Restaurar el pasado / Séptimo arte

Restaurar el pasado / Séptimo arte

Vuelven a las pantallas las historias de las personas anónimas que salvaron el arte.

15 de agosto 2015 , 03:45 p.m.

En Operación monumento (The Monuments Men, 2014), de George Clooney, tuvimos ya una aproximación a lo que fue la tarea de recuperar las obras de arte decomisadas o robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Ahora el tema vuelve a las pantallas desde una perspectiva individual y contemporánea con La dama de oro (Woman in Gold, 2015), el segundo largometraje del director londinense Simon Curtis, de quien vimos previamente Mi semana con Marilyn (My Week With Marilyn, 2011). Se trata de una historia basada en hechos reales que tiene como centro un famoso cuadro del artista austriaco Gustav Klimt, Retrato de Adele Bloch-Bauer I, un lienzo terminado en 1907 y que fue encargado por el esposo de la modelo, el industrial checo Ferdinand Bloch-Bauer, que tuvo que abandonar Austria por la amenaza nazi en 1938. Que el famoso lienzo incrustado con láminas de oro terminara colgado en el museo Belvedere en la Viena de la posguerra y no en manos de los herederos de la familia Bloch-Bauer, hace parte del drama de un filme que mezcla atropellos nazis, arte, nostalgia y la búsqueda legal de la reparación de una injusticia histórica.

Pese a que los elementos lucen muy atractivos, en realidad La dama de oro se queda corta frente a lo que promete. La actriz inglesa Helen Mirren interpreta a María Altmann, la única sobreviviente de la familia que originalmente poseía ese y otros cuadros de Klimt, y que vive exiliada en California. Decidida a hacer justicia décadas después de los hechos, la veremos en un tire y afloje legal con las autoridades austriacas. Más interesante que esos procesos en los estrados –que están mediados por la floja presencia de Ryan Reynolds como su abogado– es el camino que ella misma emprende de ponerse en paz con sus recuerdos y de tratar de restaurar esos años arrebatados por los nazis.

Sin embargo el filme es convencional y poco inspirado. Las escasas secuencias que logran conmover siempre se refieren al pasado, una fuente dramática que el director Curtis no supo explotar bien.

Es una lástima que una historia como esta no hubiera encontrado manos más sensibles. Terminó convertida en un producto comercial disfrazado de cine importante y culto. Pero el artificio se le nota, como tarde o temprano les ocurre a las obras de arte falsificadas.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.

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