Una presencia perenne / Séptimo arte

Una presencia perenne / Séptimo arte

Muerte de Omar Sharif a los 83 años recuerda que algunos actores pueden convertirse en mitos.

18 de julio 2015 , 10:18 p. m.

El muy lamentado fallecimiento del actor egipcio Omar Sharif, a los 83 años y padeciendo los rigores de la enfermedad de Alzheimer, me hace reflexionar sobre la forja de una estrella, sobre la gestación de ese mecanismo químico incomprensible –e indivisible– que se da entre un actor y su público, y que pone a aquel en la memoria a largo plazo de este para convertirlo en una presencia perenne y vigorosa pese a años de inactividad escénica o de malas elecciones dramáticas. Hay algunos elementos evidentes en esta aleación: carisma, belleza, un papel que haya tocado la consciencia colectiva... sin embargo, el secreto último de la creación y permanencia de una estrella continúa siendo un delicioso misterio, que ni siquiera está relacionado con la calidad histriónica.

Con Omar Sharif ocurrió exactamente esto. Pese a venir actuando en el cine egipcio desde 1954, incluso en filmes de su compatriota Youssef Chahine, el mundo cinéfilo lo descubrió gracias al director inglés David Lean, quien confió en él para uno de los roles principales de esa megaproducción que fue Lawrence de Arabia (1962) y luego para el papel protagónico de la no menos épica y sensiblera Doctor Zhivago (1965). Amarrado por el ventajoso productor Sam Spiegel a un contrato de ocho películas, Sharif se convirtió en un comodín que bien podía interpretar a un rey armenio, a un sacerdote en la guerra civil española, a un patriota eslavo, a Gengis Kan o incluso a un oficial de la inteligencia alemana. Solo con Funny Girl (1968), de William Wyler, pudimos sentirlo cómodo de nuevo.

En una entrevista concedida a The New York Times en 1995, Sharif afirmó: “Hice tres películas que son clásicas, lo cual en sí mismo es muy raro, y todas fueron hechas en cinco años”. Después vendrían épocas de escasez relacionadas con el surgimiento de una nueva camada de directores “que estaban haciendo filmes sobre sus propias sociedades. No había espacio para un extranjero, así que de repente no hubo más papeles para mí”.

Su inveterada afición al bridge y a las apuestas lo hicieron aceptar roles indignos, pero eso no pareció afectar nunca su prestigio, blindado hacía más de cincuenta años, y que ahora al morir lo ha convertido en otro mito de este arte. Una estrella que continuará brillando en el eterno firmamento del cine.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.
Para EL TIEMPO

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