El penúltimo ladrillo del Muro

El penúltimo ladrillo del Muro

La aproximación entre Cuba y Estados Unidos es la caída del penúltimo ladrillo del muro de Berlín.

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18 de agosto 2015 , 07:05 p.m.

El pasado viernes, a las 10:37 de la mañana, en el cielo de La Habana volvió a ondear la bandera de Estados Unidos, izada en presencia del secretario de Estado, John Kerry, en una ceremonia que contó también con la asistencia de Larry Morris, Mike East y Jim Tracy, los tres marines que habían arriado el pabellón en enero de 1961, cuando el presidente Dwight D. Eisenhower decidió cerrar la embajada de su país en Cuba.

Este acto no solo protocolizaba el acercamiento entre los dos países –anunciado por Barack Obama y Raúl Castro el pasado mes de diciembre–, sino que marcaba el final de una era de torpeza en la política exterior del Tío Sam, que duró más de cinco décadas y que no le hizo ni cosquillas a Fidel Castro, el dictador que permaneció en el poder hasta hace apenas cuatro años, cuando le dio la gana de cederle el cargo a su hermano Raúl, quien resultó ser menos dogmático de lo que muchos creíamos.

Pese a que con esta ceremonia se formalizó el proceso de restablecimiento de vínculos diplomáticos de Washington con La Habana, todavía queda pendiente la normalización plena de las relaciones, que está sujeta al fin del embargo impuesto por Estados Unidos a la isla en 1960 –y decretado por el mismo Eisenhower–, que les ha significado la pérdida de un buen mercado a empresas e inversionistas gringos y le ha servido al régimen castrista para mantener en la opresión y la inopia a sus ciudadanos.

Si los congresistas norteamericanos tuvieran algo más de sentido común se darían cuenta de que al eliminar el boicot económico contra Cuba dejarían al descubierto la ineptitud de la dictadura, cuya política obsoleta y opresiva tiene sumidos a sus ciudadanos entre la precariedad y el miedo.

Después de más de medio siglo de bloqueo se ha hecho evidente que los únicos que han salido favorecidos son los anticastristas de Estados Unidos y las propias autoridades cubanas. Unos y otros se han llenado de argumentos absurdos para mantener sus privilegios a ambos lados del estrecho de la Florida; pues mientras los políticos de Miami lo han aprovechado para lucrarse políticamente de la situación, los líderes de la Revolución lo han utilizado como caballito de batalla para achacarle todos los males que padece la población cubana y que en realidad han sido ocasionados por su mala gestión e incompetencia.

Afortunadamente, el pretendido aislamiento que en un momento dado Estados Unidos quiso imponerle a Cuba tampoco tuvo mucha acogida y, hoy por hoy, este país sostiene relaciones diplomáticas no solo con Europa, sino con todos los estados de América, desde Canadá hasta la Patagonia; además de la mayoría de sus aliados ideológicos de antaño, con los cuales los Castro nunca rompieron lazos, pese al derrumbe del comunismo.

Lo mejor de un eventual levantamiento del embargo es que demostraría que el principal problema de Cuba no es esta medida –unilateral e injustificable–, sino la pésima administración del Estado, basada en un modelo económico y político que fracasó estrepitosamente en todos los países que en algún momento lo adoptaron, empezando por Rusia.

Además, en pleno siglo 21, no es fácil explicar por qué Estados Unidos ha sido tan severo con Cuba, pero a la vez mantiene relaciones diplomáticas y comerciales con países como China o Arabia Saudita –por citar solo dos casos extremos–, en los cuales no existe la democracia ni se observa el menor respeto por los derechos humanos.

A escasas semanas de la celebración de los 25 años de la reunificación de Alemania, ocurrida el 3 de octubre de 1990, la aproximación entre Cuba y Estados Unidos y la reapertura de sus respectivas embajadas constituyen, sin duda, la caída del penúltimo ladrillo de lo que queda del muro de Berlín.

@Vladdo

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