La difícil cacería a 'Inglaterra' en el Urabá antioqueño

La difícil cacería a 'Inglaterra' en el Urabá antioqueño

La persecución de este 'ex-Auc', ha sido tan ardua como el rescate de los restos del helicóptero.

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17 de agosto 2015 , 10:07 p.m.

“Él es consciente de que un día puede caer en manos de la Policía, pero dice que ni se va de esta región porque la gente lo protege y la conoce como la palma de su mano, ni se dejará coger como si nada. Dará la pelea”, asegura un conocido de Luis Orlando Padierna Peña, alias Inglaterra.

Los 16 policías que murieron cuando se precipitó a tierra el Black Hawk en el que se desplazaban para ir en busca de este hombre, el pasado 4 de agosto, lo convirtieron en el segundo capo más buscado del país en estos momentos, solo por detrás de su jefe, Darío Antonio Úsuga, alias Otoniel.

Narcotraficante de vieja data y exparamilitar, ‘Inglaterra’, de 36 años, se esconde en algún lugar de la serranía de Abibe, a la que se puede acceder por Carepa, en el Urabá antiqueño.

Lleva solo año y medio a la cabeza del poderoso Bloque ‘Carlos Vázquez’ de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, como ellos prefieren denominarse, aunque siempre se le ha conocido por el gentilicio de la región donde nació y sigue siendo el corazón de la ‘bacrim’ más poderosa del país: ‘los Urabeños’.

El presidente Santos los rebautizó ‘clan Úsuga’, con el apellido de su actual cabecilla, si bien en la zona nadie los llama así y tampoco es la banda de dicha familia. (Lea también: Estos son los 17 integrantes del 'clan Úsuga' con procesos en EE. UU.)

‘Inglaterra’ es natural de Piedras Blancas, un corregimiento pobre, pequeño y destartalado, olvidado por los gobernantes locales, pese a encontrarse a solo 11 kilómetros de Carepa, su cabecera municipal. Ingresó joven a las Auc y, después de la desmovilización en el 2006, prefirió incorporarse a ‘los Urabeños’ de la mano de ‘don Mario’, hoy preso.

Padre de cuatro hijos de uniones diferentes, está casado con una mujer que reside en Carepa y regenta una carnicería. La abordé dos veces, pero no quiso hablar aduciendo, muy molesta, que ella no era la persona que buscaba.

Hombre disciplinado y rígido, del ala más militar del mencionado grupo criminal, dispone de unos 120 hombres en armas y le gusta rodearse de una escolta de unos veinte efectivos.

Piezas del helicóptero de la Policía Nacional, caído en el Urabá antioqueño, son recogidas para la investigación. / Foto: Salud Hernández-Mora

 

No será fácil atraparlo, no solo porque ha recorrido la zona donde se mueve desde niño, sino porque los pobladores lo apoyan, como constaté en la semana que recorrí la región.

“Si viene a mi casa, yo lo escondo. Ese señor cuida de nosotros”, asegura una mujer de Piedras Blancas. “Él y su familia son de la región, son de campo, todo el mundo los conoce”, agrega otro labriego que tiene finca en el área donde ocurrió la catástrofe aérea.

¿Para qué vienen a molestarlo si él no molesta a nadie? Es buena persona, no estaba extorsionando, esto era un paraíso. Si estuviera jodiendo, la gente misma lo había entregado al Ejército. Pero cuida la región. Anteriormente había mucha guerrilla, el 5.º frente, y con él se acabó. Lo que el campesino consiga ahora es para él, no para esos sinvergüenzas que estaban jodiendo”, agrega un nativo.

“Aquí ellos ponen orden. Piedras Blancas es el pueblo más sano de Colombia. Si alguien la embarra, le dan hasta tres, cuatro oportunidades. Luego le dicen que se pierda y, si es grave, lo pelan”, opina otro más.

Lo que a nadie le interesa es “esta calentura después de lo del helicóptero”, según manifiesta un comerciante de Piedras Blancas. “Nos estigmatiza a los que vivimos acá, nos crea problemas”. (Lea también: Con nueva tragedia aérea van 35 uniformados muertos en aeronaves)

El helicóptero

Del centro urbano de Piedras Blancas al lugar donde cayó el Black Hawk el 4 de agosto hay seis horas a pie. Las trochas, muchas invisibles para el ojo urbanista, atraviesan selvas y potreros entre montes boscosos de cimas onduladas. Son parajes solitarios, se divisan pocos ranchos, todos de madera y de condiciones precarias, que quedaron deshabitados en su mayoría tras el siniestro aéreo. Los campesinos los abandonaron a las carreras por temor a enfrentamientos armados entre los hombres de ‘Inglaterra’ y la Policía Nacional.

El que habitaba la niña Dianey Andrea, de 3 años, que resultó herida leve por esquirlas de bala, y que se encuentra ahora vacía, es especialmente mísera. Cuando pasé con los dos campesinos que me acompañaban, solo había gallinas revoloteando y ropa revuelta en la única pieza donde había una cama.

Hallamos vainillas de los disparos que efectuaron los Jungla, desplegados por el área para preparar el asalto a ‘Inglaterra’. Según el relato que me hizo unos días más tarde en Carepa el papá de la niña, Oraime Úsuga, de 31 años, se encontraba en la finca que administra con sus dos hijos, una sobrina, su esposa y la suegra. El lunes 3 de agosto en la noche se presentaron tres “civiles que no conocía” –aunque en esos montes solitarios solo caminan campesinos de la zona y ‘urabeños’–, y le pidieron posada. Con la irrupción de los agentes a la mañana siguiente, se produjo un intercambio de disparos. La policía detuvo al trío y lo sacaron con la familia en helicóptero. La niña pasó nueve días hospitalizada y ya se encuentra recuperada.

