Los surfistas improbables del Chocó

Los surfistas improbables del Chocó

Sobre las olas algunos jóvenes practican un deporte improbable: el surf. Y esquivan la adversidad.

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14 de julio 2015 , 03:31 p.m.

El Pacífico se hincha. Las espaldas húmedas de cinco surfistas brillan como caparazones de tortugas. Suben, bajan. La serie que viene es perfecta: siete olas de cuatro metros. El poderoso océano se rompe contra el continente. Inhala, exhala. El sonido de la masa de agua contra las piedras es el rugido de una bestia. El chico bracea, se impulsa, asciende acostado sobre su tabla, mira hacia atrás, toma posición. Una muralla líquida lo levanta, él se descuelga. Es un punto mínimo en la vertical de la ola. Deja una estela como una gota que baja por una pared verde. Rasga el mar.

Es la mañana de un domingo de mayo y el cielo es una bóveda lechosa atravesada por una formación de pelícanos. A un lado, el horizonte, esa línea que separa agua y aire, se pone difusa en la bruma; al otro, la jungla se alza sobre afiladas rocas negras. Cabo Corrientes, en el municipio de Nuquí, es la combinación exacta –atemorizante y bella– de todos esos factores que producen olas potentes: vientos, mareas, corrientes, violencia. Olas de clase mundial en un lugar improbable: Chocó. Y para surfistas improbables: chocoanos. El lugar más pobre de un país pobre, donde la exuberancia natural contrasta con la miseria humana.

Contraste. Tom Wolfe describió en La banda de la casa de la bomba a los surfistas de La Jolla, California, más o menos así: adolescentes bellos, rebeldes, con el pelo del color del maíz y obsesionados con la juventud. El subproducto playero de una sociedad próspera, la insubordinación del ‘american dream’. Esos rubios de póster que podrían ser el negativo de estos muchachos de piel negra que viven en un punto remoto de un país del tercer mundo. Pero aquí, tan lejos de todo, tan en la periferia de cualquier cosa parecida a la comodidad, los chocoanos parecen encontrar lo mismo que los californianos cuando están sentados a horcajadas sobre sus tablas: el misterio del océano, efecto hipnótico de eso que Wolfe llamó el “Oh Poderoso Sobrecogedor Pacífico”.

—En una ola usted no siente rabia, rencor, pelea. No siente nada malo, solo disfrute, goce, emoción –dirá Néstor Tello mientras el goteo de agua salada cae desde la punta de su nariz. Clap, clap.

Ahora Pilli se desliza en su tabla. En la distancia, es una figurita oscura que balancea sus brazos y avanza a toda velocidad. La ola es una bestia descomunal que comienza a derramarse sobre sí misma, a colapsar en un inmenso bucle que brama a la espalda del surfista. Pilli desaparece en la espuma blanca, como tragado por un animal rabioso, pero luego de tres segundos sale por uno de los extremos aún de pie sobre su tabla, sus brazos están arriba, su boca abierta y sus dientes expuestos. Pilli grita de júbilo. Y ríe. Oh Poderoso Sobrecogedor Pacífico.

Pilli surfeando una ola en Cabo Corrientes


***

Néstor Tello (35 años) es el instructor de surf y su casa es un armazón de tablas grises y verdosas que separan cuatro espacios: dos habitaciones, una cocina, una sala. No hay puertas, ni nevera, ni sillas, ni comedor. Solo un espacio oscuro, caliente, vacío, que cuenta con una sola ventana cuyo postigo abre con un gruñido de madera. La luz entra y dos pinturas que cuelgan en una de las paredes se definen, en ambas está la playa y los animales marinos dibujados con habilidad infantil: una tortuga muy grande, un delfín muy pequeño, unos peces que parecen ochos acostados, montañas uniformes y ocres, nubes que tienen la forma del pan.

—Yo las pinté cuando estaba en la escuela. En la primaria. Este es un pez vela y esto es un morrito. Estos son pajaritos y los de allá son delfines. Siempre me ha gustado mucho el mar.

En la pared contigua hay un afiche grande, se trata de un surfista que baja casi verticalmente por la pared de una ola azul. La foto es pura épica: un hombre con los músculos tensos se agacha sobre su tabla de fibra de vidrio y doma una ola que rebosa de espuma y de amenaza. Néstor la mira un rato y dice: “Ese es un gran surfista, se llama Cory López, es de Estados Unidos. Es muy radical, imagínese esa maniobra, eso es un snap que se tiró ahí. Ufff”. El hombre sonríe y las mejillas se llenan de pliegues.

Hace cinco años, cuenta Néstor, aprendió a montar olas, cuando trabajó en uno de los hoteles cercanos –en El Cantil– donde el dueño practicaba el deporte. Allí su patrón le enseñó algunas cosas, otras las aprendió solo y surfeó todos los días. Hasta ese momento su vida era un sueño: el sueño de estudiar para ser profesor de idiomas, de conocer el mundo, de convertirse en alguien importante, de comprarse cosas bonitas. Un sueño que no se cumplía. Pero luego de pararse en una tabla despertó y sintió esto que dice despacio, enfatizando las sílabas: “El placer más grande de la vida”. Y enseguida agrega: “Yo no sé si exista algo que alegre más el corazón que estar 10 o 15 segundos sobre una ola, pero si existe, me alegro”.

