una euforia íntima.

@mpaulinaortiz

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