El drama de la ciclista María Luisa Calle

El drama de la ciclista María Luisa Calle

Antes de viajar a los Panamericanos de Toronto, donde dio positivo en dopaje, habló con BOCAS.

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25 de julio 2015 , 04:54 p. m.

El pasado 4 de julio, una semana antes de viajar a los Juegos Panamericanos de Toronto, la ciclista María Luisa Calle recibió a la revista BOCAS en su casa en Antioquia y dio esta extensa entrevista que fue impresa el 20 de julio y que, a partir de hoy, circula en la edición 43 de BOCAS. En la conversación, la deportista contó su vida y se refirió ampliamente al caso de dopaje que le quitó una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, la misma que el Comité Olímpico Internacional decidió devolverle y que, el 13 de noviembre de 2005, el entonces presidente de Colombia, Álvaro Uribe, le volvió a colgar en el cuello. El pasado miércoles 22 de julio se confirmó que la antioqueña dio positivo en dopaje en Toronto, luego de la competencia de persecución por equipos, motivo por el cual fue suspendida de los Panamericanos. Esta es la historia de una atleta signada por el drama.

Todo comenzó con un par de galletas.

El 24 de agosto de 2004, el día anterior a la gran cita –el que sería su día soñado en la prueba por puntos, en el marco de los Juegos Olímpicos de Atenas–, María Luisa Calle había regresado a la Villa Olímpica después de un largo entrenamiento. Eran las 12:29 p. m., vio que en una sala había un plato con galletas de mantequilla y ella, que no había almorzado, se devoró dos.

La harina hizo lo suyo y, por la tarde, cuando fue a ver la prueba por puntos de los hombres, ya no podía abrir los ojos por cuenta de un severo ataque de migraña. Antes de caer la noche, acudió al departamento médico de la selección nacional y la fisioterapista del equipo le dio dos Neosaldinas. María Luisa se tomó una por la noche y otra por la mañana. (Lea también: 'Sufrir es la clave para poder ganar': María Luisa Calle)

A las 4:00 p. m. del día 25 de agosto, compitió y logró una performance de excepción. De las 100 vueltas en las que consiste la prueba, fue medalla de oro en 60. Al final se le acabó el combustible, incluso se cayó, pero logró alcanzar el tercer lugar: bronce. Pódium, himno, mordida de medalla, corona de laurel, llanto y gloria. Y de allí, al control antidoping.

Tres días después, el 28, llamaron a su entrenador, José Julián “el Chivo” Velásquez, a comparecer ante la oficina de control de dopaje de los Juegos. “La señorita Calle dio positivo y debe devolver la medalla”, le informaron.

“El Chivo” tuvo que caminar cuatro calles para volver al lugar donde estaba su pupila y amiga. María Luisa estaba firmando autógrafos y tomándose fotos con un grupo de fanáticos y periodistas que aún celebraban su hazaña. Con mucha pena la observó a lo largo de media hora hasta que tuvo que separarla de la multitud: “Me acaban de informar que diste positivo. Debes devolver la medalla”. Y le explicó todo.
María Luisa, a sus 36 años, salió corriendo a su habitación y se encerró a llorar hasta el otro día sin parar, hasta cuando tuvo que ir a recibir oficialmente el anuncio y, lo más duro, atender a la prensa sedienta de sangre.

El 29 de agosto, el Comité Olímpico Internacional (COI) la citó en un salón de la Villa Olímpica. Había doce personas, entre las que se encontraban el director general de los Juegos, el director médico de los Juegos y el plusmarquista mundial Sergei Bubka, en representación de los atletas. “Usted es una tramposa, debe devolver la medalla y debe irse inmediatamente de aquí. Encontramos heptaminol en su muestra, y esa es una sustancia similar a las que están prohibidas”, le dijeron. María Luisa solo pudo susurrar: “Soy inocente, yo no he hecho nada”. Media hora después, ciclista y entrenador ofrecieron una rueda de prensa en la que la despellejaron y en la que ella, inconsolable, se desplomó en los hombros de Velásquez. Al día siguiente salió de la ciudadela deportiva y, al otro, viajó a Bogotá. “Vamos a demostrar tu inocencia. Vamos a apelar”, le dijo su entrenador en la partida. (Además: Que María Luisa Calle 'acabe así la carrera sería desafortunado')

