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El pueblo costeño que habla 'mexicano'

El pueblo costeño que habla 'mexicano'

#PueblosInsólitos: En San Pedro Consolado siguen todas las costumbres del país 'manito'.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
19 de agosto 2015 , 10:06 p. m.

Si hay un personaje que tipifica en todo su esplendor al habitante del corregimiento de San Pedro Consolado, este es el señor Julio César Yepes.

Tiene la mirada vivaz de una liebre, el cuerpo magro sin una molécula de grasa en sus músculos, la alegría a flor de labios, una ranchera en su silbido y esa manera graciosa de atender a sus clientes en el único carro de raspao que hay en esta calurosa población de los Montes de María.

Pero sobre todas las cosas, tiene el acento dulzoso y cantarino que caracteriza a los habitantes del pueblo, el mismo modo de hablar que les ha dado identidad en la región, pero que también les ha causado más de un dolor de cabeza cuando salen de su entorno.

“A mí no me da pena decirlo y tampoco me da pena hablar cantado. Somos el México chiquito, pésele a quien le pesare”, dice el bonachón hombre de 74 años de edad. Y en realidad, como él mismo Julio César lo pregona a los cuatro vientos, lo único que le faltó para ser paisano de Emiliano Zapata y de Chespirito es haber nacido allá.

Antes, cuando aún la comunicación hacia otros pueblos era a lomo de mula o en los pocos carros que se atrevían meterse en las montañas, y el único medio de comunicación era la radio, los consoladeros tenían tan arraigado ese cántico en el habla, que bastaba con escucharles decir una palabra para identificarlos.

Pasó el tiempo y ya los jóvenes querían salir del cañón en que vivían. Poco a poco se fue matizando el canto en la palabra, en buena parte para evitar la vergüenza que sentían el ser objeto de burlas.

Pero los que se quedaron en el pueblo, los que no salieron más allá del monte de Las Tinas, conservaron esa delicia en el verbo que hoy es una especie de patrimonio para las nuevas generaciones.

Y el principal referente, a pesar de no ser tan viejo, es Julio César Yepes, quien para ratificar su esencia se compró un sombrero mexicano de paja, y cuando llega algún forastero, en lugar de matizar su hablado, lo que hace es hacerlo más acentuado, como para dar a entender que allí, en ese caluroso villorrio de escasos 2.800 habitantes, en las estribaciones de las montañas de María, hay un pedazo escondido del cielo al que José Alfredo Jiménez tanto le cantó.

“Soy defensor de todo lo que hacemos en San Pedro. Además, cada pueblo tiene su sonido, fíjese en que los palenqueros tienen su tono, los de Marialabaja el suyo, entonces ¿por qué nosotros nos vamos a avergonzar del nuestro?”, señala Yepes

El descansadero

Sobre la fecha de fundación de San Pedro Consolado, corregimiento de San Juan Nepomuceno ubicado a escasos cinco kilómetros de la carretera Troncal de Occidente, hay una gran confusión.

Nadie sabe con exactitud la fecha. Según una reseña histórica que hizo el profesor Julio Salgado, citando a su par Luis Reyes, la primera mención escrita que se conoce de San Pedro y que se encuentra en los archivos de historia del departamento de Bolívar, solo recoge la fecha a partir de la cual San Pedro es anexado a San Juan como zona rural el 28 de noviembre de 1865.

Sin embargo, en la misma reseña se asegura que antes de este hecho, ya había varias familias asentadas en el pueblo, e intuye que esa fundación se hizo a principios del siglo XIX. “Venían huyendo de la plaga de la langosta y se quedaron en el sitio donde no llegaba ni esa plaga”, dice Salgado.

Otros aseguran que la fundación se hizo en ese lugar porque era un paso obligado de comerciantes y ganaderos para buscar el río y llevar su mercancía hasta Barranquilla. “Este era un sitio de descanso. Cuando llegaban los recueros (arrieros) con sus grandes cantidades de mulas y ganado, el único sitio donde encontraban brisa para refrescarse era este”, dice José Yepes.

