Un extranjero en Bogotá

Un extranjero en Bogotá

Es indispensable cambiar de alcalde, pero sería muy bueno cambiar primero de mentalidad.

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23 de agosto 2015 , 08:45 p. m.

En un día despejado, desde un vuelo internacional, un extranjero se aproxima por primera vez a Bogotá y observa estupefacto el panorama de nuestra capital desde lo alto. Un mar de ladrillo que se estrella contra el horizonte de los cuatro puntos cardinales. Un tapete de techos –la mayoría aún con tejas Eternit– con las cuadrículas de las vías asfixiadas de vehículos. ¡Caramba! ¿Pero cómo se desplazan los ciudadanos de esta urbe? Esta es la primera pregunta que se hace el extranjero desde lo alto, cuando admira por primera vez semejante panorama.

Luego, cuando desciende por las calles, lo primero que nota es que si bien la circulación vehicular es compleja (como en todas partes del mundo), la del trasporte público es apocalíptica. Aprende la palabra ‘buseta’ y siente la atracción por subirse a una –por aquello de que Colombia es Pasión–, pero ve que la experiencia presenta sus riesgos. Primero porque el señor que maneja cobra también el pasaje, por lo que tiene que darle la espalda a la vía con demasiada frecuencia. Luego intenta acomodarse, pero le resulta imposible: no le caben las piernas y de pie le va peor. Entiende entonces que la buseta está diseñada solo para aquellos que miden menos de un metro con cincuenta.

El forastero sabe, por las guías de viaje, que carecemos de metro y que desde el 9 de abril estamos, como Santa Marta, sin tranvía. Entonces se informa por el famoso ‘Bus Rapid Transit’ al que llamamos con orgullo decaído TransMilenio. Cuando llega a una estación queda frustrado por las filas y los empellones, pero especialmente por el sistema de navegación que requiere de asistencia permanente, pues tiene todo –flechas, nombres, direcciones y colores–, menos lo más importante: el mapa de la ciudad. Opta entonces por los taxis amarillos, pero por aquello de la seguridad y la limpieza, termina llamando siempre a un Uber (le dijeron que estaban prohibidos, pero en su celular los ve por todas partes).

Como la ciudad tiene zonas agradables, decide que intentará caminar lo que más pueda. Al fin y al cabo es más ecológico. Y ahí es donde el extranjero pierde la paciencia. Porque en su primera salida casi se parte un tobillo en una alcantarilla destapada, los ambulantes ocupan el espacio, la basura está por todas partes y las pocas losas del camino están todas sueltas, de suerte que cuando llueve son perfectas trampas para dejarlo lavado de pies a cabeza. Pronto llega a la conclusión de que caminar es factible, pero solo en días secos.

En la agitada y vibrante vida nocturna ha conocido personas fascinantes, intelectuales y profesionales de primer orden. Gente cosmopolita y culta que discurre sobre variados temas. Todo el mundo le explica por qué la ciudad está como está. Se aventuró a proponer que a lo mejor el problema era económico: “¿acaso las arcas de la ciudad están vacías?”. La respuesta lo dejó estupefacto: “Todo lo contrario, están llenas. El presupuesto de Bogotá es como el de Miami, el problema es que hemos sido incapaces de invertir el dinero”.

Al cabo de unos meses, el extranjero vive feliz en Bogotá... a pesar de todo. Intentó caminar y no pudo (si hubiera andenes y buena iluminación lo haría), probó el TransMilenio y la buseta, pero sucumbió ante tanta complejidad. La bicicleta la saca solo los domingos. Finalmente tiene carro y está comprando otro para evitar el pico y placa. Ahora su máxima aspiración es contratar chofer. Cuando llegó insistía en que tocaba cambiar la mentalidad de la gente para que cambiaran las cosas; ahora lo único que repite es que hay que cambiar de alcalde.

Como todos nosotros, el extranjero tiene la ecuación confundida: es indispensable cambiar de alcalde –por supuesto–, pero sería muy bueno cambiar primero de mentalidad.

CAMILO AYERBE POSADA

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