Mientras tanto, en Bogotá, un niño de nueve años, Pedro Charria, vio llorar a María Luisa en la televisión y, de la nada, le dijo a su papá, el abogado Andrés Charria: “Sálvala, por favor”. El litigante, que nunca había trabajado en un caso medianamente similar, le prometió a su hijo intentarlo, estudió el caso y logró contactarse con ella. “Esto es ganable”, le dijo. Días después, cuando María Luisa vio la increíble disposición del abogado, le decretó: “Si me traes la medalla de vuelta, te la regalo y te encimo un perrito. Pero no creo que vaya a suceder”, cuenta Charria.

Sin dejar de entrenar un solo día, y a lo largo de 14 meses, María Luisa Calle –asida a su entrenador y a su abogado– defendió su honra, incluidas dos audiencias en Lausana, Suiza. El caso, curiosamente, se resolvió de dos maneras. Una, cuando Charria planteó en la segunda audiencia la siguiente discusión: “¿Me pueden decir qué sustancia ilegal es similar a la que apareció en la muestra de María Luisa? Todavía no lo sé”. Y dos, cuando decidieron enviar desde el Comité Olímpico Colombiano cajas de Neosaldinas al COI y la UCI para su análisis. Fue así como, en los laboratorios de ambas entidades, entendieron que todo era un malentendido.

El 19 de agosto de 2005, el Tribunal de Arbitramento del Deporte (Suiza) reconoció la malinterpretación de los resultados iniciales y solicitó al COI, de manera formal, devolverle la medalla a María Luisa Calle, en un caso único en la historia de los Juegos Olímpicos.

El 13 de noviembre de 2005, en el Palacio de Nariño, en Bogotá, le colgaron nuevamente la medalla en el cuello.

De allí en adelante todo fue gloria. El 16 de abril del año siguiente, 2006, María Luisa Calle ganó en los Mundiales de Pista de Bruselas la medalla de oro en la prueba de Scratch. Allí fue aplaudida de pie, entre otros, por los funcionarios de la UCI. Desde entonces, no hay año en que no haya cosechado medallas internacionales. (Lea: los cinco casos más recordados de dopaje en el deporte colombiano)

Esa es María Luisa Calle Williams, la colombiana de 46 años que, una vez más, acaba de dejar huella en los Juegos Panamericanos de Toronto. La dueña de una exuberante carrera profesional de 20 años y de una inmensa colección de medallas nacionales e internacionales que superan los 60 metales (ver abajo), pero que ni siquiera ella sabe exactamente cuántas son.
La mujer discreta que vive en una casa finca entre caballos, perros y gatos, y que aún sufre terriblemente cuando tiene que pasar por la sala de control de doping en todas las pruebas que compite, precisamente por lo cual no le recibe un vaso de agua a nadie desde hace 10 años.

La rubia “ojiazul” dotada de un delicado sentido del humor. La amante de las motos, Vicente Fernández y la música electrónica. La creyente que reza a diario. La hija de una inglesa y un paisa que adora competir y ganar, y que detesta que le hablen de retiro.

La atleta de hierro –su cuerpo es un estilizado monumento de delgados y sólidos músculos– que llegó tarde al deporte y a quien, hoy, los rivales temen, admiran y veneran. Tanto es así que, según cuenta “el Chivo” Velásquez: “Hace poco vi al técnico del equipo de ciclismo de Cuba, Héctor Ruiz, y me dijo: ‘Oye, ¿cuándo se va a retirar María Luisa? Lleva 15 años ganándonos a todos. Dile que nos deje alguito’”.

Todo parece indicar que usted, a los 46 años, disfruta inmensamente del sacrificio que representa la alta competencia. ¿No es así?

