El busto de un rey que no cabe en la España de Podemos

El busto de un rey que no cabe en la España de Podemos

El hecho muestra el espíritu de un país que se siente cada vez menos ligado a la monarquía.

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01 de agosto 2015 , 06:46 p.m.

Un busto de Juan Carlos I, el padre del rey Felipe VI, decoraba la sala de plenos de la Alcaldía de Barcelona hasta que el nuevo gobierno municipal, encabezado por Ada Colau, decidió retirar la escultura, que terminó en una caja de cartón.

No se trataba de un simple adorno: la ley establece que todos los hemiciclos de las corporaciones locales deben tener una efigie del Jefe del Estado. Varias voces calificaron el hecho de “escarnio” a la monarquía, una institución que no se ha salvado de la ola de cambio que pasa por el país ibérico. Oficialmente, la decisión de retirar el busto se justificó porque, después de abdicar en junio del año pasado, Juan Carlos I ya no es el jefe del Estado, si bien sigue recibiendo el tratamiento de rey. Por tanto, debería ser la imagen de Felipe VI la que debería ocupar la base en el salón. Colau tampoco la reemplazó. Al día siguiente, un concejal del Partido Popular (PP) trajo una foto del nuevo monarca para así “cumplir con la legalidad”.

El hecho no quedó en lo anecdótico. Desde el Gobierno municipal que preside Colau (que era la candidata de una coalición entre movimientos sociales, vecinales y partidos como Podemos) fue un poco más allá. Según el vicealcalde, Gerardo Pisarello, “hay una sobredimensión simbólica de la monarquía” en detrimento de la Segunda República abolida por Francisco Franco, quien posteriormente restauró al rey.

La decisión de Colau ha vuelto a poner sobre la mesa el viejo debate sobre la familia real que la sociedad española continúa sin digerir. “La Monarquía no es ajena al descrédito general de las instituciones que se vive en España”, explica Lluís Orriols, profesor de Ciencia Política Universidad Carlos III de Madrid y experto en opinión pública.

Y es que la figura de Juan Carlos I como el garante del orden constitucional y de que no prosperara el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, por ejemplo, ya no está en el imaginario de gran parte de la población que ya nació en democracia.

Para los más jóvenes, el anterior rey es el que mataba elefantes en safaris de África, supuestamente tenía por amante a la aristócrata alemana Corinna Sayn-Wittgenstein y, sobre todo, tenía ante sus ojos al yerno, Iñaki Urdangarín, que tendrá que responder ante la justicia por usar el nombre de la Corona para obtener beneficios personales.

“La monarquía, a pesar de sus vaivenes, ha sido un factor de estabilidad. La Primera República duró meses, la Segunda, menos de una década”, aclara el columnista Valentí Puig, monárquico declarado. El periodista acepta, sin embargo, que ciertos “comportamientos no ejemplares” han abierto una veda que antes era impensable. Los españoles, hasta hace poco, se enteraban de los chismes no muy halagüeños de la Corona a través de la prensa rosa extranjera.

Colau no ha sido la única que ha hecho este tipo de gestos republicanos, que ya se realizaban hace años en el País Vasco. Hace poco, por ejemplo, la Alcaldía de Zaragoza decidió rebautizar un coliseo municipal con el nombre de un entrenador nacional de baloncesto fallecido el año pasado, en detrimento de Felipe VI. En Cádiz, el alcalde, perteneciente a Podemos, también reemplazó la efigie real por el retrato de un alcalde anarquista de la Primera República.

Tras un año del reinado de Felipe VI, la monarquía parece tener una buena salud. Puig considera que la operación de relevo funcionó como un “reloj suizo” y el nuevo monarca ha dado signos de cambio: por ejemplo, quitarle el título de duquesa a su hermana Cristina, esposa de Urdangarín.

Orriols, por su parte, cree que la operación ha ayudado a “amortiguar” una caída, pero que la relación con ciertos sectores de la sociedad viene en bajada.

La pitada al himno de España durante la final de la Copa del Rey no es un asunto que solo se explique desde la desafección catalana y vasca a la Corona. Varios sectores le piden a Felipe VI, como jefe del Estado, que se implique más en la cuestión independentista catalana. Ambos expertos consideran que no es su papel: “El Rey no debe defender estrategias políticas. Es un símbolo”, aseguran.

La edad de los votantes y los integrantes de Podemos podría explicar su posición hacia la familia real y, en general, hacia ciertos beneficios de lo que el partido de Pablo Iglesias llama “casta”, cree Orriols.

Un pueblo que sí quiere el busto

El pueblo de Calzadilla de los Barros, de menos de 900 habitantes y ubicado en la occidental región autonómica de Extremadura, ya le pidió a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que les envíe el busto si no lo quieren, una imagen que demuestra las diferentes sensibilidades del país ibérico. La capital catalana, sin embargo, ya le tiene un sitio: el Museo de Historia.

CAMILO SIXTO BAQUERO M.
Para EL TIEMPO
Barcelona.

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