Editorial: Jóvenes en las redes

Editorial: Jóvenes en las redes

Decisión de la Corte Suprema de permitir que padres revisen correos de sus hijos, revive un debate.

08 de agosto 2015 , 07:36 p.m.

Las redes sociales son un fenómeno que empieza a derrumbar paradigmas comunitarios, principalmente entre los jóvenes. Ignorarlo es desconocer una realidad que promueve modificaciones aceleradas en todos los aspectos de las sociedades presentes y futuras.

Como todo lo novedoso –y estas aún lo son–, tienen defensores y detractores, pero oponerse a ellas, además de ilógico, resulta imposible. De ahí que su inexorable presencia exige conceptualizaciones serias y adaptaciones sociales que atenúen la percepción de que han tomado mucha ventaja.

En este sentido, la determinación de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia –conocida esta semana– de que los padres pueden revisar las cuentas de correos electrónicos y de redes sociales de sus hijos menores de edad sin su autorización, y que esto no viola su derecho a la intimidad, replantea el debate sobre la influencia y los peligros que para niños y adolescentes tiene el mundo virtual mal manejado.

Debate que, avivado por varios hechos judiciales que involucraron a las redes sociales con desenlaces fatales en los que los protagonistas eran menores de edad, reclama posturas racionales, ilustradas y, por encima de todo, propositivas frente a la forma como la juventud se relaciona a través de estos medios, donde lo que no cabe son la prohibición y la descalificación.

Esto empieza por reconocer que estos sistemas ampliaron, de manera impredecible, la brecha generacional entre padres e hijos. Paradójicamente, estas herramientas que multiplicaron los horizontes de comunicación entre jóvenes a nivel mundial la cerraron en el entorno familiar, donde la mayoría de los padres son prácticamente analfabetas en esta dinámica. Asimetría que juega cada día más en contra de los mayores, porque la evolución virtual no tiene reversa.

Las cifras son contundentes. En Colombia, según datos del Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicaciones, 8 de cada 10 personas son usuarias diarias de internet, y un reciente estudio de la Universidad de La Sabana reveló que, en zonas urbanas, la edad promedio de inicio al acceso a estas tecnologías es de 9 años y que 7 de cada 10 adolescentes se conectan todos los días a las redes; los otros 3, al menos 3 veces por semana; y ninguno dijo desconocerlas.

Y para que el escenario de discusión sea más objetivo, hay que saber que más de la mitad de los menores de edad pertenecen a una red social, sin que sus papás lo sepan. Y uno de cada 3 adolescentes afirma haber contactado a desconocidos a través de internet utilizando equipos de su propia casa. El tema adquiere dimensiones más que curiosas, pues la mayoría de los padres creen tener controlada la ‘virtualidad’ de sus hijos.

Como es natural, al evidenciar este divorcio y escuchar noticias que categorizan el contacto con la web como un peligro para los menores, las alarmas se encienden y se proponen salidas que van desde la prohibición hasta la modernización de los ‘controles parentales’. Propuestas inocuas, porque en ese terreno los jóvenes son más hábiles.

Es, sin duda, un tema de la mayor trascendencia social. Pero conviene dejar atrás tanta prevención al respecto. Se ha demostrado que si bien los adolescentes fortalecen su vida social cuando están ‘conectados’, prefieren las relaciones presenciales sobre las virtuales, y aunque 8 de cada 10 se sienten más libres, no se comportan de manera diferente a como son en realidad.

Un estudio de la Universidad de Harvard comprueba esto y concluyó que el comportamiento de las personas no cambia en lo fundamental con la red y que todo lo que la gente proyecta a través de ella tiene el sesgo característico de su condición normal.

El axioma es claro: tales redes se limitan a reproducir las relaciones del mundo real bajo las reglas de un entorno virtual. Y esas reglas, hay que reconocerlo, aún están en construcción.

Por supuesto que existen los peligros y hay que atacarlos, pero sobre bases sólidas. Aunque todos los adolescentes son víctimas potenciales, los afectados son afortunadamente la excepción y casi siempre tienen alguna condición que los torna vulnerables, incluso fuera de la red. Esto reclama acciones integrales de prevención para estas edades a todo nivel.

De igual forma, urge reforzar y adecuar el aparato judicial de herramientas capaces de contrarrestar los delitos por vía virtual de igual a igual. Y esto no se puede combatir con los recursos tradicionales y menos como algo exótico. Estos son los crímenes del mundo de hoy.

Es hora de que padres y adultos empiecen a recuperar el espacio y el tiempo perdidos y aprendan a caminar con los jóvenes en un mundo en el que el acompañamiento permanente, el diálogo franco, la tolerancia, la confianza y el afecto sincero son los factores más importantes para enfrentar con seguridad esa senda virtual que apenas empieza. Obviar alguno de ellos es acrecentar los peligros y ahondar la brecha que hoy preocupa.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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