Los comerciantes de la salud no tienen corazón

Los comerciantes de la salud no tienen corazón

Los nuevos atropellos se relacionan con el costo de los dispositivos médicos que usa el paciente.

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23 de julio 2015 , 07:04 p. m.

Esto clama justicia al cielo.

Los abusos que se cometen a diario contra la salud de los colombianos, y de los cuales me he ocupado varias veces en estas mismas páginas, ya no se limitan a la simple atención de los enfermos o al precio desmedido que nos cobran por los medicamentos. No es por alegrarles la vida, ni por levantarles el ánimo, pero el asunto se pone cada día peor.

Los nuevos atropellos se relacionan ahora con el costo de los dispositivos médicos que hay que ponerle al paciente, trátese de un clavo en un hueso fracturado o un pequeño aparato que sirve para destapar las arterias. Ya no se escapan ni los que sufren del corazón.

Empecemos por el principio. Déjenme explicarles, en términos cristianos, para que nos vayamos entendiendo, qué es un stent coronario. Se trata de un tubito metálico que se instala dentro de una arteria obstruida para que la destape y la mantenga abierta, de modo que la sangre siga fluyendo.

Un dentista del corazón

En el siglo diecinueve un odontólogo inglés, llamado Charles Thomas Stent, inventó un minúsculo conducto de plástico para hacer tratamientos dentales. Lo registró con su apellido, llamándolo ‘stent’, y desde entonces todos los aparatos semejantes recibieron el mismo nombre.

Fue admitido por primera vez en el Diccionario de la Real Academia Española hace menos de un año, en la edición número 23, que apareció en el último octubre. La Academia dice que en castellano debemos escribirlo “estent”.

Existen, en esencia, dos tipos de estent. El más sencillo, llamado “convencional”, es básicamente lo que acabo de decir, un muelle cuya función consiste en desbloquear la arteria. El más complejo, en cambio, es el “estent medicado”, que, además, lleva por dentro los medicamentos que necesita el enfermo. El precio de uno medicado es mayor que el de uno convencional, pero también depende del material con que lo fabrican, ya que algunos están recubiertos con una placa de platino.

Infarto por los precios

La primera causa de mortalidad en Colombia son las enfermedades del corazón. Por encima, incluso, de los homicidios. Ello se debe a las angustias de la vida diaria y al envejecimiento de la población. Cómo será que el 17,6 por ciento de todas las consultas que se le hacen al doctor tienen que ver con quebrantos cardíacos. Solo en el año 2013 se atendieron en las clínicas 7.300 casos de infarto.

A esa realidad se debe, precisamente, que cada día sea mayor la cantidad de aparaticos que se implantan en el país. Pues resulta que, en febrero pasado, el Gobierno confirmó que el costo de los estent se había salido de control. Se estaban cobrando hasta 7 millones de pesos por uno de ellos, el triple de lo que vale en Canadá, Chile, Francia, Argentina, España o Perú.

Al revisar las cuentas que el Estado paga a las empresas prestadoras por atender a la población –que es lo que se llama “el recobro”–, el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, puso el grito en el cielo: descubrió que ese sobreprecio es de 14.000 millones de pesos al año.

La cadena funciona así: la clínica se lo cobra a la EPS, la EPS se lo recobra al Estado y el Estado, como siempre, nos lo cobra a nosotros a través de los impuestos. Es decir que los 14.000 millones del despojo anual los pagamos entre todos.

Las nuevas artimañas

Entonces el Gobierno resolvió que, a partir del 5 de marzo, el precio de un estent coronario no podía pasar de 3’200.000 pesos (sin incluir el valor de la instalación). La prensa acogió con natural entusiasmo esa noticia y le dio el despliegue merecido.

Los fabricantes e importadores protestaron en el acto, argumentando que la rebaja decretada por el Gobierno era extemporánea, ya que ellos habían producido o importado sus aparatos a los precios anteriores, que les costaron más alto, y que en Colombia pagan impuestos muy elevados. Algunos, incluso, amenazaron con irse del país.

El Ministerio, sin embargo, mantuvo su decisión. Aplausos en el auditorio. Vítores en las tribunas. Pero la alegría no duró mucho porque enseguida hizo su aparición la artimaña mercantil disfrazada de astucia.