La otra gran incógnita que se tiene es de dónde surgió ese escenario que constituye la forma de hablar, el gusto por la comida con ají y por la música ranchera, que lo hace similar a un pueblo mexicano.

Pedro Vergara, una especie de historiador del pueblo, y quien es citado también por Julio Salgado, escribió hace varios años en la única reseña histórica que se conoce de San Pedro: “Se podría afirmar una hipótesis y es que los primeros pobladores pudieron ser mexicanos partiendo de que la tipología entre las dos culturas es muy semejante en cuanto forma de vestir, construcción y el diseño de las casas, el gusto por la ranchera, y el toque picante a sus comidas”.
Julio César Yepes, con su sombrerón mexicano puesto, recostado en el horcón que sostiene su casa, con una pierna inclinada hacia la misma pared, tiene su tesis, y dice que fueron cuatro mexicanos que llegaron en los tiempos de los recueros, y se quedaron durante varios años en el pueblo hasta que un día cualquiera se marcharon sin dejar retoños, pero marcando para siempre la estirpe de los consoladeros.

“Eso me lo contaron mis abuelos y eso es lo que yo creo que pasó en verdad”, dijo quien se considera el más mexicano de todos.

 

La cantina Flor sin Jardín es el único estadero de la Costa donde prevalece la ranchera y no el vallenato.

El machucado

Y si en la voz hay una similitud especial con la tierra de los ‘manitos’, en la culinaria el parecido es enorme por el consumo de ají picante y sus derivados.

En ese sentido, los consoladeros se inventaron su propio manjar, con la base primordial del ají picante, que en México lo llaman chile y en los Montes de María ‘gua-gua’.

Según Luis Emiro Serrano, experto en el machucado, la receta contiene un solo ají ‘gua-gua’ que se asa y se le quita la primera piel, una cebolla roja en picadito, un tomate rojo, 6 huevos criollos cocidos, sal y limón al gusto. “Es un manjar tan sabroso, que se ha arraigado tanto en este pueblo que muchos lo toman como liga, en lugar de la carne o el pollo”, dice Serrano.

Prácticamente no hay una casa en el pueblo donde no preparen el machucado casi que a diario. Otros lo complementan con un chorro del otro picante cerrero, que se prepara en un garrafón de aguardiente, con varias clases de ajíes y que se acicala con panela.

El exótico machucado ha sido de tan buena aceptación que en los pueblos vecinos, como San Juan, San Jacinto y San Cayetano, se han apropiado de su autoría, y ya hay varias canciones que le han dedicado por el poder afrodisíaco que tiene.

“La prueba de que el machucado es de San Pedro Consolado es Luis Manuel Yepes, quien se come 30 ajíes en un machucado y no los lava. Tiene 28 hijos y el soco (machete) todavía corta”, afirma Luis Emiro Serrano, otro jocoso, como casi todos en el pueblo.

Pero el asunto con sus pares del norte de América no queda ahí. El gusto por la ranchera en el pueblo es tan arraigado que se podría decir que es el único pueblo de la costa donde no predomina el vallenato.

En las cantinas, todos los domingos, Antonio Aguilar, José Alfredo Jiménez, Pedro Infante, Migue Aceves Mejía, entre otros, le hacen competencia a Diomedes Díaz (con todo y novela), a Silvestre Dangond y a Farid Ortiz.
Lo dice Eliécer Guzmán, quien es el DJ de la cantina Flor sin Jardín. “Aquí todo mundo se sabe las rancheras al pie de la letra, y la cantan con tanto sentimiento que a veces hasta lloran”, señala.

Pero cuando el asunto se traslada a las fiestas patronales o al Festival del Maíz, este cobra un color más encendido.
“Cuando hay fiestas patronales esto parece un pueblo mexicano en fiesta. Los hombres a caballo con una botella en la mano guapirrean y hacen que el caballo se pare en dos patas. Solo les faltan las pistolas para ser igualitos a los charros”, subraya el cantinero.