Yo paso rico. Sufro entrenando, pero paso rico. Me mato y sudo y termino así juagada, pero nunca digo: “¡Ay, qué sacrificio!”. No, soy muy feliz. Todos los días me levanto, les doy la comida a los caballos, salgo a entrenar y llevo una vida muy tranquila. Entonces vivo en vacaciones, siempre. (También: 'María Luisa está destrozada, pero dice que no ha tomado nada')

Siempre el campo… Su niñez fue así, entre caballos y naturaleza.

Desde los cuatro años tengo caballos. La plata que me daban para el colegio me la gastaba en zanahoria, melaza, salvado para los caballos. Siempre el campo. Vivir en la ciudad, ya no. Yo bajo a Medellín y digo: “¿Cuándo será que subo otra vez?”. Me gusta la paz del campo y oír solo a los animales. Me aterra la bulla de la ciudad.

¿Dónde comienza la historia de amor de sus padres, una inglesa y un paisa?

Mi papá estudió ingeniería mecánica en Londres, en Birmingham. Allá se conocieron y allá se casaron. Ellos se vinieron para acá, luego se separaron. Mi mamá siguió dando clases de inglés en colegios y luego se fue a vivir otra vez a Inglaterra. Allá
murió.

Está claro que de su papá heredó el amor por la bicicleta. ¿Cuál es el rasgo que heredó de su mamá?
La puntualidad, la responsabilidad y la disciplina. A mí me dicen: “Haga cinco horas”, y cinco horas en punto hago. Si sé que me voy a pasar dos minutos de una cita, llamo y aviso. Y me da rabia que no me cumplan.

¿Cómo fue su paso por esa institución paisa que se llama Señorita Antioquia?

Eso fue terminando el colegio. Una amiga de mi tía estaba en el comité y me dijo que por qué no me presentaba. Yo fui, y que no, que estaba muy flaca… Pero a mí nunca me apasionó eso. Solo me miraron y me devolví para la casa.
Su amor por el campo y los animales la llevó a estudiar agropecuaria. Entiendo que aún no se había decidido por el deporte y, por el contrario, era buena vendedora de ropa…

En la universidad vendía ropa americana, en especial bluyines. Y vendía mucho, hasta llevaba una agendita con todos los que me debían. Después un amigo trajo a Medellín una línea gringa de cuidos (alimento para animales) y en un carro vendía por todo Medellín. Pregunta cliché: ¿Cuándo dio el salto del caballo al “caballito de acero”?

El caballito de carne nunca lo he dejado. Yo me gradué de la universidad en 1992 y mi papá me regaló mi primera bicicleta de todoterrero. Entonces comencé a correr. Hice todas las válidas nacionales. Pero a los cinco años me empecé a aburrir. Es que las carreras eran con muchos pantanos y había que cargar la bicicleta al hombro.

Estuvo cinco años en el ciclomontañismo, del 92 al 97. Incluso fue campeona nacional, ¿no?

Estuve en dos equipos, el Bianchi y el Orgullo Paisa. Y sí gané una copa nacional de varias válidas. Pero me cansé de cargar la bicicleta, eso no me gustaba, y yo quería poder pedalear. Pero esa rueda toda embarrada, los frenos pegados de barro y uno con un palo limpiándola, ¡no!

Pero entonces, ¿cómo fue que corrió un mundial de pista en Bogotá en 1995?

Es que yo estaba en el equipo de Bianchi que eventualmente hacía pista. Entonces a veces iba con ellos. Y allá entrené unos días con Efraín Domínguez y se presentó la oportunidad de ir al mundial que era aquí, en Bogotá, pero quedé de penúltima. Es que llevaba 15 días entrenando y cómo iba a llegar a hacer algo. Así que volví al todoterreno.

Me imagino que también trabajó en otras cosas...

Trabajé haciendo la contabilidad de una empresa que manejaba unos almacenes de ropa. Entrenaba por la tarde y trabajaba por la mañana. Y la verdad me gustaba.

