Bogotá 1949

Bogotá 1949

No creo que todo pasado fue mejor, sino distinto; eso es todo.

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11 de agosto 2015 , 05:42 p.m.

Todo está destinado a cambiar. Pero no creo que todo pasado fue mejor, sino distinto; eso es todo.

Fonseca tenía 9 años. Todavía llevaba pantalones cortos, medias blancas hasta la rodilla y no había abandonado su acento español. Era imposible que fuera distinto, pues había llegado a Bogotá apenas hacía un mes. Era un niño de Barcelona en una ciudad que difícilmente pasaba del medio millón de habitantes. Estudiaba en un colegio en el norte de la ciudad, frente al Liceo Francés, cuyas instalaciones fueron desplazadas por altos edificios. Ahora, ese barrio es distinto. Ya no existen los lotes vacíos en donde Ortiz, compañero de curso, le enseñó a fumar cigarrillos mentolados.

Los sábados solo había clases hasta mediodía, momento en el que el mejor alumno izaba la bandera y el rector lanzaba un discurso, mezcla de moral, patria y urbanidad. Finalizado el acto, los alumnos corrían a los buses que los llevarían a sus casas. Ese sábado, Fonseca no corrió. Tenía que quedarse, castigado por algo que no recuerda. Fue un almuerzo triste, acompañado por otros tres niños que se burlaban de sus pantalones cortos. Cumplió el castigo de llenar unas planas en las que repetía el “no volveré a hacer no sé qué cosa”.

Terminado el incomprensible martirio, Fonseca salió para subir a un bus amarillo, de la línea Olaya-Nogal-Retiro. Los sábados por la tarde no había buses del colegio, pero le habían dicho que no había peligro. Debía bajarse en la calle 30, frente a la estatua ecuestre del general San Martín. Allí bajaría cinco cuadras, internándose en el barrio Teusaquillo, para llegar a su casa.

Fonseca iba tranquilo en el bus, que empezaba a atestarse de gente. En la avenida de Chile vio pasar el tranvía que bajaba la cuesta. Iba atento para no pasarse del punto donde se tenía que bajar. Pasaban los árboles a lado y lado de la calle, y las casas de varios estilos se sucedían una tras otra. En un momento dado, el bus tomó una calle más estrecha, de casas más viejas, que Fonseca no reconocía. Pero no dijo nada, pues seguía la consigna de esperar a ver la estatua de San Martín. Nunca la vio. No sabía que ese bus tenía recorridos alternos. El bus seguía su camino inexorable.

Fonseca pensó que se perdería si se bajaba en cualquier parte. Así, ya con las sombras de la tarde, habían llegado a una zona casi descampada con muchas casas en construcción. No olvida el tono siena y amarillo de la tierra.

Se bajó el último de los pasajeros y Fonseca empezó a llorar. “¿Qué le pasa, chino?”, le preguntó el chofer. “Me perdí”. El conductor no tuvo que pensar mucho. Se asomó por la ventanilla. “Oiga, Chucho, coja un taxi y lleve a este niño a la casa”. Chucho, el señor que estaba en la puerta de la oficina de los buses, buscó rápidamente un taxi que se dirigió hacia Teusaquillo. Al pasar por el centro, Fonseca sintió que no aguantaba más, y dijo que pasaran por la casa de los Busquets, amigos de sus papás. En el apartamento solo estaba la muchacha. Pidió permiso y entró corriendo al baño. Se despidió y bajó hasta el taxi en el que Chucho pacientemente esperaba.

Llegaron a la puerta de su casa, en donde la mamá de Fonseca estaba ahogada en llanto y desconcertada al ver a su hijo acompañado de ese señor regordete, de vestido cruzado, corbata y sombrero. Después de breves explicaciones y de múltiples frases de agradecimiento, la mamá de Fonseca le preguntó a Chucho cuánto le debía por la molestia, el tiempo gastado y el valor del taxi. “¿Cómo así, mi señora? Pues no me tiene que dar nada. ¿No ve que el niño estaba perdido?”. Se despidió de mano, subió al taxi y nunca lo volvieron a ver.

Era otra Bogotá, otros eran los personajes y Fonseca ya no es el mismo.


Carlos Castillo Cardona

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