Crítica de la razón pura

Crítica de la razón pura

Una escena de todos los días entre nosotros: fanáticos que claman contra el fanatismo.

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12 de agosto 2015 , 05:31 p.m.

La noticia es vieja y sin embargo sigue siendo insuperable y hermosa: en la ciudad rusa de Rostov del Don dos hombres entraron a una tienda en septiembre del 2013. Una tienda o un bar o un café, hay muchas versiones. Cada uno llegó por su lado, no se conocían. Entonces, sin saberse muy bien cómo ni por qué, acabaron en una vehemente discusión sobre la obra del filósofo alemán Immanuel Kant.

La noticia no es esa, claro que no, aunque por sí sola merecería serlo. Pero no. La noticia es que la discusión llegó a tal extremo de acaloramiento y pasión, que uno de los contendientes sacó su pistola y le disparó al otro. No fue además un solo tiro –dice Reuters–: fueron todos los que permitía el arma, al parecer una pistola de utilería con balas de goma que aunque no mataron a la víctima sí la dejaron en el hospital con varias heridas graves.

Me acordé de esta noticia porque ayer iba en uno de los buses del llamado SITP (el nombre ya es difícil; menos mal las tarjetas para usarlo ofrecen tantas variedades y tanta paz) y fui testigo de una escena increíble: mi bus estaba lleno y ya no cabía más gente, ni una sola persona más. Habíamos salido del aeropuerto hacia el norte, en la ruta M86 que baja por toda la avenida Eldorado y luego va por la carrera Séptima. Yo me tenía que bajar en la estación de Corferias, pero era tal el gentío que preferí no hacerlo.

En esa estación, sin embargo, se abrió la puerta y una señora trató de subirse a la fuerza. Pero de verdad no cabía; ni ella ni nadie más. Así se lo tratamos de explicar, con las mejores maneras, lo juro, todos los pasajeros que ya íbamos adentro. Sin importar diferencias de ningún tipo –parados o sentados, ladrones u honestos, buenos o malos– todos nos unimos en un llamado a la comprensión y la calma. “¡Espere el otro que ya viene!”, gritó un viejito al lado mío.

Pero no hubo poder humano que convenciera a esa señora de lo evidente, y ella decidió entonces acudir a las vías de hecho: se recostó sobre la puerta y dijo que de ahí no se movía, que ese bus no se cerraba sin ella adentro. Metía la mano y la cabeza para que de verdad el bus no pudiera arrancar. Lo cual enfureció al pasaje, por supuesto, y los que antes eran argumentos sensatos se volvieron muy pronto insultos del más variado y creativo nivel; casi tan variado y creativo como las tarjetas del SITP.

Un par de muchachos de colegio que iban en la puerta se bajaron del bus, quizás para tener un buen motivo para capar clase; cualquiera en su lugar haría lo mismo. Entonces la polémica señora pudo subirse por fin, pero ya adentro, no contenta con sus antecedentes y con su proceder, hizo algo que a todos nos dejó estupefactos. Sin dársele nada se lanzó a una monserga sobre lo mucho que llevaba esperando en esa puerta, y luego empezó a quejarse de lo ¡intolerante que es la gente en Bogotá!

Lo juro, así decía: “Es que el problema de esta ciudad es que no somos tolerantes, no sabemos respetar...”. Ella, que había atropellado a toda una comunidad pacífica y abnegada; ella, que había ventilado su sufrimiento para afectar aun más a inocentes tan sufridos como ella misma... Ahora ella era la abanderada de la tolerancia y del respeto y nos hablaba como si además le debiéramos una disculpa. “Por lo menos váyase callada, h. p.”, dijo el viejo al lado mío.

Una escena de todos los días y todas las horas entre nosotros: fanáticos que claman contra el fanatismo; intolerantes que exigen para ellos la tolerancia que no son capaces de brindarles a los demás. Arbitrarios dueños de la razón, pero solo de la suya: su razón pura y feroz.

Como el farmaceuta de Madame Bovary que así decía, “¡qué fanatismo!”. Y era un fanático.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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