Tabasuca

Se busca un candidato a la alcaldía que no esté mal rodeado, pero habría que irse a otro planeta.

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06 de agosto 2015 , 08:07 p. m.

Bogotá se ha estado portando como un drama. Supongamos que en un par de meses el altivo Enrique Peñalosa, que ya no es un hombre sino una costumbre –el candidato independiente, pero dependiente, pero mesiánico, pero tecnócrata, pero de tarima en tarima como cualquier manzanillo, pero enemigo del metro, pero ya no–, es elegido alcalde de este refugio atrincherado tras los cerros. Supongamos que, amparada por su inteligencia, por el sorprendente pero exaltado “yo me enteré por la prensa de lo que hizo Samuel Moreno, mi jefe”, y por el miedo de tantos a perder lo conseguido por la izquierda, la enérgica Clara López resulta ser la más votada. Supongamos que el sensato Rafael Pardo, el único de los tres punteros en las encuestas que no empezó su campaña en las presidenciales del 2014, no solo sobrevive en el centro a la polarización, sino que, en un giro más propio de una ficción que de esta ciudad, llega a la alcaldía a pesar de sus alianzas, de sus bandazos de político criollo.

Ni lo tercero ni lo segundo ni lo primero tendría por qué ser el fin de nada, el acabose: nadie podría quedarse con Bogotá si Bogotá fuera de los bogotanos; elegir alcaldes no se habría vuelto tan grave si no acostumbraran a empezar de ceros: “por qué no hacemos doce chozas por los lados de Funza...”.

Bogotá persigue un final feliz: “y Mockus creó una ciudadanía...”. Teme ser una tragedia: “y Moreno saqueó un pueblo...”. Pierde su tiempo, delira: “y Petro fundó una civilización...”. Pero no es un relato a punto de una resolución, sino una realidad que aún no ha hallado una forma (“un inmenso camposanto”, escribió Julio Flórez), y sigue y sigue a pesar de sí misma, y de todo.

Se busca un alcalde que no se enrede en sus caprichos, que cumpla los planes que no se han cumplido –en un 80 por ciento según la Veeduría– en estos quince años, que no responda a las críticas con gritos, que no se crea Barco ni se crea Gaitán a estas alturas, que no se sienta el único posible ni mucho menos el fundador de Bogotá, que no desprecie a la izquierda, no les tema a los uldaricos, y sepa... pero quizás sea pedirle demasiado. En fin. Yo me pondría a revelar los desvaríos de los farragosos programas de los aspirantes, denunciaría, por ejemplo, la enseñanza del muisca en las escuelas distritales (del “bilingüismo autóctono”, sí) que propone Clara López en la página 74 de su plan de gobierno, pero sería pelear con propaganda. Diría “se busca un candidato a la alcaldía que no esté mal rodeado, que sea coherente”, pero habría que irse a otro planeta. Se busca, pues, un líder que al menos convoque a la ciudadanía.

Se busca, mejor dicho, una ciudadanía. Quizás sea esta que lanza “propuestas para la nueva administración distrital”; se pregunta en la prensa “cómo vamos”; se reúne a pensar en qué será de esta ciudad en el 2025; se resiste a acostumbrarse a la mediocridad centenaria de sus líderes; descubre en los textos de Enrique Santos Molano que la gente de acá ha estado sufriendo de corruptocracia, de pobreza e inseguridad desde 1821, pero se niega a que el de la línea de emergencia 123 sea un escándalo típicamente bogotano; busca de alcalde en alcalde la respuesta al interrogante de si este escondite está jodido, y sabe que el Concejo –una corporación de hipólitos que en estos años no ha vigilado, sino que ha entorpecido, defraudado en nuestro nombre– es lo que nos sucede cuando estamos demasiado ocupados eligiendo alcalde.

Se busca una Bogotá que sepa que todos los alcaldes son inútiles si no hay ciudadanos, una Bogotá que no se deje contagiar más de la ruindad que ha apolillado a sus políticos. Si todo sigue como va, nuestros niños pronto sabrán que la palabra muisca para esa mezquindad es “tabasuca”.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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