Editorial: No juguemos con el agua

Editorial: No juguemos con el agua

Para cuidar el agua en nuestro país se necesita pedagogía, pero al mismo tiempo leyes y sanciones.

11 de agosto 2015 , 09:24 p.m.

Se sabe que el agua es, desde siempre, uno de los tesoros más valiosos de la humanidad, descrita como un precioso líquido. Y en ese sentido, Colombia es vista en el mundo con envidia, pues es reconocida como una potencia hídrica en el orbe. Su rendimiento en agua equivale a seis veces el promedio global.

Hasta aquí podemos decir con orgullo que vamos bien. Pero el hombre destruye lo que más le sirve. Cómo estamos cuidando y aprovechando ese recurso natural con el que fuimos bendecidos por la naturaleza es otra cuestión. E, infortunadamente, cada vez es más evidente que abusamos de esta riqueza.

Por eso es de enorme utilidad el Estudio Nacional de Agua, liderado por el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) y el Ministerio de Ambiente, elaborado en conjunto con 25 instituciones ambientales y gubernamentales, así como diversas asociaciones y universidades, y que acaba de ver la luz. Es un trabajo completo, que abarca todo el país, dividido en 41 zonas y 316 subzonas.

Siendo realistas, no salimos bien librados. Es inquietante que más de una tercera parte de los colombianos (17,5 millones de personas) vivan en municipios en los que sus recursos hídricos presentan condiciones críticas, asociadas a presión por uso, contaminación, vulnerabilidad al desabastecimiento –digamos, escasez–, o frente a variables climáticas.

Y, como si no fuera un poco turbio el panorama, la afectación por calidad, es decir que llega con cargas contaminantes de material biodegradable, no biodegradable, nutrientes, metales pesados, se concentra en 150 municipios entre los que están clasificadas ciudades capitales como Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Cartagena, Cúcuta, Villavicencio, Manizales y Bucaramanga.

Lo anterior sin contar el criminal derrame de crudo que ocasionan las guerrillas, u otro no menos dañino, como los ríos de mercurio –205 toneladas al año– que son vertidos al suelo y al agua, especialmente por la minería ilegal.
Más allá de todos estos aspectos están la demanda y la oferta, el uso y el abuso en los distintos sectores, sean domésticos, industriales, agrícolas y ganaderos, que tampoco suelen ser razonados y medidos.

¿Qué hacer, entonces? Este trabajo constituye no solo una brújula, sino un llamado de conciencia a todos los colombianos, desde el pequeño agricultor, pasando por el que lo hace a nivel industrial, el ganadero, el ama de casa, el que lava el carro en la ciudad, el que se baña largo, el que derrama desechos industriales, hasta las propias entidades encargadas de cuidar el líquido.

Un toque de alerta se ha revivido. Pero, no obstante las constantes campañas oficiales, o las duras lecciones que suele darnos la naturaleza, todo indica que no tenemos la suficiente conciencia de proteger, defender, ahorrar y saber aprovechar el agua. Se necesitan educación ambiental y pedagogía, pero al mismo tiempo leyes para los que contaminan y los que abusan. Así mismo, control y sanciones muy severas a los deforestadores, que son otro enemigo letal del recurso. Cifras del Ideam demuestran que en el 2013 en Colombia se perdieron 120.933 hectáreas de bosques. En fin, lo claro es que no podemos seguir jugando con el agua porque, paradójicamente, equivale a jugar con candela.

editorial@eltiempo.com

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