Pablo Montoya

Recompensas foráneas nos ayudan a sacar del anonimato a escritores nacionales.

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14 de agosto 2015 , 07:25 p. m.

En la soledad, y lejos de los alumbrados mediáticos, ha venido labrando una obra original. Por esta, entendemos un lenguaje propio, meditado con severidad, pulido con el dolor y el placer, que significa en últimas el quehacer literario. A través de distintos géneros, como la novela, la poesía, el ensayo y el relato, ha encontrado una voz, su manera distinta de decir las cosas, de narrar o entender el mundo, sin caer en los tentáculos de la inmediatez. El hilo argumental ha sido la historia, episodios remotos e importantes que todavía pululan en nuestra memoria por su trascendencia o su extraordinario acontecer, que son reivindicados por medio de los artistas del pasado, especialmente músicos y pintores. Aunque uno de sus libros más autobiográficos, Cuaderno de París, relata con lirismo descarnado una Ciudad Luz contemporánea, poblada de cicatrices, ruindades y esplendores en medio de un pasado fastuoso.

El reciente Premio Rómulo Gallegos que ganó Pablo Montoya, con su novela Tríptico de la infamia, es una excelente noticia para la literatura nacional, porque expande el campo de creación, lo diversifica, oxigena la lectura de otras miradas de las realidades intrínsecas de la escritura. Este episodio me recuerda al Premio Tusquets que ganó Evelio José Rosero con su novela Los ejércitos, concurso de arraigada pureza, sin lobby a la vista, y que curiosamente desde afuera nos hace mirar a otros autores, es decir, que recompensas foráneas nos ayudan a sacar del anonimato a escritores que de otra manera permanecerían casi en la oscuridad.

Que no vengan a decir ahora, en tono parroquial, que Pablo Montoya es uno de los secretos mejor guardados de nuestra literatura; escritores como Esteban Carlos Mejía y Felipe Agudelo Tenorio ya habían hablado con anterioridad de las bondades del tríptico de Montoya. Y lo atestiguan novelas como La sed del ojo, Lejos de Roma y Los derrotados. Por eso, llama la atención cuando recibió el premio que Montoya se quejara “del desamparo” que han dispensado las distintas sociedades con respecto al arte. Su displicencia. “El desamparo está, como una marca indeleble, en el tramo que va del nacimiento a la muerte”, expresó el escritor, que entiende de desamparos y cómo el arte literario es una forma de luchar y trazar una variante en el empeño solitario de algunos soñadores incorregibles.

Alfonso Carvajal

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