Absurdo bogotano

Absurdo bogotano

Mientras haya quién pague los excesos, el absurdo bogotano seguirá.

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10 de agosto 2015 , 06:43 p.m.

Me acordé recientemente, y me he acordado muchas veces en los últimos tiempos, de un episodio que tiene lugar en Los parientes de Ester, sin duda una de las novelas más entretenidas y mejor escritas que ha dado a luz este país, y que constituye un retrato de una típica familia bogotana de clase media. En esta, que se publicó por primera vez hace treinta y siete años, Luis Fayad cuenta varias historias que se entretejen de manera formidable. En una de ellas, un hermano de Ester y su cuñado se embarcan en la aventura de montar un restaurante en el centro de Bogotá. Cuando se encuentran sentando las bases del negocio, uno de ellos le dice al otro que los precios de la carta no podían ser muy bajos “porque a la gente le gustaba que le cobraran caro para convencerse de que le vendían un artículo de buena calidad”.

Cómo no acordarme de este diálogo entre Ángel Callejas y Gregorio Camero, si describe –¡tristemente!– a las mil maravillas lo que sucede en los restaurantes, en los almacenes de ropa, en la finca raíz y en general en el comercio bogotano.

Y eso que Fayad lo escribió antes de que el narcotráfico hubiera acabado de dejar sus huellas nefastas e imborrables, además de la sangre, la muerte y el terror, también en los precios de las cosas. Esa chequera inagotable con la que pagaban dos y tres veces el precio de un inmueble para quedarse con él, y esa actitud con la que entraban a los almacenes y a los restaurantes para pedir lo más caro, para pedir en exceso y para pedir por pedir, terminaron por generar una cultura del sobreprecio que hace rato llegó a niveles inverosímiles.

Pero, tristemente, hay que reconocer que antes del narcotráfico el terreno ya estaba abonado, como queda retratado en la novela de Fayad. Porque, seamos francos, a los bogotanos les gusta pagar de más, no solo para convencerse de que les venden un artículo de buena calidad, sino también para sentir que pertenecen a un renglón exclusivo de la sociedad.

Y pagan de más –aunque les toque endeudarse y hacer maromas imposibles a fin de mes– para entrar a lugares en los que unos y otros juegan a ser vistos. Para poder decir que saludaron a aquel. Para exhibir una marca. Para acceder a ese paraíso social en el que se ganan puntos al dar a entender que les sobra la plata.

Y mientras haya quién pague los excesos, el absurdo bogotano seguirá.

Fernando Quiroz
@quirozfquiroz

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