Hasta que, finalmente, dio el salto a la ruta y a la pista, con el mismo entrenador que tiene hoy, “el Chivo” Velásquez. ¿Es cierto que él lo primero que le dijo fue: “Esto es duro y aquí vamos a sufrir”?

Sí. Empezando por la preparación, que era muy fuerte.

¿Y le dio duro?

Sí, me iba a retirar. Dije: “¡Qué pereza esto tan fuerte!”. Me parecía durísimo. Pero ahí seguí, uno se acostumbra.

A los 28 años usted comenzó a tomarse en serio un deporte exigente y doloroso como lo es el ciclismo. ¿Qué ventajas y qué desventajas tiene el hecho de haber llegado a esa edad y no a los 18, como empiezan todos?

Creo que los otros se cansan más porque ya a los 30 están cansados, dicen no más. Yo aproveché más los entrenamientos, porque sabía que no me quedaba mucho tiempo. Yo tengo más capacidad de sufrimiento que uno de 23, que no sabe para dónde va. Yo ya estudié, y los que empezaron jóvenes, saben que tienen que hacer una carrera, que de esto no se va a vivir toda la vida. Yo ya tengo mi carrera, ya he ganado muchas cosas y hago esto porque me gusta.

Y la gloria llegó temprano. En 1998 ganó la medalla de oro en los Centroamericanos de Maracaibo.
Y creo que hice el récord centroamericano en la presentación individual.

¿Fue ahí cuando sintió que tenía un talento especial?

Ganar los Centroamericanos y ganarles a las cubanas, a quienes nadie les ganaba, en la primera salida internacional… Yo creo que ahí uno dice: “Yo sí sirvo para esto”.

¿Recuerda su primera medalla panamericana?

Fueron dos, en Winnipeg 99, una plata en la persecución y un bronce en la prueba por puntos. Ese año también quedé de cuarta en un campeonato mundial. Yo apenas llevaba un año corriendo en pista y quedé cuarta, y eso porque me quitaron un embalaje, si no, hubiera sido medalla en la prueba por puntos. Recuerdo que fui con una bicicleta que me costó unos cincuenta mil pesos, de hierro, toda oxidada. Luego, en 2003, me gané los Juegos Panamericanos de Santo Domingo en la persecución individual.

Y Río 2007…

También.

¿Aprendió a oler el triunfo cuando está ahí, en la pista?

Sí. Yo llego de los viajes y empiezo a entrenar, y sé que estoy bien. Y claro que algunas veces en la pista uno se pega unos estrellones horribles: de pronto sale a correr y la fuerza se baja. Para correr los tres mil metros, por ejemplo, uno tiene que amanecer en el día que es, porque es tan cortica que no te puedes equivocar, tiene que estar uno totalmente concentrado, al cien por ciento. En cambio, en la contrarreloj, que es más larga, uno sí se puede regular: sale de la crisis y vuelve y se recupera.

Volvamos a los juegos de Sídney 2000, que fueron sus primeros Olímpicos. No le fue tan bien…

Primero, el médico Mauricio Serrato me dijo: “Le doy diez dólares si se tiñe el pelo de azul”, y me lo teñí. Así que corrí con el pelo medio verde, porque ya se iba destiñendo. Y en la persecución me fue supermal, salí llorando, toda triste. Luego, en la competencia por puntos, también. Pero ahí se revalúa uno el entrenamiento. Pero me pasó algo peor. En la pantalla del velódromo vi que en la tribuna estaba el gran campeón Miguel Induraín. Yo salí corriendo para hacerme una foto con él porque siempre fue mi ídolo. Subí por entre la gente y, cuando llegué, vi que había una señora y un señor a quienes les dije: “Por favor, me hacen la foto”. Y ella me la hizo. Después me di cuenta, porque me contaron, que eran la reina Sofía y el rey Juan Carlos.

