Editorial: Para qué otro día sin carro

Editorial: Para qué otro día sin carro

La gente decidió: un día sin carro al año, no cuantas veces se le antoje al mandatario de turno.

20 de agosto 2015 , 08:01 p.m.

La propuesta de celebrar una tercera jornada sin carros y sin motos en Bogotá seduce y aprisiona a la vez. Por un lado, nadie puede abstraerse a la sana intención de reflexionar en torno al mal que hoy agobia a ciudades grandes y pequeñas: el excesivo parque automotor. Y por otro, tampoco es dable aceptar que tales jornadas se hagan sin que la ciudadanía advierta una mejora en los problemas que, justamente, propician el uso desmedido del carro.

Desde estas páginas se ha apoyado incondicionalmente el día sin carro. Hemos advertido de la necesidad de razonar, sin apasionamientos, sobre el costo que en términos medioambientales, de salud pública y de productividad pagamos todos si no hacemos un uso racional del transporte motorizado. Esa sigue siendo nuestra actitud.

Dicho esto, cabe recordar que cuando se les consultó a los ciudadanos –hace tres lustros– si estaban dispuestos a que se celebrara tal acontecimiento una vez al año, masivamente respondieron que sí. A partir de entonces, sucesivos gobiernos hicieron sus jornadas con el apoyo de la gente, pero con discursos y promesas que no variaron.

Se ha repetido hasta la saciedad que la ciudad debe apostar por medios alternativos y multimodales para su movilización, que el Gobierno debe garantizar un transporte público eficiente y respetuoso con el usuario, que se deben reducir las emisiones contaminantes en el aire y endurecer las normas paras quienes contaminan.

Sin embargo, es poco lo que se ha avanzado. Empezando por el servicio colectivo de pasajeros. Si bien se dio forma al Sistema Integrado de Transporte Público (SITP), aún hay 5.000 busetas viejas y contaminantes que ruedan por las calles, TransMilenio desmejoró sustancialmente su servicio (menos del 30 por ciento de la gente le da buena calificación), porque se convirtió en mercado ambulante, sucio e inseguro, y el transporte de pasajeros por la vía de la informalidad es cada vez más rampante. Súmese el hecho de que no se ve un control efectivo de las autoridades al transporte de carga que contamina.

Se le abonan a la Administración estrategias como los bicicarriles –pese a que se quedó muy corto respecto a la meta inicial– o el estímulo para que los niños vayan a la escuela en cicla o que ahora se incluya a 400.000 motos en el día sin carro. Pero nada de esto justifica aún que se quiera repetir una jornada sin vehículos particulares, como la que se anuncia para el 22 de septiembre. Insistimos: la decisión de la gente fue clara: quería un día sin carro al año, no cuantas veces se le antojara al mandatario de turno.

El anuncio logró poner de acuerdo a todos los candidatos a la Alcaldía en su rechazo a tal iniciativa, pues coinciden en que mientras el pasajero no se sienta seguro y cómodo con lo que se le ofrece, acudirá al carro o a la moto.

Más preocupante aún es que, con cálculo político, se quiera aprovechar ese día para promover marchas en contra del pliego de cargos del Procurador contra el alcalde Petro por la forma irregular en que habría decretado el Plan de Ordenamiento Territorial.

Así, una jornada preparada con antelación para hablar sobre cambio climático podría terminar opacada por marchas en favor del medioambiente, sí, pero en las que se aprovechará para camuflar un discurso que polariza en vez de unir en temas tan importantes.

editorial@eltiempo.com

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