Cartas a Julieta

Cartas a Julieta

Libro de 180 páginas escrito por el hijo de un extelegrafista de Andes a una virgen que no lo besó.

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17 de agosto 2015 , 09:07 p.m.

Cuando gonzaloarango, recién fundado el nadaísmo, comenzó a publicar sus cosas en los periódicos bogotanos, a veces mencionaba en el cuerpo del texto o en una escueta dedicatoria a una mujer que llamó La Monja. Entonces el poeta disfrutaba de su gloria recién aparecida a causa del inventico, y mantenía lejos de la indiscreción de sus amigos una intensa vida secreta que nosotros conocíamos de todos modos a grandes rasgos. La mujer es mencionada también, como redentora, en una de las cartas a la madre que publicó la editorial La Pisca Tabaca hace años.

Sus amigos respetábamos su derecho al misterio. Pero eso no quiere decir que dejáramos de cavilar sobre la identidad de la sombra por puro espíritu de curiosidad. Quién será La monja. Nos preguntábamos. Será la viuda del filósofo suicida chileno, una caleña que hacía esfuerzos por reconvertirlo a un incierto racionalismo católico. O la adolescente bogotana de caderas caudalosas que después se fue de guerrillera y con quien cruzaba furtivamente el parque de Bolívar de Medellín rumbo a la heladería San Francisco. O, en fin, esa sor norteamericana del Marymount con quien compartimos tantas inocentes veladas con guitarras guerrilleras en la casa de Rosa Girasol, aquellos tiempos cuando las monjas se interesaban por los poetas desabridos y los líderes comunales y leían las homilías del Che Guevara y montaban misas criollas para coros de grillos sabaneros, por esas cosas del catolicismo del ala ridícula que vivimos entonces derivadas malamente del segundo concilio vaticano.

Ahora, de repente, para redondear el enigma, les ha salido competidora a esas hipótesis de mujeres posibles e improbables aptas para convertirse en La Monja. Una muchachita de Andes, a quien están dirigidas las Cartas a Julieta, que acaba de publicar el fondo editorial Eafit en la colección Rescates. Son las cartas de un muchacho inteligente y ambicioso que conversa con una novia difícil a través de una estrella. Y le cuenta que descolgó el santo de siempre de la cabecera de su cama para ponerla a ella como guía de su futuro, un gran futuro con un horizonte despampanante que lo hará digno de su amor.

Llenas de altruismo, las cartas dicen que aspira a cambiar la historia. Y que lee a Maeterlinck. Y le pide que lo compare con el personaje de una prosa de Darío. Le dice que ya pertenece a las juventudes conservadoras. Y se distingue. Sobre todo porque comienza a perder la fe. Echa discursos. Y la hace partícipe de sus triunfos con humildad pueblerina.

Uno que lo conoce alcanza a percibir al seductor que finge que fetichiza sus deseos reales y es consciente de que solo puede salvarse en el arte y la mentira, que son la misma cosa. Sin embargo, la novia, inteligente en su rectitud puritana, lo mantiene a una prudente distancia. Sabe lo que le conviene. Y al fin se casa con otro.

Como era normal en esos pueblos donde, como se decía allá mismo, no podían ver un pobre con jíquera, todo acaba en un cruel malentendido. Pero uno piensa que por fortuna el romance terminó como terminó. Después a Gonzalo lo hartaron el derecho, las puticas de Guayaquil y la política parroquial, y de la desesperación, que lo condujo a escribir una de las peores novelas del mundo en un escritor decente, surgió la chispa del nadaísmo. Y al fin hizo historia a su modo y manera dirigiendo poemas a su sobretodo y a los indígenas de la Orinoquia. Y ahora no está en una oficina de abogados de causas perdidas en el parque Berrío y arreando nietos. Ni yo al frente de la sucursal Guayaquil de un banco como querían mis padres, sino escribiendo este raro panegírico con el pretexto de reseñar un libro de 180 páginas, con las cartas que le escribió el hijo de un extelegrafista de Andes a una virgen de los tiempos de upa que lo dejó sin un beso.

EDUARDO ESCOBAR

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