Jardín, un pueblo que susurra su belleza

Jardín, un pueblo que susurra su belleza

EL TIEMPO, Hay Festival y Fontur inician una seria de crónicas sobre pueblos patrimonio en Colombia.

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03 de agosto 2015 , 10:31 p.m.

Para bien o para mal llego a Jardín durante la celebración del Festival de la Rosa, una parranda descomunal que atiborra todas las horas del pueblo con orquestas, danzas y actividades culturales. “Usted no sabe lo distinto que es el pueblo cuando no hay fiestas”, me dice Olga, la recepcionista del hotel Balcón del Parque, situado en una de las esquinas de la plaza principal, junto a las oficinas del Banco Agrario. “En un día normal no está todo eso allí”, añade señalando hacia la plaza. Supongo que se refiere a los incontables puestos de comida y a la tarima con los parlantes que erigieron en el atrio de la iglesia neogótica, una de las atracciones principales de Jardín, cuya fachada, por tanto, resulta imposible de apreciar. Olga habla en tono de disculpa, como si ella fuera responsable de lo que se ha formado ahí fuera. De repente, un caballo de paso fino atraviesa nerviosamente la densa capa de ruidos que en ningún momento se deshace bajo los cascos del animal. Se trata de una materia fantástica y gelatinosa que se deja penetrar por el caballo sin perder con ello su carácter de caos homogéneo, algo blando y a la vez afilado, una almohada mullida rellena de cristales. A ratos se distinguen los gritos, cosas que se rompen, la pólvora, el ronroneo perpetuo alrededor de las fritanguerías y la música, la música con la que cada cantina rivaliza en volumen y sentimentalismo con las demás, la música que expelen los altoparlantes de la tarima patrocinada por Aguardiente Antioqueño, la música que se forma involuntariamente por la suma de todas las músicas, todas las melodías del despecho enzarzadas unas con otras.

Está empezando a caer la tarde y salgo a dar una vuelta. Bastan pocos pasos para confirmar que el pueblo es de veras hermoso. El fino trabajo de ebanistería en los balcones, el atrevimiento cromático en puertas y ventanas, la atención casi microscópica en la ornamentación, el gusto por la amplitud de los espacios. En uno de los costados de la plaza, al pie de una seguidilla de bares donde la gente baila vaya uno a saber al son de qué música, se han congregado los notables del pueblo, con sus imponentes caballos y sus mujeres arrogantes, algunas vestidas con trajes folclóricos (falda de lunares con volantes, botas, sombrero, muy parecido al estilo de las señoras sevillanas de la Feria de Abril).

A pesar de la impresión inicial de confusión, la fiesta tiene su orden, sus jerarquías y, más allá de lo que diga Olga, creo que la belleza habitual del pueblo se resignifica por la vecindad de lo feo que traen consigo estas celebraciones. Lo bonito parece más bonito y lo feo más feo, pero cada extremo parece haber sido engendrado por su contrario. Al fin y al cabo, el pueblo que ha creado tan hermosa arquitectura es el mismo que puso en marcha todo este ruido, el mismo pueblo cuya noción del disfrute se restriega a cada rato contra la muerte, contra un dolor profundo que sale a relucir en las caras de algunos bailarines introspectivos.

Instantes después, el locutor anuncia desde la tarima que está a punto de comenzar ‘la noche del rock’. Busco refugio en un puesto de comidas de la plaza y mientras pruebo las arepas locales (deliciosas, de choclo con queso) me voy resignando a la selección de hits noventeros interpretados por una voluntariosa banda del vecino pueblo de Hispania. Cuatro canciones y tres arepas después me doy una vuelta por los alrededores de la tarima. No hay más de diez personas animando a la banda, que no suscita ni siquiera el desprecio de los lugareños, todos ocupados en las numerosas ofertas de desmadre que abundan por toda la plaza.

En las calles aledañas se ve poco movimiento. En la zona baja de pueblo, donde a las claras se nota que la gente es más pobre que en la zona elevada, hay algunos grupos de muchachos que parchan por las esquinas y tratan de parecer peligrosos, sin mucho éxito. Da gusto sentirse a salvo del ruido. Por aquí solo se respira serenidad y hasta se oyen las chicharras: te entran ganas de escaparte al bosque.

Cuando era niño, mi padre me llevaba a pasear a Viterbo, un pueblo del vecino departamento de Caldas, donde vivía parte de ese costado de la familia. Las imágenes de esos recuerdos paisas de mi infancia se superponen a los espacios que ahora recorro. Y esa superposición me provoca una melancolía sorda, sin ninguna causa aparente. Por una circunstancia azarosa he caído dentro de una colección de recuerdos borrosos: el patio de la tía Celmira donde los niños comíamos tomates verdes con sal y los adultos contaban chistes sobre caca y sexo; el mismo revoltijo musical de las cantinas; los arrieros que llegaban con sus mulas a comprar cosas en la plaza; el cine, que anunciaba las películas con pequeños carteles pintados a mano.

