Quieticos

Gastar las reservas en moneda extranjera para moderar el alza en la tasa de cambio es una estupidez.

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23 de agosto 2015 , 08:45 p. m.

Cuando ocurre un fenómeno que se sale de las previsiones de la mayoría de los expertos –un fenómeno denominado ‘cisne negro’–, como ha ocurrido recientemente con el comportamiento de la tasa de cambio en Colombia y en las economías emergentes, es inevitable que se genere una situación de aguda incertidumbre.

Como lo explicara en este diario Ricardo Ávila, en su completo informe sobre el tema el día de ayer, las razones de lo que está ocurriendo son el resultado de procesos estructurales y que se gestaron en el largo plazo. Y como lo manifestara el codirector del Banco de la República Carlos Augusto Cano, en entrevista con Yamid Amat, el fenómeno es una reacción a que en la primera década de este siglo se tuvo total indiferencia ante la ‘enfermedad holandesa’. El virus de ese padecimiento se diseminó porque el gobierno de Álvaro Uribe optó por un modelo económico exageradamente dependiente de la inversión extranjera en el sector de la minería, la energía y los hidrocarburos. Igualmente, prefirió que el Estado viviera de la extracción de rentas minero-energéticas, en vez de crear una estructura tributaria y fiscal equitativa y sostenible en el largo plazo. Estamos pagando el precio.

Aupado por jugosas concesiones tributarias a la industria extractiva y a las multinacionales, el país, casi sin darse cuenta, se volvió adicto al petróleo y a la minería. El peso que representan los hidrocarburos y los minerales en las exportaciones es hoy muy similar al que tuvo el café durante la mitad del siglo pasado. La diferencia radica en que el cultivo del grano –al igual que tantas otras actividades afectadas profundamente por la revaluación dada su alta intensidad en el uso de mano de obra– genera riqueza social y empleo entre los más vulnerables. En contraste, la opción del modelo de economía rentista es intensa en capital con poco empleo y enriquece de manera exagerada e innecesaria a un puñado de inversionistas.

Un dólar a niveles superiores a los tres mil pesos, que no es más que la reacción cambiaria al exceso de dependencia de las exportaciones de hidrocarburos y a la ‘enfermedad holandesa’, genera la pregunta sobre qué se debe hacer. La primera recomendación de los expertos es la serenidad. Aun cuando el ascenso de la tasa de cambio ha sido abrupto, está lejos –en términos reales– de lo que se ha visto en el pasado y aún distante de una tasa de cambio de equilibrio.

Dado que a diferencia de otras circunstancias cambiarias complejas que afectaron al país en el pasado, producto de situaciones endógenas o puntuales, que ameritaban una posición activa del Banco de la República, el comportamiento reciente de la tasa de cambio es el resultado de fuerzas externas incontrolables y con un alcance global. Creer que aquí podemos domesticar el animal con intervenciones puntuales, tirándole carne, es una ingenuidad.

Gastarse las reservas en moneda extranjera –vía venta de dólares– para moderar el alza en la tasa de cambio sería una estupidez. Además, desvirtúa las ventajas de haberse comprometido con un mercado cambiario libre. Es mucho mejor, como lo afirma Carlos Gustavo Cano, aplacar las expectativas inflacionarias generadas por la devaluación, mediante alzas graduales y moderadas en la tasa de interés, que meterse en la aventura de manipular la tasa de cambio. Igualmente, hay unos nostálgicos que hablan de ponerle controles al flujo de capitales y hasta llegan a la idea de volver al Decreto 444. Dios nos libre de esas genialidades. En este momento –en materia cambiaria–, lo mejor es quedarse quieticos.

Díctum. Llegó la hora de cambiar el paradigma para lidiar con el chavismo en Venezuela.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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