Estafeta

Letra por letra.

13 de agosto 2015 , 10:44 a. m.

CARLOS CAICEDO

POR GILMA SUÁREZ

Carlos Caicedo, quien supo interpretar como nadie el ‘Instante supremo’, que hiciera célebre a Cartier Bresson, nos deja, a los que seguiremos su legado, fotografías memorables, irrepetibles incluso para él mismo. Fotografías como ‘Imitando a Picasso’, una imagen tomada por él en una tarde de toros en la plaza de La Macarena, donde el toro y el torero se ven como una mancha negra, y la sombra de estos dos animales (toro y hombre) parece el objeto de la foto. No dudo en asegurar que esta es un icono en el arte fotográfico latinoamericano y, por qué no, mundial. Otra, tomada posiblemente en un concurso ecuestre, donde caballo y jinete saltan un obstáculo, mientras que en primer plano un hombre con vestimenta de equitación (botas altas, pantalón blanco, saco negro y sombrero negro) no solo nos habla de una época, sino que con su gesto parece otro caballo tratando de saltar una valla. O aquella otra, captada a contraluz en el campo de golf del club Los Lagartos, donde en primer plano hay un árbol, de allí surge la sombra de un jugador que se agacha para golpear la bola con su palo de golf. El golfista, totalmente mimetizado, no parece estar detrás del árbol, sino hacer parte de este. Y la otra, donde la muchacha que en los sesenta va por la calle con su minifalda y sus lindas piernas al viento, mientras dos monjas pasan a su lado mirándola escrutadora y acusadoramente. Y qué decir de esas colegialas que corren en el caudaloso río que se formaba en la Avenida Jiménez en los cincuenta y sesenta del siglo pasado, en épocas de lluvia... En esta foto, dos de las niñas corren, mientras una cae al agua; el maestro tituló esa imagen: ‘Cuando las colegialas caen’.
El día que conocí al maestro Caicedo me dijo, con toda la sencillez que le daba su grandeza: “Nunca pensé que mis fotos fueran a ser importantes algún día”. Así era él. Así fue ese universo fotográfico –para gloria de Colombia– llamado Carlos Caicedo.
*Directora FotoMuseo

LETRA POR LETRA

“Hacer castillos en el aire”

Mueren las ilusiones cuando alguien nos dice que hacemos “castillos en el aire”. Ese bajón a tierra proviene de Francia y se remonta a 1400. La expresión original es un chateau en Espagne, un castillo en España, que empleaban los franceses para decir que los verdaderos y grandes castillos había que buscarlos lejos del país vecino. La frase derivó con posterioridad hacia ‘castillos en el aire’, una forma contundente para calmar las ansias de los soñadores.

“La venganza de Moctezuma”

Es un eufemismo para denotar un mal estomacal, y comenzó a usarse en la década de 1940. Es producido por agua contaminada y debilita extremadamente al enfermo. Le sucede, cómo no, a muchos de los turistas no indígenas que viajan a México, y es una respuesta enérgica de los aztecas a las barbaridades que los españoles cometieron en sus territorios durante el enfrentamiento entre las dos culturas. La venganza del otro imperio.

“Viva y deje vivir”

La famosa frase, que tanto nos gusta usar cuando se entrometen en nuestras vidas, no es, contrario a lo que muchos creen, un reclamo jipi (que es como le gusta a la Academia que escribamos el anglicismo ‘hippie’). Originalmente fue un proverbio alemán, que habría trascendido las fronteras hacia el año 1600. Su mayor efecto es que deja al instigador de una sola pieza, sin capacidad para discutir.

‘Blazer’

Aunque la Real Academia reconoce el uso de esta palabra inglesa, aún no la acepta como española. Aparece definida como chaqueta, usada originalmente como uniforme de los colegios y equipos deportivos. Expresión de la elegancia informal, tiende a ser generalmente azul oscura. Se le atribuye el origen a una ordenanza del capitán británico Blazer, quien en el siglo XIX obligó a su tripulación a llevar unos sacos llamativos con rayas azules y blancas. Otra teoría, sin embargo, sostiene que las chaquetas fueron usadas por primera vez en 1889 por los miembros del club y equipo de remo del ‘bote Lady Margaret’ de la Universidad de Cambridge. Sea cual sea el origen, está claro que tenía que ser una invención inglesa, maestra del buen estilo.

La autocrítica de los escritores

Rara vez los escritores son capaces de hacer autocrítica. Pero hay dos casos ejemplares y desconocidos para la mayoría. Robert Louis Stevenson, el recordado autor escocés de La isla del tesoro, dijo en una ocasión: “Algo debo de haber hecho mal o no sería tan famoso”. Paul Valéry, el poeta francés cuyo verdadero nombre era Ambroise-Paul-Toussaint-Jules Valéry, se sentía desagradable consigo mismo. Tanto que llegó a afirmar: “Si viera usted mi alma, no podría comer”. Tampoco hay que olvidar al agudo Oscar Wilde, el irlandés que escribió la memorable novela El retrato de Dorian Gray, que solía afirmar que para poder quedarse dormido contaba sus defectos. Cualquier otro ser humano habría caído en el insomnio.

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