La labor de mitigar violencia en medio de las fronteras invisibles

La labor de mitigar violencia en medio de las fronteras invisibles

Voluntarios de la Cruz Roja ayudan en Potrero Grande a quienes viven entre la zozobra por pandillas.

04 de agosto 2015 , 09:35 a.m.

“Cogieron a todos los de las invasiones, los tiraron aquí y mátense si pueden. No se imagina la sangre que se derramó; ni salir de las casas podíamos...”. Así recuerda el líder comunal Jhon Olaves, en una esquina de Potrero Grande, lo que sucedía en la comuna 21 del oriente de Cali.

Su descripción, por cruda que parezca, se queda corta. Lo que vivieron los habitantes durante los tres años siguientes a la inauguración de ese barrio, en el 2006, fue tétrico. “Oíamos los disparos y –agrega Francisco Asprilla, otro líder– había uno o dos muertos al día”.

Los homicidios tenían que ver con las fronteras invisibles, que se multiplicaban. Las pandillas se apropiaban de los territorios, ‘reclutaban’ menores de edad que no tenían en qué distraerse, a veces ni siquiera qué comer, y que estaban dispuestos a lo que fuera. Dicen en Potrero Grande que los niños que hacen parte de esos grupos no superan los 10 años, y ya venden y consumen drogas, han robado, extorsionado y asesinado.

Sin importar estos y otros cuantos males que aquejan al barrio, el año pasado, y después de dos más de diagnóstico, planeación y búsqueda de recursos –que no llegaron–, la Cruz Roja hizo una aparición repentina y cuidadosa en el sector, que todavía es considerado en Cali como zona roja.

Lo que se encontraron superó lo que tenían en mente. Buena parte de las 39.400 personas –desplazados, víctimas de la violencia o que permanecían en zonas de inminente riesgo, por lo que debían ser reubicadas– no han hecho más que buscar oportunidades y nadar contra la corriente de un río de iniquidad, donde la estigmatización es permanente. El panorama es incierto, en una zona donde no creen en las autoridades y se sienten usados por los que van, prometen y no vuelven.

“Ya con el nombre comenzamos mal. No somos ganado que se tira al potrero, somos seres humanos, que queremos salir adelante”, dice Francisco, con un tono de impotencia. Y no es para menos. Si bien Potrero Grande, de estrato 1 y casas de ladrillo, tiene su propio colegio, puesto de salud y centro de desarrollo infantil, así como vías totalmente pavimentadas y amplias zonas verdes (hacen las veces de parques), no hay para todos.

La institución educativa, solo para 1.500 estudiantes, no da abasto; para atención médica, hacen largas filas, aunque las citas son escasas y la atención, según sus habitantes, es precaria; el comedor comunitario para ni- ños no suple las necesidades de todos aquellos que si desayunan no almuerzan; por más que quieran trabajar, les cierran las puertas en un lado y en otro porque viven allí. Así, muchos ya habían abandonado la esperanza. Recobrar la fe perdida es uno de los logros de los voluntarios de la institución humanitaria. Mitigar la violencia no es fácil, pero ya han recogido frutos.

Los primeros que se benefician son los más pequeños. Quienes han crecido escuchando el sonido de las balas están entendiendo que la respuesta es el estudio, el arte y el deporte. “El diá- logo es una forma de mermar el conflicto. Hemos logrado que se organicen; construimos una mesa de jóvenes y una mesa de los líderes de todos lo sectores. Ahora necesitan padrinos que los escuchen, después lo harán por ellos mismos”, explicó Carlos Andrés Pérez, coordinador de cooperación de la Cruz Roja en Cali.

Por su parte, Melissa Arboleda, una jovencita de 21 años, dice que han disminuido los problemas, los robos y las muertes desde que la institución intervino. “Los niños –añade– ya por lo menos saben que hay otro camino. Los sacamos a jugar y se distraen. Yo quiero a mi barrio y no me veo viviendo en otro lado, no me hallo”.

Como ella, otros afrodescendientes coinciden en que con comunicación y guía los miembros de las pandillas se han hecho menos resistentes a los da- ños que ocasiona la violencia. Si bien las armas no se han silenciado, la vida en la comuna 21 es más tranquila.

Sin embargo, ante la falta de oportunidades, que sigue siendo el pan de cada día, la Cruz Roja y los habitantes llevan a cabo una campaña –original de la gente del barrio– para que en vez de juzgarlos les den una mano; para que fuera de Potrero Grande entiendan que, como ellos dicen, allí son más los buenos que los malos.

Alejandra P. Serrano Guzmán
Redactora de EL TIEMPO

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