Luego, en Atenas 2004, usted pasó por la más fuerte experiencia de su vida: ganó una medalla, la acusaron de doping y se la quitaron. Primero que todo, ¿qué sentimientos afloran en un pódium olímpico?

Yo solo pensaba en la familia, porque yo sé que a mi papá le fascina el ciclismo; y en mi hermanita, que es enferma fanática mía. Y se me salieron las
lágrimas.

¿Qué hizo después de ganar y antes de que le pidieran la medalla de vuelta?

Me fui para Atenas, a la playa, a conocer. La medalla la dejé guardada en la mesita de noche.

¿Quién le pidió oficialmente la medalla de vuelta?

Le tocó a Daniel García, el director de entonces de Coldeportes.

¿Cuál fue la primera sensación cuando el Chivo le tuvo que contar que debía devolver la
medalla?

Es como si le dijeran a uno que tiene cáncer o que se va a morir. Incluso, yo creo que es mejor morir a que le quiten a uno la medalla por algo que no cometió. A mí me provocaba que se abriera la tierra y morirme. Pensé ahí en mi papá y dije: “Él se va a morir”, porque lloró de la felicidad cuando gané. Y en efecto, cuando le contaron, se encerró en un cuarto a llorar.

¿Se hablaron inmediatamente?

Sí. Me dijo: “Vente ya para acá”.

¿Ante quienes tuvo que rendir cuentas?

Ante 12 miembros del Comité Olímpico Internacional que estaban sentados ahí, mirándome como si yo hubiera matado a alguien.

¿Cruel?

Horrible. Mejor dicho, la indemnización que le tendrían que pagar a uno…

¿Pagaron indemnización?

Pagaron como ocho millones de pesos colombianos al Comité Olímpico.

¿Cómo se dio la salida de la Villa?

Al otro día fue que madrugamos y nos fuimos. Pero eso fue horrible porque había un mundo de fanáticos que esperan a todos los atletas que ganaron medallas, para que les firmen unos cuadernos. Y yo ya sin medalla.

¿Pensó abandonar la bici?

Sí, mientras se solucionaba todo. Es que no me daban ganas de montarme en una bicicleta. Era una tristeza horrible, no tenía ni alientos, todas las noches me acostaba a llorar.

¿Cómo hizo para no abandonar la bicicleta?

El Chivo nunca me dejó caer.

¿Cuántas noches duró deprimida?

Tres meses llorando y pensando, ¿será que me echaron algo en la caramañola?, ¿será que yo tomé de una caramañola que no era? Es que yo estaba tan segura que no había tomado ninguna sustancia, porque si uno dice: “Bueno, la tomé”, pues ya. Pero yo ni siquiera conocía esa sustancia.

En abril de 2006 la citaron a la primera audiencia en Lausana, Suiza. ¿Ahí hubo alguna luz?

La primera audiencia duró por ahí dos horas y me dijeron que de pronto me absolverían, pero que la medalla nunca la iba a volver a tener.

¿Cuál fue la argumentación que llevó su abogado Andrés Charria? ¿Cómo probaron su inocencia?

A ver… Yo me tomo la Neosaldina, recogen la muestra de orina y a la orina le echan unos reactivos. Entonces, en el laboratorio, aparece heptaminol, que salta cuando se le echan esos reactivos. O sea, el isometepteno que tiene la Neosaldina se transformó en heptaminol. Lo curioso es que esa sustancia no estaba en la lista de prohibidas y, después de lo mío, apareció como prohibida. Y ellos se curaban diciendo: “Otros metabolitos, otras sustancias derivadas…”. Entonces, pues cualquier cosa. El caso es que se demoraron mucho para saber qué era hasta que, a los tres meses, Andrés Botero, del Comité Olímpico Colombiano, mandó las Neosaldinas y las analizaron.

¿Usted siempre fue optimista?

El abogado Charria. Él siempre me dijo en las dos audiencias que fuimos: “‘Mona’, nos la van a devolver, fresca”. Muy optimista.

¿Cómo fue la segunda audiencia?

