Fredys Arrieta, el 'luthier' que forja sus gaitas en Bogotá

Fredys Arrieta, el 'luthier' que forja sus gaitas en Bogotá

Dirigió a Los gaiteros de San Jacinto y con ellos ganó un premio Grammy. Crónica.

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21 de agosto 2015 , 07:50 p. m.

“Por aquí hay grandes señales del tiempo precolombino, porque hablar de la gaita es retroceder caminos, es meterse en el ayer y en la ciencia del indio”: Un fuego de sangre pura, Los gaiteros de San Jacinto.

Sobre el mesón reposan diez palos. Bisturís, cepillos, tapabocas, marcadores e hilo. Fredys Arrieta lija el contorno de un madero. Afloran partículas de finísimo polvo. Introduce una lija menor por el centro y hace lo propio. Forma el corazón de una gaita, instrumento que lo llevó a obtener un premio Grammy.

Cientos de veces ha hecho la misma labor. Desde los nueve años, cuando aún vivía en San Juan Nepomuceno (Bolívar), aprendió de su tío abuelo Ricardo Barrios, gaitero predecesor de Los gaiteros de San Jacinto. Este murió de 105 años. Era 1983, en el patio de una finca, junto a una ceiba:

–Tú y yo ya podemos ponernos a jugar– le dijo el anciano.

–¿Por qué?

–Ya casi vas a ser el hombre que yo fui. Mientras tanto podemos jugar como dos pelaitos. La fuerza de hombre que ya perdí, tú la vas a encontrar. Y yo sé unas cosas que a la tumba me las tengo que llevar.

–¿Qué dices?

–Te gusta esto de las gaitas, pero naciste en otro tiempo– recuerda que le dijo el viejo, enigmático.
Agarra un machete y desliza la hoja, sostenida con ambas manos. El madero suena como un montón de zetas consecutivas, haciéndose más delgado.

“Yo que soy práctico pulo con machete. Pero a los que enseño lo hacen con cepillo”, explica el músico y luthier de 43 años. En su cara rolliza destacan las cejas tupidas, tan negras como el carbón que mezcla con cera de abeja, para conseguir la mezcla que usa como pegante.

En la Escuela Taller, fundación de carácter mixto ubicada en las viejas –y restauradas– instalaciones del Ferrocarril de la Sabana (calle 13 con carrera 18), trabaja a diario en sus diferentes gaitas: macho o hembra, según el sonido y número de orificios. Pero también en tambores y restauración de instrumentos, como un arrume de xilófonos que espera por sus manos y oídos baquianos.

 

Fredys Arrieta elabora gaitas desde los nueve años.

Si el tío abuelo fue el principio, Los gaiteros de San Jacinto serían la graduación. Este memorable grupo hizo del instrumento y la música folclórica una estampa de Colombia ante el mundo. Fredys los tuvo de cerca, al ser su vecino en los Montes de María (Bolívar). Desde chiquito se les pegó hasta ganar su amistad y confianza.

“Me explicaron los instrumentos, con una amistad que aún nos une con los dos que quedan vivos: Juan Alberto Fernández ‘Chuchita’ y Antonio García, que cumple 85 años”, recuenta. “En 1993 comencé a trabajar con ellos, a hacer presentaciones. Muchos toques, incluso el Carnaval de Barranquilla”.

El reconocimiento del grupo fue en aumento, y Fredys se consolidó. En principio, los conciertos y toques eran por todo el país. Él sembraba yuca, ñame y aguacate en el terruño de sus padres. La música era un complemento. Hasta que en 1997 se aventuró a Bogotá y en 1998 tomó las riendas del grupo.

El Ministerio de Relaciones Exteriores los incluyó en su portafolio cultural y desde entonces arrancaron sus periplos. España, Francia, Alemania, Italia, Suiza, Rusia y más países de Europa. Australia, Corea, Marruecos y toda América Latina. El mundo los oyó.

“Nos han pasado cosas bonitas con la gaita, porque tiene mucha fuerza y le llega a la gente”. Una de las interpretaciones más emotivas les sucedió en Bélgica. En una escuela de Waterloo, población donde Napoleón recibió la más cruda de sus derrotas.

El público era de 70 niños entre 7 y 8 años. Los profesores los vigilaban, les prohibían el desorden. Tan solo uno saltaba, aplaudía y caminaba en torno a la tarima. Fredys soplaba su gaita y se preguntaba por qué nadie reprendía al chico.

 

En la Escuela Taller, fundación de carácter mixto ubicada en la calle 13 con carrera 18, Fredys trabaja a diario en sus diferentes gaitas.

Al acabar la música, una profesora tornó en llanto.

“Con los traductores le preguntamos a la profe por qué al niño no le decían nada. Nos respondió que el muchachito llevaba tres años en la escuela y nunca había hablado. Y ver que mientras nos oía tocar un bullerengue, hasta coro nos hizo. Fue en 1998”.

Triunfo y legado

De una bolsa extrae lo que parece un atado de panela. En realidad es un bloque de cera de abejas que calienta en una ollita y le agrega carbón vegetal. De otra bolsa coge una pluma de pato y le corta los extremos: será la boquilla de la gaita. Con la cera, ahora negra, une el madero con la boquilla.

En municipios de la Costa y a muchachos bogotanos les enseña a crear instrumentos. Sus explicaciones van despacio, tomándose minutos en cada uno de los pasos.

“Hay que mezclar la cera con carbón, porque si no la abeja vuelve por ella. O el ratón empieza a comérsela. Pero con el carbón se evita el problema. Es puro invento del indio arhuaco”, explica Fredys, y con las cuartas de su mano define en qué punto del madero hace las perforaciones, huecos que cubrirán los dedos para dar una u otra nota.
Vive en el centro bogotano y a diario entra a su taller a las 7 de la mañana. Trabaja por encargo y no acostumbra venderle sus productos a almacenes. Los músicos lo conocen y lo buscan. También dirige un grupo, Los bajeros de la montaña, que suena parecido a Los gaiteros. Los contratan en eventos y así se ayuda este padre de dos hijos, soltero.

“En 2008 nos ganamos el Grammy con el disco Un fuego de sangre pura. Hasta ahí dirigí a Los gaiteros, porque el premio nos quedó grande, nos desintegró, nos derrotó, cada quien hizo su derroche tratando de armar su propio grupo”. Emite una sonrisa, la nostalgia en su rostro.

Con el recuerdo de mejores tiempo, hoy su idea es recolectar algo de dinero y volver a la tierra que lo vio nacer. Allí quiere sembrar la tierra y cultivar las maderas que le sirven como insumos. Porque, aunque no se considera indio, siente que no nació para morir en la ciudad.

Para conservar un saber tradicional

La Escuela Taller es un fundación de tipo mixto que trabaja con aportes del Ministerio de Cultura y privados. En el caso del gaitero Fredys Arrieta, la entidad le ofrece un espacio-taller en su sede de la calle 13 con 18 (vieja Estación del Tren de la Sabana) con el propósito de ayudar a conservar su trabajo de artesano. Además, organizan capacitaciones para enseñar el oficio a jóvenes en Bogotá y otras zonas.

FELIPE MOTOA FRANCO
@felipemotoa

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