'Solo en la vejez comencé a pensar en el futuro'

'Solo en la vejez comencé a pensar en el futuro'

Por el mes del Adulto Mayor reconstruimos la vida de quienes buscan salir de la drogadicción.

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11 de agosto 2015 , 07:52 p.m.

Juan Guillermo González nunca pensó que llegaría a la vejez. Si alguna vez se le cruzó esta idea por la cabeza sería cuando notó que sus abuelos y tíos iban encogiéndose y les salían arrugas en la cara y sus cabellos comenzaban a encanecer. Después los vio morir.

Este hombre de 64 años de edad vivió por mucho tiempo como en un sueño, una quimera o pesadilla, de la que salió hace cuatro años cuando fue a los programas de rehabilitación de Centro Día, programa de la Alcaldía.

“Supe que tenía un problema desde la universidad, cuando comencé a tomar trago de forma desmedida. Luego me casé y conseguí un puesto en una litografía, pero por la adicción perdí de a poco a mi esposa, mis tres hijos, el trabajo, todo, hasta los dientes”, cuenta González.

Por eso, por la desolación y la pobreza que le ha dejado el licor, hace un año y medio aceptó irse a vivir a una granja de la Unidad de Adulto Mayor de la Alcaldía, donde recibe atención médica, psicológica, terapéutica y social las 24 horas del día.

Allí convive con otros 60 adultos mayores que sufren o sufrieron el flagelo de las drogas y el alcohol, situación que los llevó a dormir, comer y rebuscarse el diario vivir en las calles de la ciudad.

Este proyecto, señala Marcela Lopera, comunicadora de la Unidad del Adulto Mayor, que funciona desde mayo del 2014, tiene como objetivo acoger o reintegrar a la vida social a personas mayores que viven en las calles y tienen algún tipo de adicción. En esto han invertido 3.000 millones de pesos.

Para Efraín Uribe Mejía, de 60 años de edad, este lugar es su nueva casa. Allí ha ido retomando su vida, pues el bazuco, el alcohol, otras drogas y el caos de la ciudad, se adueñaron de sus impulsos, pensamientos y acciones.

“Le debo muchas cosas a esta finca, fue como si volviera a nacer. Ya llevo un año y medio sin probar licor o drogas.

Ahora estoy tratando de orientar mi vida, la vida que perdí de a poco. Por eso tengo un nuevo negocio de numismática, consigo billetes antiguos de todas partes del mundo y los vendo un poco más caros”, cuenta Efraín.

Para él, el aire libre, el ejercicio mañanero, la escritura de poemas y versos, además de la lectura de novelas y el quehacer diario de la huerta, ponen sus sentimientos y acciones en función de construir un nuevo futuro.

Todo esto, a pesar de la edad y de la nostalgia de estar lejos de su familia.

“Me levanto a las 4:30 de la mañana, me baño, reclamo tinto, voy y riego los tomates, las lechugas, las papas, el cilantro y las zanahorias. Espero para el desayuno y luego vienen los encuentros de reflexión espiritual, que yo casi siempre lidero”, narra Efraín.

Él, al igual que Juan Guillermo, nunca pensó que llegaría a la vejez, mucho menos que estaría solo en este momento de su vida, sin la compañía de una esposa, de hijos o nietos.

Dice que el licor y las drogas se adueñaron de sus pensamientos, percepciones, de su conciencia. Por eso, durante mucho tiempo no tuvo un conocimiento reflexivo y certero de su vida, de su entorno, de las personas o experiencias diarias. “Fui un ente, un solitario sin rumbo”, dice.

Ahora, en aquella granja, ubicada en el municipio de Copacabana, trata de reconstruir su vida, de dar valor a su existencia.

Entre la paz que le brinda la naturaleza y el entusiasmo de tener nuevas amistades, ha pensando en el pasado, en los errores y fallas cometidas. Pero, sobre todo, a pesar de la edad, enfoca sus energías a planear un futuro. Se pregunta que hará cuando tenga que salir de allí.

“Yo ahora lo que quiero es buscar trabajo y vivir tranquilo, lejos del caos de la calle, del licor y otros vicios. Ese es un gran esfuerzo para una persona que vivió 16 años en el vicio”, agrega Efraín.

En el futuro también piensa su amigo Carlos Arturo Grajales, que tiene 55 años de edad, pero tiene los achaques y problemas de salud de un hombre mayor, pues sufre de mala circulación en la sangre, lo que le ha causado heridas y contusiones en el pie derecho.

“Yo con un puestecito para lustrar zapatos en el Centro quedaría muy bien, para eso hice un curso. Con la platica que gane le ayudaría a mi mamá, que está en la pobreza y me necesita”, dice Carlos Arturo, que además contó que tiene un hermano de 45 años con retraso mental.

Tanto Juan Guillermo, Efraín, como Carlos Arturo, dicen que hubieran podido llegar a la vejez teniendo una mejor vida, rodeados de familia, con trabajos estables y felices. Pero ahora tienen que afrontar esas decisiones y errores que cambiaron sus vidas.

“Ahora estoy lúcido para afrontar la vida como venga. No le miento, me da miedo volver a la calle, esta vida de soledad es difícil, por eso busco estar más cerca a mi familia, que ha vuelto a confiar en mi”, agrega Juan Guillermo.

PAOLA MORALES ESCOBAR
inemor@eltiempo.com - @paoletras
Medellín

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