Duró seis horas. Pero antes de irme para allá, en el aeropuerto, una señora desconocida me reconoció y me dijo: “Apunte en un papelito: Dios, ayúdame”. Pues en toda la audiencia me la pasé escribiendo eso: “Dios, ayúdame”. Yo me fui superenferma, tenía gripa y, lo digo, yo estaba muerta allá… Recuerdo, eso sí, que la UCI (Unión Ciclística Internacional) también puso un abogado de ellos, porque les parecía justo, o mejor, a ellos no les convenía tampoco que un ciclista saliera positivo.

El 19 de octubre de 2005 anunciaron que el COI le iba a devolver la medalla. ¿Dónde y cómo recibió la noticia?

Yo llegué de entrenar y mi papá estaba en mi casa esperándome. Me dijo: “Te la van a devolver”. Cuando yo veo el teléfono, tenía ochenta llamadas perdidas. ¡Y qué felicidad!, porque cuando me la quitaron, yo decía: “Un esfuerzo de estos, una medalla olímpica es muy escasa, tenerla a la mano y haberla perdido, ¡ah!”. Y después que me digan que me la van a devolver. Es lo máximo. Es como volver a vivir.

El expresidente Uribe le puso la medalla de vuelta. Un asunto de Estado.

¡Ja! Esa corona, cómo se llama eso, la de hojitas de laurel para la cabeza, pues la de Atenas era chiquitica y esta era una cosa inmensa que me daba vueltas y se me caía. Estaba toda la familia y fueron todos felices. Fue casi mejor que en Atenas, porque aquí estaba toda mi familia.

¿Supo de la suerte de Erin Mirabella, la ciclista que quedó de cuarta, que recibió su medalla y que también tuvo que devolverla?

Entregó la medalla vuelta nada y les tocó hacer otra medalla nueva.

¿Qué pasó?

Que la refregó contra el piso. Creo que peor para ella porque yo leí que estuvo celebrando cuando le dieron la medalla. Pues se retiró después de eso. Ella escribía libros para niños y nunca más volvió a correr.

Meses después ganó el Mundial en Bruselas. ¿Una revancha?

Sí, hay un sentimiento de revancha por la competencia y, además, porque fue el oro. Es que para mí, ponerme la camiseta arcoíris de la UCI, eso era como un sueño… Y ahora sí, poder celebrar de verdad, ¡ah…! Hubiera sido muy distinto llegar de Atenas con mi medalla al aeropuerto de Bogotá, a salir en una rueda de prensa dando explicaciones a todo el mundo.

¿Cree que quedó marcada?

Quedé bautizada. A mí me dijeron en los periódicos la “Traba-Calle”, no sé… Esos comentarios no los deberían dejar publicar. Muy dañinos. Fuera de eso, la gente los ve y entonces también se empieza como a envenenar. Y en el programa La Luciérnaga me decían la llorona.

Pero, en general, la imagen que tiene es mucho más favorable que negativa.

Sí. Y al contrario siento que, como mi caso fue tan especial, soy aún mucho más reconocida. Donde me la hubieran dado normal, pues hubiera pasado un poco desapercibida. Pero ahora todo el mundo me abraza. Por ejemplo, los cubanos, los técnicos, me ven y ¡qué admiración!

¿Qué representa usted para los otros ciclistas que hacen parte de la selección nacional?

Me tratan como si fuera una amiguita de veinte años, me molestan. Y yo les digo que yo puedo tener más edad que la mamá de ellos. Muchos me hablan con inmensa admiración. Me dicen: “¡Ojalá llegara a los 46 como tú!”. ¡Ja!

China 2008, a centésimas y centímetros de una medalla. ¿Qué pasó?

Quedé cuarta con los mismos puntos de la tercera en la prueba por puntos, ella pasó primero el último embalaje, yo tenía que haber pasado primero. Pero, digo yo, Dios me dio la de Atenas y seguro esta era para esta niña. No me tocaba a mí.