De regreso a la plaza, me llama la atención la calidad de la nueva banda que toca en la tarima. Hacen una versión de Cowboys from Hell, el clásico de Pantera. Y suenan tan bien, tocan con tanta convicción que uno creería que el mismísimo Philip Anselmo estaría encantado de escucharlos. Estos además vinieron al pueblo con su propio combo de admiradores. O eso parece porque al pie de la tarima se sacude un pogo pequeño pero muy rabioso de muchachos con camisas negras y pelos alborotados.

Al final me compro una media de guaro y me siento en una banca a mirar el concierto.

A ratos me levanto a dar una vuelta para comprobar que el resto de cosas sigue allí, que la inesperada presencia de los metaleros no cancela el resto de la realidad sino que la consolida en su extrañeza: los caballos de paso fino que soportan de mala gana el peso de los borrachos, el sancocho de músicas del despecho, la gente cada vez más borracha y menos amable y con los ojos cada vez más vidriosos, los perros que andan por ahí viendo a ver qué se cae al suelo.
No sé en qué momento empieza a amanecer. Me he pasado toda la noche deambulando por ahí como un vampiro, pero no tengo ganas de volver al hotel. Camino hacia la zona alta y después de avanzar cuesta arriba y en línea recta por una de las calles llego a las afueras del pueblo. Me desvío por un caminito sin pavimentar y así voy dejando que el paisaje vaya haciéndose a la idea de que pronto va a salir el sol. Aunque algo en el paisaje se resiste. La penumbra prospera encima de las cosas como un moho y en el contorno afilado de las montañas empieza a arder una luz nueva y anaranjada que se va regando poco a poco ladera abajo, donde el yarumo alumbra desde hace un rato con su propia, siniestra luz plateada. Pronto se despierta el revuelo de pájaros y el aire se llena de chillidos. En algunos de los árboles que se alzan a la vera del camino cunde un frenetismo como de escuela primaria por los periquitos, mirlas, azulejos y no sé cuántas aves más. Y así se despereza por fin el día.

Vuelvo al pueblo por otra calle y me detengo en un detalle que ya había notado al paso: muchas casas tienen las puertas y las ventanas abiertas para que el viajero pueda admirar la armoniosa disposición de los interiores, con sus pasillos profundos, generalmente rematados por un patio ajardinado. Y esto ocurre tanto en las casas más pudientes como en las más humildes. La belleza aquí no tiene clases.

De regreso en la plaza, a pesar de los estragos de la fiesta, puedo admirar con tranquilidad algunos de los elementos, como las pinturas que adornan las incontables sillas que hay regadas por doquier y que, según me cuentan, suelen disponerse en estrictas figuras sobre el parque. Estas pinturas de colores muy intensos y brillantes pueden ser figurativas o abstractas: paisajes cercanos, una calle del pueblo, una fachada; o bien, un rombo monocromático envuelto en un rectángulo, una sucesión de triángulos verdes o rojos sobre un fondo amarillo. El bar La Tampa tiene las sillas más bonitas de toda la plaza. También admiro la repetición obsesiva de las formas en las barandas de los balcones, un fino trabajo donde se confunden la celosía española, el patrón iterativo de las artes indígenas y la floración carnal. Por un momento siento algo parecido al síndrome de Stendhal. Ese vértigo mortal de la belleza, aunque en clave menor. Porque la belleza de Jardín, si bien evidente, solo se puede apreciar como un susurro. Como un secreto.

Algunos datos claves

La población de El Jardín fue fundada el 23 de mayo de 1863 y desde 1882 es municipio.
Está localizada en la región suroeste de Antioquia. Tiene 224 kilómetros cuadrados de extensión, una geografía quebrada y unos 14 mil habitantes.

Limita por el occidente con el municipio de Andes, por el norte con el de Jericó, por el oriente con Támesis y por el sur con el departamento de Caldas.

Desde Medellín hay que recorrer 134 kilómetros para llegar a este municipio.
Su cabecera está a 1.750 metros de altura sobre el nivel del mar y la temperatura promedio es de 19 grados Celsius.
Su principal actividad económica es la agrícola y el café es actualmente el primer producto.

Sobre el autor

Juan Sebastián Cárdenas, payanés nacido en 1978, estudió filosofía pero lo suyo es la escritura creativa. Entre sus libros está ‘Carreras delictivas’ (2008) y ‘Zumbido’ (2010).

En 2013 publicó su primera novela extensa, ‘Los estratos’, que obtuvo el año pasado el Premio Otras Voces, Otros Ámbitos a la mejor novela de culto publicada en España. También ha hecho trabajos de traducción con autores como William Faulkner, Norman Mailer, Thomas Wolfe y Eça de Queirós. Fue becario entre el 2008 y el 2010 de la Residencia de Estudiantes, en Madrid (España). Allí pasó varios años hasta que sintió que no podía seguir escribiendo fuera del hábitat latinoamericano.

JUAN CÁRDENAS

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