Relato de un 'capucho' intimidado por querer abandonar la guerrilla

Relato de un 'capucho' intimidado por querer abandonar la guerrilla

Un estudiante cuenta cómo operan los reclutadores de grupos ilegales en las universidades y cómo ejecutan sus actos violentos.

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01 de agosto 2015 , 11:23 p.m.

Las capturas de 13 personas señaladas de participar en la detonación de petardos en Bogotá (el 2 de julio) y en una violenta protesta en la Universidad Nacional (20 de mayo), así como de ingresar explosivos a dicha institución, fue una alarma para un exmiembro de un grupo de encapuchados de la capital. Por eso decidió contar su historia y correr el riesgo de poner en evidencia un fenómeno antiguo y recurrente en la universidad pública del país.

A fuerza de amenazas y una velada persecución de la que todos saben, pero pocos hablan, descubrió que no está solo. Tiene familia, amigos, pareja. Y por todos teme. Son su punto débil en el proceso de deshacer una decisión de la que se arrepintió cada día de sus últimos cinco años: hacer parte de un grupo guerrillero.

En plena adolescencia llegó a la universidad pública porque era su única oportunidad de ser profesional. Tenía don de liderazgo y así hizo amigos, sin revelar su pasado colegial en un grupo de ambientalistas, detalle que después lo haría reconocible. Pasó la ‘ceremonia de bienvenida’, una especie de conferencia que hacen los encapuchados para los primíparos y que tiene un doble fin: dar un primer brochazo de su ideología y detectar a los reclutables del futuro.

No tuvo sobresaltos hasta el cuarto semestre. “A uno lo miran en cualquier carrera. En la Pedagógica la mayoría son de Sociales. Hay infiltrados que entran desde el primer semestre, guerrilleros con una misión. A mí me vio alguien de un semestre superior que veía clases conmigo. Ellos empiezan así, algunos se van quedando en materias para fichar a los más chiquitos”.

Su nuevo ‘amigo’ empezó a compartir aula, plazoleta, rumba, sala de la casa. “Empiezan a averiguarle la vida a uno: dónde vive, con quién, qué hacen. Eso es un elemento de autoprotección y de amenaza. Llegado el momento, si uno habla le hacen algo a la familia. Saben dónde vive uno, dónde trabajan los papás, en fin. Lo saben todo”.

También le tocó ir a lo que parecía ser la casa de su compañero, conocer a los que parecían sus amigos. “Uno no sabe qué es verdad y qué no, inventan historias para protegerse”, afirma. Y un día cualquiera se enteró de lo único realmente cierto: “me dijo que era parte del Movimiento Bolivariano Estudiantil, que pertenecía a las Farc. Dijo que me vio el perfil, me preguntó si yo quería formarme políticamente. En un principio nadie habla de encapucharse, dijo que no era obligación sino solo el proceso de la formación y a mí me interesó porque yo con la asociación (la de ambientalistas en el colegio) ya traía una formación básica”.

Antes de hacer conciencia ya escondía en el cuarto que compartía con su hermano mayor unos CD, memorias USB y videos del Movimiento Juvenil Bolivariano, parte del plan Renacer de las masas ideado por el desaparecido ‘Alfonso Cano’ para buscar talentos en las bases. “Era información de dónde había nacido el grupo, quiénes eran los líderes, cuáles grupos había. No dicen cuántas personas son sino en qué universidad están. En la Nacional está el grupo más grande, en la de Antioquia, la del Valle, la Pedagógica, la Distrital”, sostiene.

En la práctica, el movimiento siempre fue siempre asunto de tres. “La primera persona que lo contacta a uno es un compañero, luego viene un supervisor de él, que es ajeno a la universidad. Y encima hay otro comandante, que es un jefe guerrillero. Ese supervisor llegó a la universidad, lo conocí, le vi la cara. Ahí uno debe cambiarse el nombre, por seguridad. En ese momento uno empieza a ser del grupo guerrillero y a hacer cosas que van más allá”, recuerda.