Un momento hermoso de su carrera fue cuando participó en los Suramericanos de su ciudad, Medellín. ¿Había un sabor especial, no?

Quedé campeona de la “crono”, de la individual, por equipos y en la ruta quedé de tercera porque se me reventó la cadena. Fue lo máximo. Sobre todo ese recorrido que es en La Macarena, la llegada repleta de gente. Fue la primera medalla que ganó Colombia en los Juegos. Muy bonito.

Después de los Suramericanos de Medellín vienen los Panamericanos de Guadalajara 2011. Ganó la contrarreloj que es la prueba con la que, entiendo, va a buscar un cupo a Río 2016. ¿Por qué se ha especializado en esa prueba que es la más dura?

Son entrenamientos más largos y trabajos específicos más largos. La pista es más cortica, tres kilómetros. Aquí en la contrarreloj son de veinte a treinta kilómetros… Y mientras más maduro, más se sufre, pero más se aprende a sufrir.

¿Qué es aprender a sufrir?

Que me dolieron las piernas, entonces aflojo, ¡no! Sufro, me duelen y le doy más y más. Hay mayor capacidad de sufrimiento.

¿Qué tiene que hacer para ir a Río 2016?

Hay varias carreras de la UCI que van dando puntos a lo largo del año. Toronto es una de ellas. Y uno va sumando hasta el final que se cierre la clasificación en mayo del otro año.

¿Por qué una persona tan reservada como usted terminó en un reality como el Desafío 2013? ¿Qué le llamó la atención?

Ese año no tenía muchas carreras y yo quería como descansar o hacer otra cosa. Es que llevo veinte años en lo mismo. Era la oportunidad de cambiar en todo. Un descanso sin nada, sin celular.

Pero subió dos kilos y hasta se fracturó un dedo.

Fue el primer día, en la primera prueba y ya quebrada. Me llevaron a la clínica y yo salí en la primera prueba con los dedos pegados, ¡no, qué pena!

¿Cómo se define?

Una persona muy responsable, disciplinada, dedicada y muy pulida en mis cosas. Y muy amante de los animales.

Defina su amor por los animales.

Mejor dicho, a mí me ponen un niño con un brazo quebrado y un perrito con una pata quebrada y me voy por el perrito. Es que me da una cosa ver a un animal sufriendo, o un animal por ahí atravesado en la calle. Sufro demasiado con los animales.

¿Cómo define su amor por el ciclismo?

Mi vida, mi pasión, no podría vivir sin él. El día que me retire del alto rendimiento, creo que no sería capaz de bajarme de la bicicleta. Yo hasta que me muera, monto.

Me dice su entrenador que la tiene que obligar a descansar. ¿Si no entrena se aburre?

El último descanso fue de quince días y yo: “¡Ay, no!”. Toda aburrida. Entonces me pongo a barrer la pesebrera. Hago labores de campo, abonar los potreros. Me enloquezco.

¿Le da rabia que le hablen de retiro?

A mí me han retirado muchas veces. “¿Entonces, después de esta carrera se va a retirar, cierto?”, me dicen después de cada competencia. Pero yo no lo contemplo, nunca pienso en eso. “Qué pena, le voy a hacer una pregunta…”, y yo ya sé: “¿Cuándo se va a retirar?”.

¿Cuántas medallas de oro, cuántas de plata y cuántas de bronce ha ganado en competencias internacionales?

No tengo la menor idea.

¿Cómo puede ser posible que una deportista consagrada, con tanto esfuerzo y sacrificio, no sepa cuántas medallas ha ganado?

Eso no es posible, yo tampoco creo. Y me lo han preguntado muchas veces, pero tendría que ponerme a ver el internet y hacer la cuenta. Es que tantos años...

Según los datos que pude reunir, no oficiales, usted tiene 38 medallas internacionales: 20 de oro, 10 de plata y 8 de bronce. De las nacionales no hay datos precisos ni cercanos.

¿38?, ¿verdad? Muy berraca yo.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
Editor Jefe de la Revista BOCAS

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