Una casa donde ya no llueve adentro

Una casa donde ya no llueve adentro

Los Agudo Nemogá son una de las 2'570.000 familias que salieron de la pobreza extrema.

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08 de agosto 2015 , 10:54 p.m.

Rosa Elvira Agudo Nemogá camina una hora todos los sábados para ir al colegio, la Institución Educativa Departamental Técnico Industrial, en Tocancipá, a 20 kilómetros de Bogotá. El camino para llegar es una carretera destapada, llena de piedras. En medio de la marcha pasan varias volquetas que levantan, a su paso, grandes nubes de tierra. Tiene 58 años, cursa primero de primaria y está aprendiendo a leer, a escribir, a sumar y restar.

“Al principio no quería ir, me daba pena y miedo. Pensé que iban a burlarse de mí y mientras caminaba quería regresarme a la casa. Pero ahora me parece bonito poder escribir las vocales y hacer los números”, dice Rosa Elvira. Limpia casas y a veces lava ropa para ganar algo de dinero extra.

Vive con su mamá, Margarita Nemogá, 88 años, una amorosa viejita que todavía se trenza su pelo largo, y su papá, Vicente Agudo, de 89, un anciano de ojos pequeños que luce orgulloso una sudadera negra y amarilla, que lo identifica como miembro de un programa para adultos mayores. Su casa queda en la vereda Alto Manantial, en Pan de Azúcar, a 25 minutos loma arriba desde Tocancipá.

Ellos sí que pueden decir orgullosos que la vida les ha cambiado en estos últimos años. Ya parecen lejanos los días en los que el piso de su hogar era de tierra y hacían milagros para resguardarse de la lluvia y evitar que se inundaran sus camas con cada chubasco.

Los Agudo Nemogá son una de las 2’570.000 familias que salieron de la pobreza extrema en los últimos cinco años. Hace seis entraron a la estrategia Red Unidos, de la Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza (Anspe), que congrega a 32 entidades estatales –desde ICBF y el Ministerio de Salud hasta la Registraduría o el Sena–, que trabajan de la mano unas con otras para que los hogares puedan acceder a oportunidades y servicios que antes no tenían.

¿Qué es ser pobre?

La pobreza guarda una estrecha con la falta de conocimiento sobre los derechos que tienen las personas. Basta pensar que Rosa Elvira, a sus casi 60 años, romperá el círculo de analfabetismo de su familia. Aunque estemos en pleno siglo XXI, aún en Colombia hay muchísimos casos en los que hay personas no tienen ni siquiera un documento de identificación, lo que les impide recibir atención digna, por ejemplo, en seguridad social.

Esto, porque heredando una historia de miseria que parecía no poder romperse, en Colombia todavía hay 5 millones de personas en situación de pobreza extrema. Viven con menos de 90.000 pesos al mes, en casas construidas sobre terrenos peligrosos con muros de latas y madera y en las que duermen hasta cinco personas en un mismo cuarto de un par de metros. Es claro que en estos hogares, los niños y jóvenes no van al colegio sino que proveen lo del diario para la casa, que las mujeres nunca se han hecho un examen de seno ni mucho menos citologías y que si hay para desayunar, no hay para el almuerzo ni para la comida.

Como la pobreza es paisaje en Colombia, la máxima parece ser que quienes nacieron pobres se quedarán pobres. En un mandato que tiene la equidad como derrotero, esto no puede seguir pasando. Para ello están personas como la familia Agudo Nemogá que retan incluso a su avanzada edad y demuestran que sí se puede vivir diferente.

Un mundo nuevo

La cogestora de la familia Agudo Nemogá, esa mujer que viste chaleco azul y pertenece al llamado Ejército Social, es Consuelo Achury, una auxiliar de enfermería que desde hace 20 años hace trabajo social y, desde hace tres, entró a trabajar a la Anspe. Tiene 180 familias a su cargo, de las cuales 132 han sido promovidas, es decir, que han salido de la pobreza extrema. “Es muy satisfactorio saber que uno puede ser parte del mejoramiento en la calidad de vida de las familias. Somos cogestores y psicólogos: muchas veces las familias solo necesitan hablar con alguien, contar sus problemas y ser escuchadas”, cuenta Consuelo.

Al llegar a la casa en Pan de Azúcar, el primero en salir es Vicente. Se emociona al verla y la saluda de beso y abrazo. Detrás suyo, con un palo de escoba que usa como bastón, también salen a saludarla Margarita y Rosa Elvira, y detrás de ellas Orejas, Muñeca y Chilindrina, los perros de la familia. En la entrada de la casa hay un cartón blanco que dice “Presios de la Cervesa”, escrito con esfero negro. Como no saben leer ni escribir, le pidieron a un vecino que se los hiciera, y aunque lo hizo con mala ortografía, así se quedó. Para ayudar con los gastos, Margarita vende cerveza y hace ollas en cerámica.

La vida de esta familia no es la misma que hace seis años. Hoy tienen una cocina con pisos en baldosa, los techos tienen tejas y hay un baño en buen estado. “Ya no tenemos pisos de barro, que se volvían nada. Ahora, cuando llueve, podemos ver la lluvia desde adentro de la casa y estar tranquilos. Antes nos tocaba poner ollas por todos lados para las goteras”, recuerda Rosa Elvira.

Sus papás reciben un subsidio del programa Colombia Mayor con el que hacen mercado o ayudan a pagar los servicios públicos. Todos los miércoles a Vicente lo recogen para asistir a un programa para los más viejitos. Allí hay fisioterapeutas y médicos que están pendientes de su salud, les hacen gimnasia y también les dan almuerzo y onces. Margarita dejó de asistir porque le duelen las rodillas y ya no puede caminar como lo hacía antes.

“Hacemos salidas recreativas, como ese día que nos llevaron a Sopó, es muy bonito. También hemos jugado tejo, pero me da pena porque bote y bote y nada que reviento la mecha”, dice un risueño Vicente.

Hoy tienen una granja llena de maíz, cilantro, ahuyama, uchuvas y coliflor, y hace poco comenzaron a sembrar papa criolla. Les sirve como huerta casera para alimentarse, pero también el excedente para tener una entrada adicional de dinero. De hecho, en la casa hay un cuarto en el que Margarita desgrana maíz para luego venderlo. “Acá me entretengo”, cuenta.

En esta casa ahora hay esperanza. “Si mi Dios me da vida, quiero seguir arreglando la granjita”, añade Vicente.

Es imposible negar que tuvieron un pasado injusto, pero el presente, uno en el cual hoy hay letras y números con los cuales se podrá defender de ahora en adelante, le ha dado a Rosa Elvira la posibilidad de imaginarse una vida y un futuro diferentes. Ahora quiere dedicarse a cocinar, pero “no cualquier cosa, sino algo rico”, dice ella.

–¿Qué le gusta cocinar?

–Me gusta hacer arroz con pollo, carne en bistec, torta de plátano y arracacha.

SERGIO CAMACHO IANNINI*
Tocancipá (Cundinamarca).
*Periodista de Narrativas del Ministerio Consejero para las Comunicaciones, Presidencia de la República.

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