El poeta de las escalinatas del edificio Coltejer

El poeta de las escalinatas del edificio Coltejer

Durante los últimos 15 años, Carlos Ossa ha frecuentado el emblemático edificio.

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19 de agosto 2015 , 07:19 a.m.

Existe una oficina en el edificio Coltejer, en el centro de la ciudad, a la que se tiene acceso sin necesidad de registrarse.

No hay que pasar por el detector de metales para ingresar, y no es necesario subir en ascensor. Esta es la oficina de Carlos Ossa, el poeta de las escalinatas.

Hace más de 15 años que Carlos se sienta en esas escalas, las que dan a la avenida La Playa, para ver pasar a los transeúntes, hablar con algunos amigos, y reflexionar sobre sus escritos.

Carlos nació hace 72 años en Remedios, nordeste de Antioquia, pero se trasladó a Puerto Berrío, en el Magdalena medio.

Fue en ese lugar donde, motivado por la lectura de libros como El reposo del guerrero, de Christiane Rochefort, que vio la necesidad de escribir. “Cuando uno se integra con la lectura, aparece el deseo de escribir lo propio”, dice.

Entonces comenzó a escribir. Hizo parte de un grupo de intelectuales y bohemios que se llamó el ‘Grupo Puerto’, que estuvo siendo visitado por el poeta y fundador del Nadaísmo, Gonzalo Arango, quien hizo que su pasión por la literatura aumentara. Carlos comenzó con la poesía, luego pasó a la narrativa.

A los 35 años de edad se trasladó a Medellín, pues las posibilidades económicas en el Puerto estaban ahogadas.

Además, era el lugar ideal para abrirse paso como escritor. “Si había vivido por la literatura, quería vivir de la literatura”, cuenta.

Al llegar a la ciudad trabajó como revistero, pero fracasó en la labor porque, como él mismo lo dice, “soy un fracaso en los aspectos prácticos de la vida”.

Asegura que ha sido “un trashumante de los oficios”, porque ha trabajado como revistero, heladero, bibliotecario, y en múltiples oficios relacionados con el arte de escribir.

Se considera un “autodidacta”, pues sus estudios fueron seis años, pero gracias a la lectura pudo enriquecer su lenguaje y estilo de escribir. “En esa época había influencias literarias que permitieron que uno se hiciera camino”, enuncia.

Tuvo la oportunidad de llegar a colaborar en diferentes medios, como el suplemento dominical de El Colombiano, la revista de la Universidad de Antioquia y de publicar algunos poemas en el extinto periódico El Diario.

Una época de su vida estuvo sumergido en la bohemia, dejando a un lado la creación literaria. Eso le impidió crecer como escritor.

Finalizando el siglo XX llegó a las escalas del Coltejer, aunque no sabe a ciencia cierta cómo fue que llegó a este representativo lugar de la ciudad. “Llegué por azar a las escalinatas. Tal vez los sitios lo reclaman a uno”, asegura.

Desde entonces, de lunes a viernes, llega a las 10 de la mañana a abrir la oficina, que permanece abierta hasta las 5:30 de la tarde. Antes de la apertura de su oficina escribe un rato en el café Unión, porque lo considera un sitio tranquilo.

Las escaleras son su oficina de relaciones humanas y literarias. Invita a sus acompañantes a que se sienten en las escalas y comienzan a hablar de literatura, pero también hablan, algunas veces, de política.

“Porque todo sueño, el más desatinado, el más fantasioso, el más inverosímil, es siempre una realidad que espera su turno”, escribe.

Ha publicado 23 títulos, siete de poesía, siete de narrativa, y siete que no tienen un género definido. Su primera publicación fue Poemas del Grupo Puerto, en 1980.

Las publicaciones de sus libros las ha hecho él mismo, sin necesidad de una editorial.

“Cada libro maneja una odisea diferente, aunque hay algo que tienen en común, todos son de cuenta propia”, agrega.

Su último libro publicado fue el año pasado, Sinfonía de otoño es el título de la obra.

También se encarga de la distribución de sus libros, los lleva a las librerías de algunos amigos, aunque se pueden conseguir en su oficina. Los precios de estos están entre 10.000 y 15.000 pesos.

Carlos vive solo en una habitación en el barrio Buenos Aires. No tiene mujer y no sabe de la existencia de algún hijo.

Si le preguntan de qué vive, responde que de milagro, pero luego de algunas risas, dice que vive de la literatura.

“Aunque parezca irreal, vivo de la literatura, gracias a algunas colaboraciones que me generan un salario de poeta”, concluye.

MATEO GARCÍA
EL TIEMPO
Medellín

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