Y en ese ‘más allá’, por primera vez, se tapó la cara y se vistió de ‘capucho’. “Uno se manifiesta por lo que pasa en el país, por el cumpleaños del movimiento o de alguno de los frentes –no todos los frentes hacen parte del grupo, aclara–. Lo llamamos una salida: se sale de la universidad a hacer formación. Salimos a marchar, ya encapuchados, y a hacer crítica política desde el movimiento. Por ejemplo, cuando la reforma estudiantil se estaba discutiendo, salimos mucho. Eso se organizaba afuera de la universidad y entregaban el material que tocara administrar; siempre había dinero para los volantes, las pinturas, el papel, el aluminio, todo lo ponen ellos”. El apoyo financiero de los ‘pupilos’ no pasa de montar una chaza (venta de golosinas o sándwiches, sobre una mesa frene a los edificios de la universidad), cuya primera dotación hacen los jefes, quienes luego pasan a recoger las ganancias. Un paso más allá está la guerra.

El ‘susto’

“Viene la dotación: te entregan el overol, la protección para las manos y los pies, la camiseta para la cabeza y el distintivo que va en el brazo, el del movimiento bolivariano, que es una bandera con los ojos de Bolívar. Eso va en el overol en los días de manifestación, lo que uno llama ‘ir a asustar’ ”, señala. Aprender a vestirse en segundos, a camuflarse entre los compañeros, a no dejarse ver hace parte del entrenamiento inicial. Después, aumenta la dificultad. “Una de mis misiones fue guardar parte de una carga de pólvora en mi casa. Nadie me entrenó, ni me dijo cómo guardarlo o qué podía pasarme. Me lo entregaron un día antes de una pedrea. Eran grandes cantidades, pues en una pedrea importante se van cinco o seis kilos. Venía en frascos. Me dieron dos kilos, los metí en mi maleta y al llegar a la casa los escondí debajo de mi cama –recuerda–. Mis papás nunca supieron nada, y menos que yo pertenecía al movimiento”.

Por esos días vio en televisión que un grupo de estudiantes murieron en una casa en Suba mientras manipulaban explosivos. Se le puso la piel de gallina de pensar en los frascos, en el peligro en que puso a su familia. Pese a ello, a la semana siguiente, en un lote abandonado y lejos de la universidad, recibía más entrenamiento. “Estuve en un sitio cerca del parque El Tunal. Aprendí a agarrar los cilindros de gas pimienta, a taparlos y tirarlos a los del Esmad. Lo siguiente era aprender a acercarse más para hacer más daño. Todo eso se enseña. Los estudiantes de química y carreras afines son los que se entrenan en el manejo de las sustancias y los explosivos. Sé que eso lo hacen en la localidad de Sumapaz”.

La primera pedrea

Su primera pedrea es un recuerdo que aún hoy le sube la adrenalina. “Solo existe contacto con el que lo está formando a uno y con el superior de él. Nunca nos reunimos. Yo sabía que éramos muchos más, pero todo es personalizado. En principio uno se reúne sin ocultarse y se pone a hablar de cualquier cosa, solo para ver cuánta gente llega –dice–. Los superiores se distinguen y uno escucha ‘llegó el de la Nacional’, el de la esquina de la cancha 8; luego ahí está el otro jefe, ‘en la 5’ y así. Cuando estamos todos en grupo todo empieza: Algunos buscan un salón desocupado, cierran la puerta y se cambian en el menor tiempo posible. Los primeros que están listos comienzan a desalojar a la gente del edificio pero se dejan a unos encerrados para salir con ellos al final. Si va a ser un enfrentamiento largo (más de tres horas) llegan 40 o 50 personas en la Pedagógica. A la Nacional pueden llegar hasta 120. Se reparten los costados, unos llevan y traen papas, otros bombas molotov, otros hacen fuego para dispersar el gas”. En ese frente estaban los expertos.

Lo suyo eran tareas menores: “mi primera misión fue llevar agua y echarles vinagre en la boca, en la nariz, miraba que no se les cayera nada para que no los pudieran identificar y si alguien se desmayaba o se ponía mal por el gas los llevaba a un salón para darles primeros auxilios. Fue muy fuerte. Empecé a pensar en retirarme”.

Así fue descubriendo que no encontraba nada convincente en lo que hacía y que el riesgo era cada vez mayor. “Una vez había la orden de poner una granada en la calle 73, a la altura de Farmatodo, pero se anuló porque no había gente suficiente ni la seguridad de que íbamos a salir bien. Podíamos caer con el Esmad o tener heridos y hasta muertos. Era difícil porque afuera de la universidad ya podía entrar la Policía”, cuenta.

