Payasos

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Ley Diomedes Díaz: reflejo de la clase política: alcohólica, mujeriega, arribista y hasta asesina.

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09 de agosto 2015 , 09:04 p.m.

Detrás de todo gran músico hay un gran político. Y también al revés: detrás de todo gran político hay un gran músico. Elvis Presley y Adlai Stevenson, Frank Sinatra y John F. Kennedy; Cher y Jimmy Carter; Celine Dion y Hillary Clinton; Beyoncé y Barack Obama. Hasta Bethoven apoyó a Napoleón y le dedicó la ‘Sinfonía heroica’, aunque después tachó su nombre de la misma por considerarlo un tirano.

A lo largo de la historia, músicos y políticos han estado siempre entrelazados. Ambos se atraen. Ambos se necesitan. Y así como los perros se terminan pareciendo a sus amos, los músicos también se terminan pareciendo a los políticos que apoyan. Y viceversa: los políticos se parecen a los músicos que adoran.

Por eso no me extraña que el Congreso de la República esté tramitando una ley para honrar la obra del cantante vallenato Diomedes Díaz. No entiendo por qué hay tanta gente ofendida. Si Diomedes es a la política colombiana lo que el café a nuestras exportaciones. Lo mínimo es que el Congreso colombiano le haga una ley de honores.

Para empezar, casi todas las parrandas de nuestra clase política son con vallenatos. Con vallenatos, mucho whisky y muchas viejas semiempelotas. Ojalá con Amparo Grisales, Catalina Acosta o cualquier otra reinita con delirios de estrellita que entone a grito herido las melodías del Cacique y el resto de juglares de la junta.

Eso, claro está, a plena luz del día. Buena parte de las parrandas de nuestra clase política son en horas de trabajo; jamás en la noche, como cualquier asalariado. Congresista colombiano que se respete está enrumbado a las 3 de la tarde. Y algunos, como Diomedes Díaz, metiendo también grandes cantidades de cocaína.

La ley Diomedes Díaz es digna de nuestro Congreso de la República. Es el fiel reflejo de una parte de nuestra clase política: alcohólica, mujeriega, arribista y periquera. En algunos casos, también asesina. La muerte de la novia de Diomedes –en medio de una mezcla de sexo, alcohol y drogas de la mano del cantante– está en sintonía con los crímenes cometidos por nuestros congresistas.

Repasemos el prontuario: desde que Pablo Escobar era representante a la Cámara por Antioquia, hasta que Salvatore Mancuso y los paras se tomaron el control del Congreso, pasando por los ladrones de recursos públicos como Armando Pomarico y otros expertos en peculado. Basta mirar la lista reciente de congresistas condenados. La mayoría son de Cambio Radical: Reginaldo Montes, Oscar Wilches, Karelly Patricia Lara, Rubén Darío Quintero, Miguel Pinedo Vidal, Humberto Builes Correa y Javier Cáceres Leal.

Conservadores en la cárcel están Alonso Campo, José de los Santos y Gonzalo García Angarita. Por el Partido Liberal está Juan Manuel López Cabrales. Y por el resto de partidos políticos sobresalen nombres como el de Álvaro García Romero, Miguel de la Espriella, Luis Eduardo Vives, Dieb Maloof, Vicente Blel, Zulema Jattin, Eleonora Pineda, Rafael García, Rocío Arias y Álvaro Araújo.

Solo nos falta un congresista que, como Diomedes, tenga un diente de oro. Quizás el representante que radicó el proyecto –el conservador Alfredo Ape Cuello Baute– decida cambiarse los dientes. Si lo hace, le puede comprar el oro a John Uber Hernández, el dueño de Goldex, hoy encarcelado por los presuntos delitos de concierto para delinquir y lavado de activos para el narcotráfico.

Mientras otros legislativos en la región tramitan iniciativas anticorrupción, como Brasil y México, o reformas de la educación universitaria, como el caso chileno, o leyes contra el secreto bancario y el lavado de activos, como el Salvador y Guatemala, nuestro Congreso le gasta tiempo a tramitar una ley para honrar la vida de Diomedes.

Ni hablar de lo que está pasando en el resto del planeta: el parlamento griego debate las reformas económicas más importantes de su historia, el alemán trata de salvaguardar la moneda común europea, el estadounidense revisa el acuerdo nuclear con Irán, el británico aprueba un trascendental proyecto de inmigración, y el congreso francés acaba de pasar una ley que protege a las librerías francófonas de la competencia de Amazon.

Bobadas que pasan en el resto del mundo. En Colombia tenemos claro que hay que gastarnos las energías en la trascendental ley Diomedes Díaz. Les sugiero a nuestros congresistas otro par de iniciativas: la ley Fabio Puyo, para honrar la superación personal mediante el desfalco al fisco; y la ley Rodrigo Jaramillo, para honrar la creatividad financiera de los genios del Fondo Premium.

PAOLA OCHOA
En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

Ilustración: Juan Felipe Sanmiguel

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