Una carta de vinos brillante / Hablemos de vinos

Una carta de vinos brillante / Hablemos de vinos

Entender eso y explotarlo es la clave para que la cultura del vino en Colombia crezca de verdad.

08 de agosto 2015 , 08:42 p.m.

Izaskun de Ugarriza Santos, la sommelier del restaurante Black Bear, en Bogotá, es de las nuestras. “Mis vinos favoritos –dice– están en Jerez. El jamón y el fino, la manzanilla de Sanlúcar con los langostinos salados. La complejidad del Triángulo de Jerez y sus crianzas biológicas, sus manzanillas pasadas, finos en rama, los palos cortados de treinta años, los amontillados, los olorosos.” Todo eso me ha respondido a la simple pregunta de “¿y qué vinos te gustan?”. Buena respuesta.

Izaskun nació en Asturias, estudió en Barcelona y desde junio del 2014 está a cargo de la carta del Black Bear, uno de esos nuevos restaurantes de la capital que, sí, claro, tienen muy buena comida, pero también de los que hablan de cuán rápido avanza la escena de vinos en Colombia. Echen un vistazo a lo que ofrece la carta de vinos de Black Bear. Eso hasta ayer no existía. O apenas.

Fui hace algunos días. Un jueves en la noche. El lugar estaba repleto. Gracias a Ramón, uno de los miembros del equipo de sommeliers, pudimos conseguir una mesa. Y luego, gracias a Belisario, la mano derecha de Izaskun en la selección de vinos, nos deleitamos con una feliz sorpresa.

“Desde el principio el objetivo fue una carta de unas cien referencias, donde envolviéramos a todo tipo de público, los conocedores y los primeros paladares, una carta sin complicaciones”, dice Izaskun. Teniendo en cuenta las limitaciones y la oferta real de vinos importados en Colombia, la selección es brillante. Desde los mencía jugosos y deliciosos del gran Ricardo Pérez para Descendientes de J. Palacios en el Bierzo, pasando por los experimentos multirregionales de Telmo Rodríguez en toda España, a los seductores albariños de Zárate en Rías Baixas. Pero también vinos más masivos como los cientos de miles de litros de Mouton Cadet desde Burdeos, La Crema, el goloso chardonnay de Sonoma o los vinos de la casa Faiveley, que viene de Borgoña, pero que se encuentran en cualquier supermercado de Europa.

Una carta equilibrada, que llama la atención de transeúntes despistados como yo, pero que también puede ser –por su diversidad y buen gusto en la selección– una muy buena entrada para quienes buscan encontrar en el vino eso de lo que todos hablan. Más que por cepas, las botella están ordenadas por sensaciones: aromáticos, estructurados, afrutados, expresivos, y un espacio especial para los “naturales”, aquellos vinos algo más arriesgados, que se ve que es en donde Izaskun puso su corazón.

Y eso es solo el comienzo. Hay más lugares como estos. Y otros vendrán tras ellos. Lo bien que funcionan es prueba de que el problema no es lo que le gusta a la gente, sino lo que se le ofrece. Entender eso y explotarlo es la clave para que la cultura del vino en Colombia crezca de verdad.

PATRICIO TAPIA
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