Mirada desobediente

Mirada desobediente

Reflexiones y diagnóstico de la imposibilidad de imponer el poder.

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17 de julio 2015 , 02:51 p. m.

Por Ciro Roldán Jaramillo*

Reflexiones sobre la crisis de legitimidad del Estado moderno.

El poder siempre ha sido cruel. Su violencia ha sido la constante partera de su historia. La coerción es la forma final del poder, dice Wright Mills. Y el poderoso Leviathan moderno no escapa a esa crueldad institucionalizada de la máquina más sangrienta creada durante 5 siglos por la llamada modernidad.

Dos reflexiones sobre la crisis de legitimidad del Estado moderno, encabezadas por dos testigos de excepción, Tom Tyler y el citado Mills, han diagnosticado la imposibilidad de imponer el poder a la fuerza. No se legitima el poder apelando al miedo, al castigo o a la pena. Esto es lo primero que asevera Tyler en su investigación ejemplar sobre la obediencia al derecho. Pero Mills va aún más lejos. Una vez que se ha perdido la fe en las lealtades dominantes, no se han adquirido otras nuevas y, por consiguiente, hoy no se presta atención a la política del signo que sea. Ya no existen convicciones ni creencias, ni para los gobernantes ni para los gobernados. Pero se pregunta ¿qué ha pasado entonces para llegar a esta crisis del Estado moderno? Mills da un diagnóstico severo. Los viejos poderes medievales podían ser más crueles en sus métodos inquisitoriales pero nunca tuvieron la concentración de poder del Gran Hermano. Ahora son tres poderes los que controlan el mundo: el mercado y sus monopolios, la técnica y los burócratas a su servicio y el enorme aparato militar.

Este círculo vicioso del poder no obedece a una conspiración consciente pero está unido en una nueva élite de poder que destruye el Estado de derecho y sus mejores conquistas: la democracia y el derecho institucionalizado, los partidos y los gremios libres del trabajo. Mills los denomina círculos inferiores sin protagonismo político y sin capacidad de imponer equilibrio de poderes. La política y lo político se han desplazado de eje y son las corporaciones y los Estados imperiales los que imponen una justicia transnacional en desmedro del viejo Estado-nación. Ante un diagnóstico tan crudo podría pensarse en una salida catastrófica o extremista a la crisis de legitimidad estatal. Pero tanto Tyler como Mills se mantienen dentro de cánones reformistas y confían en la sensatez de una nueva ciudadanía. Ni Tyler apela a una desobediencia civil generalizada sino más bien a valores de legitimación en lugar de esas vías de coacción hechas para imponer normas sin valores; así como tampoco Mills espera que el liberalismo o el comunismo extremo rediman a la humanidad. Más bien propone una nueva estructura social mediante el rescate de la esfera pública con un servicio civil competente en lugar de esa sociedad de masas consumidoras y sometidas a la burocracia sin alma. Y en lugar de la llamada opinión pública impersonal y mediática propone una nueva intelligentsia de vanguardia que nutra los partidos, los movimientos y al público mismo.

El gran enemigo es la violencia, legalizada o no, en manos de poderes sin legitimidad. Ante el monstruo de esta crisis institucional no caben salidas apocalípticas ni redenciones mágicas. Se trata de disminuir la violencia del despojo, la opresión y la arbitrariedad pero haciendo evidentes la racionalidad y la libertad “tan ambiguas en la nueva sociedad de los EE. UU. de América”. Parodiando al filósofo: ‘Normas sin valores son vacías; valores sin normas son ciegos’.

* Profesor Universidad Nacional.

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