A los ‘capuchos’, como parte del adoctrinamiento, les prometen confidencialidad y asesoría legal en caso de caer presos o heridos. “Pero es una amenaza y no una protección. Nos venden la idea de que estamos protegidos y que nadie habla de nosotros, pero es un arma de doble filo porque también podemos estar de lado del desaparecido –afirma–. Supe, por ejemplo, de un muchacho al que acusaron de hablar con un comandante de la Policía. Él lo negó todo, pero no volvimos a saber nada de él. Solo nos dijeron que ‘se tomaron medidas’ ”.

Entonces el miedo empezó a ganar la guerra. Un familiar se enfermó y por fin encontró la excusa para dejar de asistir a reuniones y pedreas. “Nunca dije que no quería seguir porque iban a creer que la formación se había perdido. Dije que no tenía cabeza ni tiempo para seguir. Me tuvieron paciencia y desaparecieron. Pero al siguiente semestre otra vez me contactaron y empezaron a perseguirme y a amenazarme. Les prometí que jamás revelaría nombres ni lo que habíamos hecho o dónde habíamos estado, que no los iba a delatar. Me pidieron la dotación, el material, me revisaran de pies a cabeza mi computador, memorias USB, la casa, todo. Me dijeron: ‘se va pero sabemos quién es y qué hace, quiénes son sus papás, su familia. Si habla de nosotros, ellos pagan’ ”, recuerda.

–¿Por qué se corre ese riesgo?

–La gente se deja manipular muy rápido y muy fácil. Tenemos un pensamiento arcaico de que es la violencia la que nos va a sacar de los problemas y no se puede luchar con inteligencia. Uno se mete en eso y se forma para la lucha de otros, no la de uno, no importa lo que uno piensa. No importa que la universidad sea la única oportunidad de uno en la vida y es así para todos los que llegamos a la universidad pública. Se aprovechan de eso.

–De no mediar esa violencia, ¿seguiría en el movimiento?

–Seguramente sí apoyaría el fondo político, las herramientas que uno tiene para apoyar a los otros, a la juventud. Pero si eso se mancha de violencia, de guerra, de miedo, no tiene ningún sentido. No había necesidad de destruir la universidad como lo hicimos cuando decíamos que había que hacerse escuchar. Los estudiantes se organizaron sin subversión en la Mane, hicieron una propuesta y los oyeron sin combatir ni amenazar a nadie.

Finalmente se cansó. Su hermano lo descubrió y el sermón lleva años. Aplazó el semestre una vez mientras su reclutador se graduaba y otro más, por si le daba por regresar. Y en el camino se encontró con compañeros que trataron de hacer lo mismo, pero que aún no pueden salirse del movimiento, y llevan siete y ocho años detrás de un diploma que tal vez no verán.

Ahora no quiere volver, no cree que valga la pena: “Esto me hizo reflexionar de cómo eso en lo que yo creo puede poner en riesgo a la gente que me importa. Si uno se preocupa por su país lo primero es pensar en su familia, actuar violentamente va en cada uno, pero compromete mucho”.

Tiene rabia de haber perdido el camino, pero quiere volver a empezar. No quiere que la ingenuidad le mate otro sueño. Tuvo suficiente de tantas pequeñas muertes.

El Eln tiene la estructura más disciplinada

Fuentes que investigan el reclutamiento en las universidades confirmaron que en Bogotá el fenómeno se presenta en las universidades Distrital, Nacional, Pedagógica y Distrital Tecnológica del Sur. Y en el país, en instituciones públicas de Medellín, Cali, Cúcuta, Barranquilla y Bucaramanga (UIS). Según los expertos, el Eln tiene una estructura más disciplinada que la de las Farc, y su trabajo político es más fuerte. Al parecer, los 13 detenidos de los últimos días estarían relacionados con los ‘elenos’. La labor, dicen las fuentes consultadas, empieza en los colegios, donde se crean lazos de interés que luego se fortalecen en la universidad. Allí se establecen ‘cuadros’, que son pequeños grupos de filiación permanente: en las ciudades no buscan cantidad sino calidad. Las investigaciones indican que en Bogotá hay nueve grupos de las Farc y ocho del Eln. De las Águilas Negras, que según los estudiantes controlarían el mercado de la droga, las autoridades dijeron que no solo no reclutan sino que no existen y su nombre se usa para intimidar.

JENNY GÁMEZ A.
Editora ADN Bogotá

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