El mismo nombre de la cantina, ‘Flor sin jardín’, es un homenaje que le hizo su antiguo dueño antes de morir a la cultura mexicana, al llamarla con el nombre de su ranchera favorita, que interpretan las hermanas Huerta.

“Aquí hay discos que no se consiguen ni en México. Una vez vino al pueblo una socióloga mexicana a investigar por el parecido con las costumbres mexicanas y encontró discos de Lucha Villa y los Hermanos Peralta, que nunca los había visto en México”, señaló el profesor Jorge Yepes, a quien todos llaman ‘Alfure’.

El matoneo

Lo primero que hace el profesor Eduardo Yepes, rector de la Institución Educativa San Pedro Consolado, cuando llega un nuevo maestro a dictar clases en el colegio, es advertirle que por ninguna razón del mundo haga un comentario sobre el cántico que utilizan al hablar.

Se trata de una cruzada que adelanta el educador para que las nuevas generaciones del pueblo no caigan en el error de avergonzarse por el acento que han heredado de los antepasados y, por el contrario, lo cultiven como una manera de reforzar la identidad.

Según el profesor Yepes, la mayoría de los pobladores que hoy rondan entre los 45 y los 60 años, sufrieron un matoneo regional por el asunto del cántico en el hablado. Y ese descontento generalizado habría sido la principal causa para que muchos de sus habitantes buscaran otras tierras y otros tonos para sus voces.

“La tasa de emigración de San Pedro es de 31,5 por ciento, una de las más altas del país, frente a un 2,6 por ciento de inmigración, según datos del Dane, lo que pone en peligro la existencia misma del pueblo”, explicó.

Por esa misma razón, en ese colegio se ha emprendido una campaña para que los niños y jóvenes se arraiguen y sientan atracción por sus costumbres para así recobrar la identidad. “Si nosotros nos sentimos felices hablando como mexicanos, pues hagámoslo y no le paremos bolas a lo que digan los demás”, advierte el profesor.

Yepes recuerda que él mismo fue objeto de un matoneo inclemente cuando estudiaba en San Juan Nepomuceno. José Vergara, otro habitante del corregimiento, sufrió lo mismo pero en Barranquilla, ciudad donde se encuentra el mayor número de consoladeros. “Se burlaban de mi cantado al hablar, no me tenían en cuenta para participar en deporte ni en ninguna otra actividad y hasta los profesores veían a uno como un ser inferior”.

Los consoladeros suelen durar tardes enteras hablando para no perder sus costumbres mexicanas. Yomaira Grandett / EL TIEMPO

Y, justamente, como la mayoría de los consoladeros que tenían recursos escogían a Barranquilla para el estudio o para el trabajo, fue en esa ciudad que empezó también a conformarse una pequeña colonia, cuya principal actividad era encontrarse los fines de semana para ‘descansar’, palabra que utilizan para dar a entender que, por varias horas, se podían desquitar del acoso tácito del mundo entero contra su modo de hablar. Se encerraban en una casa para que no entrara ningún intruso y se quitaban ese bacalao pesado que cargaban sobre sus espaldas. En lugar de bailar, se demoraban horas y horas hablando, con su cántico hermoso y natural que alguien les dejó como legado y escuchando las rancheras que se sabían de memoria, en un festival de la verborrea que, en lugar de dejarlos exhaustos, les recomponía la vida a todos ellos.

El profesor Yepes, quien también participó de estas bacanales de la cháchara, trasladó estas reuniones al propio pueblo, a la esquina del raspao’ de Julio César Yepes, y de vez en cuando, manda a sus alumnos a que conversen con él y escuchen detenidamente a los cuatro amigos que todos los días se sientan en ese sitio y que, sin quererlo, están acumulando puntos para que no se extinga en esa aldea la única voz que puede perpetuarlos en el tiempo.

Juan Carlos Díaz
Montes de María
Enviado especial de EL TIEMPO

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