Editorial: Que no se vaya el verano

Editorial: Que no se vaya el verano

El Festival de Verano fue declarado un bien de interés cultural por el Concejo de Bogotá desde 2002.

09 de agosto 2015 , 09:03 p.m.

Puede sonar paradójico que en un país sin estaciones del clima una ciudad celebre la llegada del verano. Por fortuna, y más allá de las dudas meteorológicas, así sucede en Bogotá, pues cuando silban los vientos de agosto la metrópoli luce sus mejores galas y se viste de alegría, de cultura, de prácticas deportivas.

Tal es la esencia del Festival de Verano, que este año celebró su edición número 19, con más de 40 actividades en 20 diferentes parques y escenarios. El encuentro, que concluyó ayer, representó –como es el ideal– una pausa necesaria en la agobiante cotidianidad, un soplo de aire fresco para que los bogotanos se reconcilien con su ciudad y puedan verla con ojos de admiración.

La diversidad de la que se enorgullece la capital se manifestó también en la celebración, pues esta cobijó por igual a los enamorados de las mascotas y a los practicantes de las artes marciales, sin excluir a las madres lactantes o a los fanáticos de los videojuegos. Y, además, en horarios que cubrieron todo el espectro de los nueve días de festejos, desde las madrugadas deportivas hasta los conciertos nocturnos.

Pero quizás lo más encomiable de este abanico de actividades es su carácter gratuito, que permitió a los habitantes de localidades como Ciudad Bolívar, Kennedy o Usaquén apropiarse de sus espacios urbanos y sentirse partícipes de una diversión común. Artistas de talla internacional, como los integrantes de ChocQuibTown, o talentos locales como los niños vallenatos de la escuela del célebre ‘Turco’ Gil, actuaron para públicos agradecidos, sin que importara su condición social.

No en vano, el Festival de Verano fue declarado un bien de interés cultural por el Concejo de Bogotá, en el 2002, y los habitantes de la ciudad lo han acogido desde 1997 como parte de su herencia, un patrimonio que cobra vida todos los años, como un bálsamo imprescindible para la dura realidad.

Siendo así, ojalá que no se vaya el verano. Así sea un microclima espiritual. Es de esperar que ese ambiente de compartir experiencias colectivas y sentir pertenencia por Bogotá se quedé a vivir en el ánimo ciudadano. Bogotá necesita de los buenos vientos de la convivencia y el sano esparcimiento.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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