'Vi a la bebé con esquirlas de metralla'

'Vi a la bebé con esquirlas de metralla'

Socorrista narra cómo rescataron personas después de que la guerrilla lanzó cilindro bomba en Chocó.

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27 de julio 2015 , 05:14 p. m.

El 2 de mayo del 2002, el equipo de socorristas de la Cruz Roja en Quibdó (Chocó) esperaba, cada uno en su casa, un llamado de alerta por un deslizamiento, una inundación, un incendio, todas, tragedias a las que, tristemente, los chocoanos están acostumbrados por la pobreza en la que vive gran parte de su población.

Pero las noticias que llegaron aquella mañana desde los municipios de Vigía del Fuerte (Antioquia), Bojayá (Chocó) y otros municipios cercanos bastaron para conmocionar a todo el equipo. “Ese día, a las 10 a. m., ya estábamos todos los del voluntariado en la Cruz Roja activados”, contó Winston Perea, de 39 años, un socorrista de la institución.

Cuando comenzaron a recibir llamados de emergencia, las voces, al otro lado de la bocina, se entrecortaban cada vez que sentían las explosiones y las ráfagas endemoniadas que se tomaron a la población. “Eso nos dejó desesperados. Teníamos que buscar la forma de llegar allá. La gente nos necesitaba”.

Había que buscar ayuda a nivel nacional, y la única opción era llegar en un bote. “Lo más difícil fue que tardamos dos días en llegar a auxiliar a la gente. Había retenes de la guerrilla por todos lados, y no nos dejaban pasar de largo. Tuvimos que hacer un acuerdo para que el centro de salud y las ambulancias de Vigía recibieran a los heridos”.

Pero cuando llegaron y constataron que lo que había pasado en el municipio de Bojayá era una de las masacres más sangrientas de la historia de Colombia, que el bloque 58 de las Farc había lanzado una pipeta en una iglesia en donde se resguardaba la población civil de las confrontaciones entre la milicia y los paramilitares y que eso había provocado la muerte de al menos 119 pobladores, ellos supieron que eran la única esperanza en medio de la barbarie.

Y allí, abandonada, aturdida, con la ropa raída, con esquirlas y lesiones en su pequeño cuerpo, Winston les arrebató a esas manos violentas la posibilidad de que acabaran también con la vida de la pequeña Adriana Yuselvis Guzmán, una niña de 3 años que se hallaba sola y abandonada a su suerte. “Cuando la encontré no sabía cómo cargarla. Tenía heridas por todas partes, sobre todo en su cabecita y en la pierna izquierda”, recuerda hoy Winston.

Adriana Yuselvis Guzmán, sobreviviente. Archivo particular

Con ella en sus brazos, la siguiente misión era trasladarla a Quibdó, calmar su llanto. “La refrescamos con unos pañitos y luego partimos en una ambulancia acuática. Nunca supe quién era, en ese momento teníamos que priorizar a los heridos que se podían salvar. Nosotros tenemos que tener cabeza fría, ser realistas”.

Ese día Winston no paró, cargó a hombres y mujeres en los brazos; a personas que no podían caminar, aturdidas de haber sido testigos de tanta violencia; limpiaba sus heridas, les daba agua, las montaba en canoas y botes para sacarlas del infierno, ese del que fue testigo una virgen católica que quedó sin brazos después de la explosión en la iglesia.

Nunca contó a los pobladores que salvó, la premisa era no perder tiempo, cada segundo era valioso. “Como llegamos dos días después del ataque, el olor era fuerte, salía de las heridas de las personas que no habían sido auxiliadas. Recuerdo que solo mi grupo llegó a Quibdó con 18 heridos graves. Era más triste ver a los heridos, los muertos no sentían ya, pero ellos... ellos estaban sufriendo en carne propia”.

Las balas continuaron, pero al final Winston pudo retornar a su casa tranquilo, hizo lo que pudo, en medio del sol y el polvo en el que quedó sumido Bojayá. Así también les había pasado cuando atendió un incendio que consumió casi cien humildes casas de madera en el barrio Los Álamos o cuando las inundaciones despojaron de sus casas a familias enteras.

Para este socorrista la mejor paga es ver una sonrisa dibujada en la cara y las bendiciones recibidas de quienes ayuda, eso pasó cuando, 12 años después de ese día en el que Bojayá y el rescate de esa bebé fue noticia mundial, una joven de 15 años llegó a la central de la Cruz Roja en Quibdó. “Yo no sabía quién era, cuando me enteré que era la chiquita a la que había salvado quedé como en choque”.

Adriana le dijo que su mamá le había contado que era domingo en la mañana y que habían ido a la iglesia de Bojayá a misa. “Todo estaba tranquilo hasta que inició el combate en el pueblo, la iglesia quedaba en la parte de abajo y el padre pidió que nos pasáramos a la casa cural porque pensaba que era la casa de Dios y por eso la iban a respetar, pero no fue así. Tiraron la pipeta y uno de mis hermanos mayores murió después de dar unos pasos hacia una de mis tías pidiéndole ayuda”.

La joven tiene a sus padres vivos de milagro porque no estaban en el pueblo, pero sí retenidos por grupos armados que luego los liberaron. “Yo estoy muy agradecida con la Cruz Roja. Ellos estuvieron cuando más los necesité”, dice la joven.

Ese día, el de reencuentro, Winston solo recuerda una paz interior que lo embargó, supo que el camino que había escogido desde que hizo parte del programa juvenil de la Cruz Roja había sido el correcto.

Agrega que le falta mucho más, por eso, cada mañana, sale en una Unidad Móvil de salud a recorrer todo el departamento, sabe que en cualquier momento alguien más va a necesitar de su ayuda.

Escríbanos a: carmal@eltiempo.com

Carol Malaver
Redactora de EL TIEMPO

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