Otra mirada a la batalla de Boyacá

Otra mirada a la batalla de Boyacá

Experto dice que fue la acción militar más atípica de la historia y la llama 'masacre de realistas'.

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06 de agosto 2015 , 10:18 p.m.

Mientras el ejército de Bolívar se reponía de sus fatigas y heridas en Tunja, donde fue recibido con alborozo, y hasta las naguas de las damas vinieron a cubrir los helados cuerpos de los patriotas, Barreiro y Jiménez deambulaban por Paipa y Duitama. Como habían recibido noticias de que el gobernador del Socorro, Lucas González, venía con dos mil hombres a reforzar el ejército realista, esperaban su llegada. Pero recibieron el aviso de que González había sido atajado en Charalá y, por eso, desmoralizados, decidieron irse para Santa Fe.

Pensemos por un momento: si ese batallón, al que sí le cabía el nombre de Socorro, con sus 600 caballos y casi dos mil combatientes, hubiera llegado oportunamente a unirse a los casi tres mil guerreros realistas, ¿qué hubiera pasado? Habrían sitiado a Tunja y ahí se hubiera terminado la campaña libertadora.

La Batalla de Boyacá no fue una batalla sino una masacre de realistas. Fue la acción militar más atípica de que se tenga noticia en la historia, comparable a la de los 300 espartanos de Leonidas en las Termópilas, pero en sentido contrario.

No se puede dar tal nombre a una masacre en que se enfrentan seis mil combatientes, tres mil por bando, y de la parte más entrenada, mejor pertrechada y más ‘saludable’ caen 300 muertos, otros tantos heridos y mil prisioneros y de la otra solo caen 13 muertos, contando al cura Miguel Díaz, que se acercó a prestarle auxilio al capitán Johnston, de la legión británica, y también recibió su cañonazo.

Cuando se enfrentan cuerpo a cuerpo seis mil hombres, las bajas son aproximadamente iguales, como había sucedido 15 días antes en el Pantano de Vargas entre los mismos ejércitos y cuando cada bando tuvo 300 muertos y 500 heridos. ¿Qué pasó entonces? Es lo que nos proponemos aclarar.

Tenemos para ello a mano cuatro documentos que dan plena claridad sobre el asunto: el boletín de guerra del Ejército Libertador, suscrito en Ventaquemada por el general Soublette el 8 de agosto de 1819; el Diario de la división del ejército del rey, suscrito por el coronel Sebastián Díaz, quien fue parte principal en la contienda; la declaración del coronel Juan Loño, comandante del batallón de Numancia, y la de Miguel Díaz, coronel del batallón de Dragones (quienes dirigieron la retirada), en el juicio que les siguió Sámano.

El boletín del Ejército Libertador no aclara nada: da gran parte de la victoria al venezolano Anzoátegui y algo al general Santander. No menciona para nada a Bolívar, salvo que al final este felicitó a aquellos “por lo bien que habían dirigido la acción”. Esto confirmaría lo dicho por algunos participantes, como Pedro Villate, de que Bolívar no había alcanzado a dirigir toda la batalla. Pero esto no tiene importancia ante el hecho evidente de que la victoria no se debió a los buenos movimientos tácticos o estratégicos ordenados por el comando libertador, sino a la estampida del ejército realista.

Leamos las declaraciones de los tres coroneles realistas que sufrieron la vergüenza de la derrota por su huida.
La clave del insólito desenlace de esta batalla la dio el coronel español Juan Loño, comandante del batallón de Numancia, es decir, un testigo de primera fila, cuando fue llamado por el virrey a declarar sobre esa derrota. Loño, después de afirmar que la artillería falló porque el cañón de cuatro se desmontó y no alcanzó a hacer sino tres tiros, declaró “que solo vio a su retaguardia un escuadrón en una pequeña llanura y otro comandado por el capitán de Dragones de Granada, N. Rodríguez, colocado a la derecha de las columnas, resistió la carga de uno de los enemigos hasta llegar a tocarse con las lanzas”.

Y aquí viene el instante sorprendente y sublime que cambió la suerte de la lucha por la independencia de América. Sigue el coronel realista diciendo: “En cuyo acto permanecieron cortos instantes sin ofenderse uno a otro, hasta que varios individuos del costado izquierdo volvieron caras, ejecutándolo enseguida el todo y arrollándolo de consiguiente el enemigo e introduciéndose por dicho punto las fuerzas enemigas, desordenando la segunda columna y sucesivamente las demás, poniéndose en completo desorden y fuga”.

Que a pesar de que la formación en columna en que se hallaba la división era la más a propósito para contener el soldado por sus jefes y oficiales, fue inevitable el desorden de que causó un terror conocido, viendo al enemigo decidido a cargar.

Esto coincide con lo que escribe el coronel Sebastián Díaz, comandante del Batallón de Granaderos, en el Diario de la división del rey dirigido al virrey Sámano en Mompox, el 27 de agosto de 1819, y en el que describe así la parte más apoteósica de esa acción de guerra:

“La acción dio principio a las dos y media de la tarde. Los enemigos se dirigieron con tres columnas sobre nuestra posición y con fuertes guerrillas por todas direcciones. Nuestras fuerzas permanecían con la mayor firmeza en la posición y el fuego era vivo y sostenido por nuestras compañías en guerrillas.