Después de dejar el rancho de Oraime, aún hay que caminar más de media hora y cruzar una quebrada de grandes piedras blancas hasta dar con los restos del Black Hawk. Al llegar, un equipo especializado de la Policía, custodiado por unidades del Emcar, recogía las últimas piezas para transportarlas por aire desde un helipuerto improvisado.

En recuerdo de los policías fallecidos, junto al amasijo de fragmentos carbonizados, hay clavada una sencilla cruz de palo, coronada por un casco y la tapa de una caja de munición donde están escritos los nombres de los dieciséis. Pese a que habían transcurrido ocho días de la tragedia cuando arribé, algunos lluviosos, aún olía a cadáver. “La escena ha cambiado, fue necesario cortar árboles para recuperar los cuerpos y después las partes del helicóptero”, explica un suboficial. A simple vista, el aparato cayó al pie de la ladera, tapizada de árboles altos y espigados.

El dueño del único rancho cercano, un campesino joven de familia conocida en Piedras Blancas, sigue en su hogar, con su esposa y dos familiares, al cuidado de las pocas cabezas de ganado que posee. Ni ellos ni su rancho sufrieron daños.

Dice que no vieron el momento en que el aparato se precipitó a tierra porque en cuanto escucharon disparos, cada cual buscó refugio donde pudo. “Solo pensábamos en protegernos de las balas”, afirma. “Tumbaron el helicóptero porque dio papaya volando demasiado bajo”, sentencia un lugareño que vio pasar el Black Hawk desde un filo, minutos antes de que cayera. Las causas del hecho aún son desconocidas.

El líder indígena Avelino Carupia, en cuyo resguardo Polines ocurrió el incidente, me había dicho en Carepa que en su comunidad, algo alejada del sitio del siniestro, “se escuchó un rafagazo y luego explotó el avión. Pero certificar que fue derribado, imposible, no somos expertos de ninguna clase”.

‘Otoniel’

Si cazar a ‘Inglaterra’ se antoja una misión compleja, no lo es menos capturar a ‘Otoniel’. También los lugareños en su área de influencia –Necoclí, Nueva Antioquia, Currulao etc.– le brindan apoyo, pero dada la asfixiante presión de Argamenón, lanzada el 20 de febrero, se ha trasladado al Urabá chocoano para que lo proteja alias Manteco, del 5.° frente de las Farc. Le estaría pagando por su apoyo en una de esas extrañas alianzas que sellan los distintos grupos que tienen en el narcotráfico su principal fuente de ingresos. (Lea también: En persecución de 'Otoniel', Policía ha invertido $ 2.300 millones)

Los 1.200 efectivos de la Policía Nacional desplazados a Urabá para desarrollar la Argamenón saben que esa batalla la librarán solos. Además de la nula colaboración ciudadana, no pueden apoyarse en las autoridades locales. Una parte están compradas e infiltradas por ‘los Urabeños’ y otra prefiere no actuar por temor a sufrir represalias.

En Nueva Antioquia, población de calles polvorientas, donde vino al mundo ‘Otoniel’ y a donde se accede por una carretera destapada que parte de Currulao, es casi imposible arrancar una palabra sobre él a los pobladores. En cuanto pronuncio su nombre, cierran la boca y desvían la mirada. Solo una persona se atreve a decir de pasada: “Sería mejor que no lo maten porque viviremos una guerra entre los que quieran ocupar su lugar”.

‘Otoniel’ y sus lugartenientes han montado una tupida red de informantes que detallan cada movimiento de Argamenón. Decenas de taxis y mototaxis cubren los cascos urbanos y en la zona rural establecieron los llamados ‘puntos’, con vigilantes.

“Es una labor de persistencia”, indica el general Luis Eduardo Martínez, director del Cuerpo de Carabineros, el que más hombres ha puesto en el terreno y que trabaja de la mano de la Dijín. “Poco a poco hemos ido dándoles golpes y ya los cabecillas no viven tranquilos, están enmontados”. (Vea aquí: La casa en donde se escondía el capo más buscado del país)

Una de las primeras acciones fue copar ‘puntos’ más estratégicos sobre los cerros, donde ‘los Urabeños’ mantienen un contingente de vigías con ametralladoras para controlar los pasos de abastecimiento. Uno de los principales era Cruz de Hueso, que vigilaba un corredor de movilidad hacia Nueva Antioquia y desde el que impactaron ocho helicópteros. Ahora hay carabineros de manera permanente.

Desde febrero, Argamenón ha capturado a 438 personas, ha incautado 14 toneladas de cocaína y 630 millones de pesos en efectivo, además de muchas otras acciones que los están minando. Por eso, los pobladores de los territorios de ‘los Urabeños’ no los quieren. Como me dijo un campesino: “Solo la policía que viene de fuera nos perjudica. Deberían irse. Los demás no molestan”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA*
Especial para EL TIEMPO
Piedras Blancas (Carepa).
*Periodista española radicada en Colombia; corresponsal de ‘El Mundo’, de Madrid, y columnista de EL TIEMPO.

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