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Gracias, Sofía

Gracias, Sofía

Quizá es hora de hacer obligatorias las donaciones de órganos. No tiene sentido nuestra cobardía.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
15 de agosto 2015 , 06:51 p. m.

No debe ser fácil acercarse a los padres de una niña con muerte cerebral y pedirles que acepten que su situación es irreversible, que su hija desbordante de vida, de felicidad, cariñosa, adorada, ya no está en el mundo de los vivos.

Pedirles que no se aferren a una falsa ilusión y donen rápido los órganos de su hija para rescatar a otros niños. No es solo invadir su dolor y apagarles la esperanza, es plantear que la decisión tiene que ser inmediata.

Por una emotiva crónica de EL TIEMPO supimos que Sofía El Khoury, fallecida a sus 10 añitos tras un accidente en un hotel de Estambul, revive ahora en cuatro niños israelitas. Los papás de Sofía, que la llevaron a Israel desde Turquía en un intento desesperado por salvarle la vida, donaron sus órganos. De ahí que su corazón y sus pulmones permitan hoy respirar a un adolescente de ese país; que el hígado resucitara a un niño de 9, y que los riñones hayan salvado a dos menores de 16 y 9 años.

También RCN emitió un magnífico documental –’Morir para vivir’ (htpp://noticiasrcn.com/videos/morir-vivir)–, dirigido por Patricia Gómez. En él, la madre de quien fuera Mejor Bachiller de Colombia del 2010 rememoraba los últimos días de su único hijo, fallecido de un aneurisma en el 2013. Y animaba a los colombianos a seguir su ejemplo, el mismo que el de la familia El Khoury.

Miguel Ángel Ariza, estudiante de Matemáticas y Literatura, con beca en la Universidad de los Andes, apasionado de la escalada en paredes rocosas, enfermó y murió de manera repentina. Era un chico fuera de serie, de esos que provocan preguntarle a Dios por qué llevárselo si podía aportar tanto a un país y a un planeta necesitado de jóvenes brillantes, sanos, intelectualmente inquietos y solidarios.

Su mamá pudo optar por ahogarse en su llanto y rechazar la voz que le pedía los órganos de Miguel Ángel. Nadie se lo habría reprochado. En nuestra sociedad, tan apegada a ideas retrógradas sobre la muerte, llena de supersticiones y prejuicios, pocos se atreven a interrumpir el desconsuelo de una madre y lanzarle la pregunta. Es más, prevalece la opinión de que solo plantearlo supone ser indolente con una familia abatida, ponerse a la altura de las aves carroñeras.

Gloria Aydé Ariza, sin embargo, lo tuvo nítido. Su hijo viviría no solo en su recuerdo y en el de quienes tuvieron la suerte de conocerlo, sino en otras personas que no supieron de su existencia. Fueron diez las que resultaron compatibles, y prueba de que no hay politiquería ni privilegios en la elección de receptores de órganos es que un riñón fue para una señora adulta, de estrato humilde, que inscribió su nombre en la lista de espera y aguardó paciente a que le llegara el turno. El otro riñón lo trasplantaron a un adolescente de 16. Los demás órganos, así como las córneas y tejidos, están en otras personas.

Pero no todos cuentan con suerte. El año pasado murieron 72 colombianos esperando un órgano, pese a ser un país con miles de muertes violentas en grandes ciudades. Hay 2.254 enfermos haciendo cola y solo 300 donantes potenciales.

Con lo difícil que es hallar fallecidos cuyas familias estén dispuestas a ceder y al no contar siempre con centros médicos que puedan conservar y trasplantar órganos (el corazón de Miguel Ángel no llegó a tiempo a un enfermo), quizá es hora de hacer obligatorias las donaciones. No tiene sentido que sufran y mueran enfermos, incluidos niños, solo por nuestra desidia, ignorancia o cobardía.  

SALUD HERNÁNDEZ- MORA

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