Intimismo familiar / Opinión

Intimismo familiar / Opinión

El país atraviesa un momento clave en cuanto producción cinematográfica se refiere.

25 de julio 2015 , 09:10 p. m.

Una emoción particular impregnada de tristeza y un ritmo ciertamente crepuscular invaden la pantalla con una cautelosa madurez tanto escénica como narrativa. Para reflejar la crisis vivencial o sosegada agonía de un núcleo campesino, el joven director y guionista César Augusto Acevedo plasma recuerdos familiares y de infancia perdida con una extraordinaria sensibilidad capaz de labrar en el tiempo sus experiencias vivenciales más penosas. Es que la pérdida inevitable del terruño y el dolor por la enfermedad de un ser querido nunca habían sido escenificados con tanta fuerza –solo equiparable a la rabia expresada por Tierra en la lengua–.

Los cañaduzales del sur vallecaucano configuran un paisaje único de trazos geométricos para mostrar las penurias de hojas que cortan como cuchillas, en medio de factores atmosféricos derivados del polvo de vías destapadas y las cenizas producidas por las quemas. Una casa sencilla de teja y un árbol de espléndido follaje se suman al entorno, en simetría con interiores dominados por el claroscuro y las penumbras obligatorias de ventanas selladas para atenuar los sufrimientos producidos por una insuficiencia pulmonar obstructiva.

Siendo el punto más alto de un nuevo cine colombiano en gestación, la Cámara de Oro conquistada en Cannes –entre más de mil primeros largometrajes del mundo entero– viene a confirmar calidades poéticas incipientes que exigen la compenetración total del espectador y su aclimatación al recurso de los planos largos y una cámara de naturaleza contemplativa. Tarkovski, su referente inmediato, brilla en la concepción existencial de criaturas enmarcadas por la rudeza de un medioambiente igualmente enraizado.

IndieBo, en el primer Festival de Cine Independiente de Bogotá, abrió su bien sustentada programación con una joya que germina y consolida ese nuevo cine que tiene un retraso de más de medio siglo con respecto a los de México, Brasil y Argentina. Tras la apoteosis de El abrazo de la serpiente, respira vigorosamente una expresión social antecedida por el método participante de Víctor Gaviria y las audacias formales o narrativas de Felipe Aljure. Pero sin olvidar aportes de las dos cintas anteriores de Ciro Guerra, La sirga (de William Vega), las dos primeras de Carlos Moreno, dos experimentales de Trompetero, los tres totazos de Rubén Mendoza y aquella línea documentalista de Univalle gracias a figuras de la talla del profesor Óscar Campo y del más joven cineasta naturalista Óscar Ruiz Navia.

MAURICIO LAURENS
Para EL TIEMPO
maulaurens@yahoo.es

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