La encrucijada de los carboneros artesanales de Bogotá

La encrucijada de los carboneros artesanales de Bogotá

Tres mil personas en la capital viven de reciclar madera, quemarla, y con ella fabricar carbón.

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22 de agosto 2015 , 08:59 p. m.

Cuando una juez de la República la condenó a 14 meses de prisión y a pagar 18 millones de pesos de multa por contaminar el ambiente, Liliana Arévalo no se lo creyó. En su cabeza no cabía la idea de que la mujer a la que un fiscal acusó en plena audiencia pública de ser un peligro para la sociedad fuera ella. (Vea aquí: El día a día de los carboneros artesanales en Bogotá)

Cuando la Policía llegó a su lugar de trabajo, estaba haciendo lo único que aprendió desde que estaba en la cuna: quemar madera reciclada en las carpinterías para fabricar carbón que vende en los asaderos de pollos y en las plazas de mercado. Le pagan entre 4 mil y 6 mil pesos por bulto. De eso vive y mantiene a sus hijos de 10, 8 y 4 años de edad.

En febrero del 2014, cuando la Policía llegó al lote donde ella y su familia tienen su fábrica de carbón, se sintió como protagonista de una noticia de televisión. Salió esposada, después de que un policía le leyó sus derechos. Con ella estaban dos tíos, un primo y un familiar lejano, que también fueron detenidos. En un lote cercano, donde también fabrican carbón con madera reciclada, detuvieron a otras 15 personas. (Lea también: Suspensión nocturna golpea la producción de carbón en Colombia)

“Salimos de las carboneras esposados, en camionetas, y nos judicializaron”, recuerda Liliana que no salía de su asombro cuando en la audiencia de legalización de captura e imputación de cargos la señalaron como la jefe de la banda. “¿Banda? ¿Cuál banda?”, se preguntaba mientras la fiscal leía la acusación en su contra.

Liliana tiene 30 años y no ha conocido oficio distinto al de ser carbonera. Este es un negocio familiar heredado de generación en generación y en el que hay personas de todas las edades, desde jóvenes hasta ancianos. Esta madre cabeza de familia estima que en Bogotá puede haber unas 750 familias que ejercen esta actividad en lotes de las localidades de Ciudad Bolívar, Bosa, Fontibón y Suba. De ese trabajo viven unas 3.000 personas: hijos, tíos, abuelos, hermanos, sobrinos y nietos hacen parte de la cadena.

La cifra es aproximada porque de los carboneros artesanales de Bogotá no hay censos. En primer lugar porque su trabajo no está reglamentado, y en segundo, porque desde que las quemas a cielo abierto fueron prohibidas y señaladas como un delito ambiental, su otro trabajo cotidiano es correr y esconderse cuando llega la Policía. (Lea también: Drummond revisa a la baja su meta de producción de carbón)

Pero en la cadena de fabricación de carbón artesanal, que comienza con la recolección de la madera y termina con la venta de los bultos de carbón, hay pistas que permiten hacer cuentas. Liliana explica que todos los días, entre 5 y 7 de la mañana, unas 50 camionetas salen de cada localidad a recorrer las zonas donde hay carpinterías. Van de negocio en negocio recogiendo los desechos de madera hasta que llenan el vehículo. Cada una carga unas tres toneladas. En total pueden ser unas 450 o 500 toneladas al día. A eso de las 3 o 4 de la tarde llegan a los lotes donde se hacen las quemas.

En esta acción de reciclaje es en la que Liliana siente que ella y sus familiares y amigos de oficio no son un peligro para la sociedad, como dijo el fiscal que la acusó por contaminar el aire. “Nosotros le estamos aportando al aseo, porque esa madera no la recogen los carros de la basura; si no fuera por nosotros, estaría en las calles”, dice.

Así sale el carbón, después de diez o doce días de quema de la madera que los carboneros recogen en las carpinterías de la ciudad. Foto: Ana María García / EL TIEMPO

En este negocio, cada camioneta representa a un grupo familiar. El precio del recorrido puede oscilar entre 70.000 y 300.000 pesos. Cada carbonero da su propia cifra. Los lotes los comparten cuatro y más familias, dependiendo del tamaño del terreno. Simplemente los dividen y cada uno responde por su pedazo.

Cuando el camión descarga la madera, la organizan en una especie de cama, luego la cubren con cisco (desecho de carbón de madera) y le prenden fuego. “Un hornito de estos (así llaman al montículo que arman) dura entre 10 y 12 días”, cuenta Justo Arévalo Nova, un tolimense de 65 años que ha vivido tiznado toda su vida. “Yo nací entre carbón”. Sonríe.

Esa es la parte del proceso que se convierte en delito ambiental porque contamina el aire. Aunque vigilan el horno artesanal las 24 horas, y echan agua periódicamente durante los diez o doce días que dura el proceso, el humo busca su salida. “Eso es vapor. El mismo cisco negro que se ve se humedece, entonces lo que queda es vapor”, afirman ellos.

