Editorial: El modelo Obama

Editorial: El modelo Obama

Triunfos históricos de la política internacional de Obama hacen que el mundo respire más tranquilo.

18 de julio 2015 , 08:51 p. m.

Difícilmente, en los años recientes, un presidente de Estados Unidos ha ajustado tan sonoros e históricos triunfos en tan poco tiempo, y en el segundo piso de su mandato, cuando apenas falta año y medio para que deje la Casa Blanca y el país se prepara para el larguísimo proceso electoral que finalizará en noviembre del 2016, con el nombre de su sucesor.

Pero Barack Obama parece destinado a hacer historia. No por nada fue elegido en el 2008 como el primer presidente afroestadounidense, y desde diciembre del año pasado ha dado con discreción, y producto de una sorprendente eficacia, dos noticias que cambiarán el panorama de la política internacional, asidas a un principio que no por clásico es suficientemente valorado: la diplomacia, el hablar con el enemigo, el convencer, no el vencer.

Por eso, el 17 de diciembre del año pasado, al comunicar casi en simultánea con su homólogo de Cuba, Raúl Castro, la noticia del restablecimiento de relaciones diplomáticas con la isla, después de más de medio siglo de hostilidades, su nombre pasó a los libros de historia.

Mas cuando, el martes pasado, se hizo el anuncio del acuerdo entre Irán y las cinco potencias atómicas, más Alemania, sobre su polémico programa nuclear, sus detractores empezaron a considerar con legítimo asombro que quizás Obama empezó a ganarse con creces el Premio Nobel de Paz que le fue otorgado en el 2009 y que en ese momento se juzgó inmerecido, o al menos prematuro.

Era el tema iraní una de las principales fuentes de preocupación del mundo. De hecho, para algunos países como Israel o Arabia Saudí, es aún una de sus mayores inquietudes, pero el acuerdo neutraliza, al menos por ahora, la amenaza de un Irán nuclear, así el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, considere que “ahora el mundo es más peligroso”. A cambio, como se dijo aquí, se levantarán gradualmente las sanciones que tanto han lastrado la economía iraní; en particular, abrirán los circuitos financieros mundiales y liberarán la venta de su petróleo.

Por lo pronto no hablan de restablecer relaciones, lo que no debería ser óbice para que se integre una amplia coalición –incluida Teherán– que logre derrotar al grupo Estado Islámico (EI), uno de los principales azotes de la humanidad. Este es un quebradero de cabeza al que Obama no le encuentra remedio.

Distinta es la historia del caso cubano. Mañana se tiene programada la apertura de las embajadas, lo que significa el punto más alto de las relaciones entre los dos países desde el triunfo de la revolución de los barbudos (1959), una feliz concreción de las negociaciones entre los dos países, que aún no sanean del todo su acercamiento porque el bloqueo o el embargo, como lo llaman de uno u otro lado, aún tiene un largo camino para ser levantado. No obstante, con la valiosa ayuda del papa Francisco, ya se dieron los pasos claves, e independientemente de quién sea el próximo inquilino de la Casa Blanca, y ateniéndose a la opinión pública estadounidense, que cada vez ve con mejores ojos la normalización, este tendría que ser uno de los temas prioritarios del próximo cuatrienio.

Ha sido una aproximación respetuosa, medida en las palabras y coherente en las acciones, que acerca a Washington a Latinoamérica y reconoce la dignidad y la influencia que Cuba ha tenido en el hemisferio.

Pero, más allá de los detalles, la gran lección que deja Obama es que la diplomacia sí funciona y que incluso es más eficaz que el cañón. Washington venía de una época oscura de guerras perdidas, o al menos no ganadas, en las que se llegó a apelar a mentiras para justificar invasiones que dejaron más caos que soluciones. La aproximación que ahora ha hecho a la realidad internacional apuntó a otra dirección, y hoy recoge frutos jugosos. Eso sin detenerse en sus conquistas internas, como el ‘Obamacare’ y la orden ejecutiva que busca la regularización de miles de ‘sin papeles’, una iniciativa que le recuerda a EE. UU. que es un país que se ha levantado como superpotencia gracias al concurso de millones de brazos inmigrantes.

Y aunque en política internacional hoy se puede estar en la cresta de la ola y mañana, hundido en un mar tormentoso, pues ha habido también graves errores y pasos en falso, el legado de Obama trasciende a su magnífica oratoria y se convierte en un apasionante modelo de estudio. Por supuesto, hay quien relativizará sus logros al decir que el Presidente pudo hacer todo esto debido a que ya había superado una reelección y a que no necesitaba los votos futuros, por lo que podía jugarse su capital político.

Es cierto, aunque también lo es que, sin su decisión política, ni su tenacidad, ni la de sus más cercanos colaboradores, no hubiera sido posible romper los viejos paradigmas que movilizaron la política exterior estadounidense y que la alejaron de la realidad internacional. Sin duda, con la filigrana de Estados Unidos, el mundo respira hoy más tranquilo.

EDITORIAL

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