Lo primero que intentaron fue encarecer los medicamentos que el estent lleva por dentro. Pero las autoridades les recordaron que no podían hacer eso porque en la regulación también quedó incluido su contenido. Es decir que ambas variedades del dispositivo estaban bajo el mismo control.

¿Saben lo que hicieron? Fabricantes y vendedores se pusieron de acuerdo con clínicas, laboratorios e incluso algunos médicos especialistas para subirles el precio a los procedimientos que se requieren para implantarlo.
A fin de cuentas, el remedio acabó siendo peor que la enfermedad, porque ahora poner un estent vale más que antes de la rebaja decretada por el Gobierno.

‘Sin ética no se puede’

La verdad es que, desde la regulación de marzo, se ha producido una explosión de alzas en todo lo que se relaciona con instalar un estent.

–Hemos detectado grandes aumentos en los servicios coronarios –me dice el ministro de Salud, Alejandro Gaviria–. Eso incluye las ayudas diagnósticas, consultas externas, hospitalización, exámenes de laboratorio y valor de las estatinas, que son medicamentos para bajar el colesterol, lo cual es de gran ayuda para el paciente.

En la cabeza me queda sonando una sospecha terrible: ¿es que ahora se están poniendo de acuerdo, como si fueran un cartel, todos los integrantes del sistema de salud con el solo propósito de seguir cometiendo desafueros con los precios? ¿Es que aquí nadie respeta las normas ni las hace respetar? ¿Es que aquí nadie piensa en el enfermo?
–Así es muy difícil –se lamenta el Ministro–. Siempre he dicho que, para que el sector salud pueda funcionar, se necesita prudencia y conciencia ética de todos los actores. Hay que tener responsabilidad con el paciente y con los recursos del sistema. Pero así es muy difícil. Muy difícil...

Cuatro ejemplos

Cuando tuve las primeras noticias de lo que estaba pasando, me puse a conseguir cotizaciones en varias ciudades del país. Ya no sabe uno cuál es peor que la otra.

En una clínica de Cali me informaron que, sumándole todos los costos, desde el valor del estent hasta el médico y la clínica, pasando por los exámenes y la apertura inicial de la arteria, el procedimiento cuesta hoy 11,7 millones de pesos. En Bogotá me cotizaron el mismo servicio por 12 millones, por 10,3 en Cartagena y por 9,7 en Medellín.
En pocas palabras: un implante que antes de los controles de marzo costaba en promedio 7 millones de pesos en cualquier lugar del país, con todos los costos incluidos, ahora ha subido de la siguiente manera: 38 por ciento en Medellín, 47 por ciento en Cartagena, 67 por ciento en Cali y 70 por ciento en Bogotá. Y todo eso en solo cinco meses.

Un clavo saca otro clavo

Abusos parecidos se están cometiendo con el costo de los clavos ortopédicos o de las grapas que se usan en las fracturas de huesos. La comparación con países vecinos o semejantes a nosotros es sospechosamente similar a lo que ocurre con el estent.

En México, uno de esos clavos, para fracturas de la pierna, cuesta en promedio entre 7.000 y 8.000 pesos mexicanos, que equivalen a 1’300.000 pesos colombianos. En cualquier hospital de Buenos Aires vale 3.000 pesos argentinos, que son 900.000 pesos colombianos. En Panamá cobran el equivalente de 850.000 pesos colombianos. Pues sepa usted que en Colombia las empresas de salud se lo recobran al Gobierno por un precio que oscila entre 2,5 y 3,2 millones de pesos.

–En esa materia –comenta el ministro Gaviria– los abusos son muy grandes. Tanto así que Fasecolda, el gremio de las compañías de seguros, los ha denunciado desde hace rato. Estamos pensando en imponerles controles a esos implementos.

Epílogo

¿Por qué es tan complicado meter en cintura semejantes arbitrariedades?
–Porque uno expide la regulación de precio para el tornillo –explica el Ministro, a modo de ejemplo– y mañana le traen otro, con una vuelta más, y no queda cobijado por el control.

Ustedes ya saben a quién le toca pagar todas las trampas y martingalas. ¿O es que necesitan que se lo vuelva a decir? Y ellos, esos mercaderes que saquean a los colombianos, se creen astutos. Eso no es ser astuto. Eso, en castellano, tiene otro nombre. Eso se llama ladrón.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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