Los enemigos adelantaron una columna cerrada sobre el batallón de Numancia y dos escuadrones de caballería que, a cubierto del monte, habían bajado y reunido a retaguardia de la infantería. El comandante general mandó al segundo batallón de Numancia que luego que los enemigos se aproximasen, les cargase a la bayoneta hasta ponerlos en fuga.

La columna enemiga se hallaba a distancia poco más de medio tiro de fusil del 2.º de Numancia, cuando los dos escuadrones enemigos se presentaron y dirigieron al trote sobre los cañones (el de a 4 se hallaba desmontado). A la vista de esta carga, nuestras columnas de infantería se desordenaron; a cuyo movimiento los enemigos cargaron, siguiéndose una dispersión de nuestra tropa y fuga que la fuerza y esmero de muchos buenos oficiales no pudieron contener. Un escuadrón de caballería enemiga se dirigió sobre nuestra izquierda y otro cargó sobre los cañones... Pero apenas llegaron al crítico momento del choque volvió caras y tomó fuga nuestra caballería. Los enemigos rompieron nuestra infantería desordenada y hacían víctimas, particularmente a todos los oficiales que alcanzaban.”

El coronel Esteban Díaz, comandante del Batallón de Dragones, declaró: “El primero de ellos, ya que estuvo a las manos con las compañías nuestras, volvieron caras estas y se retiraron a escape con el mayor desorden (…) y no hubo otro recurso que dividirse en pelotones y tomar las direcciones que se pudo.”

Como se ve en esas tres declaraciones, cuando los dos ejércitos quedaron frente a frente se produjo un sublime y dramático minuto de silencio, se miraron a los ojos, los nuestros, con la determinación de obtener su libertad. Los otros, a imponer la autoridad de un lejano país, muchos de ellos reclutados a la fuerza o simples mercenarios. Ahí está la clave: la decisión, la motivación. Las motivaciones eran muy desiguales; por eso, dice uno de los coroneles que esa determinación causó un terror conocido viendo al enemigo decidido a cargar. Y el otro, que ante el ímpetu de la embestida los suyos “volvieron caras”; el tercero, que les tocó correr en direcciones distintas por donde mejor se pudo.

Los combatientes se habían hallado frente a frente, mudos y expectantes. Los que venían a luchar por su libertad se jugaban la vida; los que luchaban por el lejano imperio no tenían motivo para hacerse matar y por eso volvieron espaldas en precipitada fuga, y el ejército realista se desgranó. Ahí la batalla se convirtió en una graciosa cacería de conejos que huían despavoridos, incluso el comandante general Barreiro.

Cuentan que el pintoresco general Maza partió veloz en su caballo y en el alto de Ventaquemada los esperó, y a los que llegaban, ya inclusive sin uniforme y vestidos de paisanos, les preguntaba: ‘¿Usted qué es?’. ‘Yo soy granadino’. ‘¿Ah, sí?, ¿y yo quién soy?’. A los que contestaban ‘el general Maza’, con la zeta pronunciada a lo chapetón, los capturaba.

Los realistas tuvieron más de 300 muertos, centenares de heridos y 1.000 prisioneros, entre ellos Barreiro, capturado aguas abajo por el mozalbete Pedro Pascasio Martínez, no en combate sino escondido. Vergonzoso desenlace para un brillante militar veterano de las contiendas europeas.

Lo asombroso del cuento es que este tipo de retirada de los cuerpos de caballería del rey ocurrió exactamente de la misma forma dos años después entre los mismos protagonistas y probablemente con los mismos caballos en la batalla de Carabobo, que determinó la independencia de Venezuela. En esta, cuando el comandante Latorre ordenó al cuerpo especial de su caballería de húsares de Fernando VII que cargara contra la caballería colombiana, aquellos descargaron sus carabinas contra nuestros jinetes y volvieron grupas en insólita retirada. Y ante la embestida de la infantería y de la caballería de Bolívar, Latorre ordenó a los lanceros del rey ofrecer resistencia; estos también salieron huyendo y fueron a parar a la ciudad de Valencia. Los caballeros realistas ya sabían lo que era una embestida de los Lanceros de Llano Arriba y del Batallón Socorro. Y allí le fue peor a España porque si en Boyacá tuvo 300 muertos, allá en Carabobo tuvo más de dos mil.

Vale la pena analizar las actitudes de los otros tres principales actores de este magno acontecimiento: altanera e imbécil la del coronel Miguel Tolrá, y no heroica como dicen algunos, pues ante una causa que vio perdida se mantuvo en su lucha de conquistador sin razón y ocasionó su muerte y la de centenares de sus subalternos. Razonable y humana la posición que oportunamente adoptó el coronel Jiménez cuando se rindió para evitar la masacre de sus compañeros. Noble y digna la actitud de Bolívar que ordenó respetar a los prisioneros y cuando vio que no eran un peligro para su campaña les concedió la libertad, e inclusive algunos pasaron a sus filas. Pero al oscuro individuo que lo había traicionado en Puerto Cabello lo hizo fusilar.

Aquí se hace realidad la estrofa de Núñez en el Himno Nacional cuando dice:
Soldados sin coraza ganaron la victoria. / Su varonil aliento de escudo les sirvió.

Pero habría que cambiar lo de ‘varonil aliento’ por ‘empuje y decisión’, porque si la fe mueve montañas, la fe con motivación produce hazañas. Compatriotas: ya sabemos la clave.

FABIO RAMÍREZ ALONSO
Abogado y escritor
Especial para EL TIEMPO

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