Las autoridades ambientales no están de acuerdo. Humo es humo, advierten. Y cuando los vecinos llaman a quejarse por el olor constante a quemado y el aire viciado, levantan el carbón y la madera que encuentran, y claro, con la ayuda de la Policía se llevan detenidos a los carboneros, que a la fecha no han tenido con qué pagar la primera multa.

“No tenemos con qué comer, mucho menos con qué pagar una multa”, afirma Justo mientras cierne el carbón recién salido de su horno y lo acomoda en los bultos de lona. Sobre él también pesa una condena de 14 meses de prisión por el delito ambiental y una multa de 28 millones de pesos. Al lado de su pedazo de lote, otro carbonero organiza madera que a todas luces se ve que salió de alguna demolición, por la laca, la pintura y las puntillas. “Esa madera no la usamos, la dejamos a un lado”, explica Liliana, pero ella no tiene control sobre todos los carboneros y después de quemada es difícil saber si se usó o no.

Sobre ese tema, las autoridades de salud pública de Bogotá no tienen información, y en las audiencias a las que han tenido que comparecer lo que más les han reclamado es la contaminación por el humo. “A un amigo me tocó tratar de sacarlo porque lo iban a judicializar 154 meses, porque la fiscal dijo que el humo estaba matando niños, matando viejitos, y que nosotros éramos unos criminales porque estábamos matando a la gente. Y yo le digo una cosa, uno no está haciendo esta vaina con la intención de matar a las personas o acabar con la humanidad”, comenta Antonio Gómez, un carbonero de Bosa.

En ocasiones, el carbón no alcanza a salir a la calle, porque la Policía Ambiental, la CAR y la Secretaría de Ambiente llegan atraídos por las denuncias de los vecinos impactados por el humo. “A mí la Policía se me llevó 150 bultos de carbón y no me los devolvieron”, cuenta María del Carmen Arévalo, tía de Liliana, que fue detenida pero quedó en libertad. “Ellos dijeron que porque no me habían leído los derechos del capturado”.

Los bultos de carbón los reparten en motocicletas. “Recolectamos el carbón desde el puesto, lo llevamos y lo distribuimos a los sitios, en los puestos de asaderos de pollo, en los negocios donde se manejan las comidas”, comenta Efrén Carrillo, que así como reparte el carbón empacado, también recoge madera para llevar a las carboneras.

No quieren correr más

Los carboneros artesanales confiesan que están cansados de correr y esconderse de la Policía y de la clandestinidad en la que ejercen el oficio. Desde que las autoridades ambientales empezaron a ejercer vigilancia sobre las quemas viven con miedo.

Liliana Arévalo ha tratado de liderar a los carboneros para que legalicen su trabajo con las autoridades, pero dice que falta apoyo oficial. Foto: Ana María García / EL TIEMPO.

En ocasiones, cuando sienten la presencia de las autoridades, cambian de lote y de localidad, pero el humo los delata y los vecinos afectados por el olor alertan a las autoridades. “Nosotros queremos que nos asesoren para tecnificarnos, porque no sabemos cómo hacerlo”, dice Liliana.

La CAR, que tiene 81 expedientes por afectación del aire, la mayoría contra carboneros, dice que su misión es vigilar y controlar, y esos procesos deben terminar en sanción si se comprueba que han contaminado el aire. Lo único que les ofrece es revisar y aprobar unos hornos que garanticen el manejo del humo para no contaminar. “Y ahí ha habido gente que le ha invertido 30, 35 millones de pesos en un horno; y resulta que hacen el horno y la CAR va y lo mira y dicen no, no sirve”, se lamenta Antonio.

“Somos ilegales para ellos porque trabajamos a cielo abierto, pero no ha habido una orientación ni un apoyo del Estado para podernos tecnificar. Hemos estado en tres procesos, hemos tenido tres modelos de hornos y ninguno nos ha servido”, cuenta Liliana. (Lea también: Meta de producción de carbón es de 97 millones de toneladas para 2015)

Por eso han aceptado participar en mesas de trabajo promovidas por Olga Victoria Rubio, concejal del Movimiento Mira, que en los últimos dos años ha promovido nueve encuentros en los que ha sentado a los carboneros con las entidades, para buscarle solución a este problema. En su opinión, el Distrito no puede seguir actuando como si los carboneros no existieran.

“Son tres mil personas que viven del carbón artesanal y, si bien están contaminando, existe la posibilidad de que tecnifiquen su oficio, con el apoyo financiero del Distrito”, dice Rubio que hasta ahora no ha logrado ninguna decisión de las entidades.

Y aunque hay carboneros que aceptarían hacer otro trabajo si los capacitan y les ayudan con el capital, Liliana dice que su papel de madre soltera no le permite cumplir horarios, y ser carbonera le da tiempo para atender como Dios manda a sus tres hijos.

“Mire, esto es por herencia, viene de mis abuelos, de mis antepasados, nosotros nos damos nuestro horario. Además, aquí no miramos la edad, y gente de 70 u 80 años puede trabajar.

YOLANDA GÓMEZ T.
EDITORA EL TIEMPO

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