Néstor bien podría ser lo que se conoce en el mundo del surf como un soul surfer, un término que se acuñó en la década de los 60 para nombrar a aquellas personas que viven la epifanía de la ola y entablan una relación espiritual con el mar sin vanidades, sin la jactancia de quien compite. Una especie de monje playero que filosofa sobre la ola rompiente. Néstor no sabe qué significa soul surfer, pero no tiene problemas para resumirlo: “El mar para mí es vida. Allí está mi pescado, mi deporte. Yo lo miro y es como mi tranquilidad, uno ve el atardecer. Uno pesca y es como llenarse de vida. El mar enseña a respetar a la naturaleza, porque el mar es fuerza, las olas pegan fuerte, entonces usted se da cuenta de que la naturaleza es poderosa”.

El hombre, delgado como una lámina, se acomoda la gorra y sonríe. Su boca es gruesa y deja a la vista una hilera de dientes blancos y fuertes. Luego se para y sale al patio de su casa, me muestra sus bienes terrenales: ocho gallinas y un modesto motor Suzuki de 15 caballos de fuerza que usa para ir, con otros surfistas, a Cabo Corrientes. Me explica que al motor hay que endulzarlo, que no es otra cosa que lavarlo con agua dulce para que la sal no lo estropee. Mientras lo limpia, habla de su mar, de las olas, de los niños a los que les enseña el deporte para que sientan lo mismo que él. Dice que al principio fueron 15 niños, luego 30 y que ahora tiene 60 alumnos en Termales –su pueblo– y otros 30 en la población vecina de Partadó.

—El mar enseña muchas cosas.

—¿Qué enseña?

—Enseña a tener paciencia, por ejemplo. Hoy el mar está calmadito, pero en la otra semana pueden estar cayendo olas gigantes. Uno tiene que esperar a que caigan las olas. Además es el único deporte que se relaciona ciento por ciento con la naturaleza. Con el surf usted no necesita hacer una cancha o una pista: la ola está ahí, pero si daña el lugar, la ola se le va.

Luego se queda callado un par de segundos, como dudando, y dice:

—Lo otro es que con el surf los pelados se alejan de los grupos al margen de la ley, del narcotráfico, que es como el medio más fácil de plata que hay. Hace unos años estuvieron por la zona invitando a los jóvenes para trabajar, dándoles armas, ofreciéndoles sueldos. Y eso tienta a muchos jóvenes, porque aquí es difícil trabajar y tener mensualmente un dinero. Entonces por medio del deporte es posible que la gente coja una buena disciplina, que busque otras cosas y eso hace que se mantengan bien y no sean malos.

Entonces su lógica es esta: es mejor irse al mar que irse al monte.

Néstor Tello, el instructor de surf en Termales y Partadó.


***

La habitación de la posada en la que me hospedo es un cubo de madera con dos camas, dos toldillos y una pequeña mesa. Una araña huesuda y gris, como la mano de una anciana, reposa detrás de la cabecera y luego desaparece veloz detrás del catre. Afuera el sol escondido detrás de nubarrones carga el aire con viscosidad. La brisa es apenas un vaho lento y caliente y la superficie platinada del mar produce olas enclenques.

Termales es un caserío alargado que se riega a lado y lado de una terrosa calle principal. Son 45 casas fabricadas, en su mayoría, con tablas ajadas y grises. Hay poco: Una tienda, un par de posadas, una escuela primaria y un bar. También hay perros y gatos flacos que salen de todas partes y husmean por ahí. Señoras que barren o se sientan afuera de sus casas a ver particularmente nada. Hombres sentados en sillas plásticas que, luego de pescar, desocupan botellas de ron. Y niños descalzos y delgados que les agarran la cola a los perros o se esconden detrás de las señoras o miran a los hombres o solo corren y se persiguen entre ellos. Los 237 habitantes parecen contemplar, sin afanes, cómo los días nacen y mueren.

Al caminar por la única calle del pueblo, con el océano a la izquierda y la jungla a la derecha, es fácil armar una bella postal del atraso y pensar en todas esas virtudes que se le endilgan a la vida que –con ligereza– llamamos ‘simple’: el mar y la tierra proveen el alimento, la vida transcurre a una velocidad quelonia, un jardín jurásico se levanta en el patio trasero. Pero la ingenuidad tiene la fragilidad de una burbuja y la evidencia termina por probar que la vida simple suele ser la vida dura. Es decir, ese tipo de vida que se vive en un lugar donde no hay empleo, ni salud, ni educación, ni electricidad ni agua potable. Donde la mortalidad infantil se multiplica por cuatro, donde la esperanza de vida es de 58 años. Donde los grupos armados y el narcotráfico acechan y tientan.

A las cuatro de la tarde el silencio se acaba. La clase de surf comienza y 25 niños entre los 5 y los 17 años se arremolinan en la playa. Ryan Butta, un australiano que desde hace tres años visita la zona –y que junto a su esposa, Carolina Salamanca, y su amigo Mike Keough creó la fundación Buen Punto para apoyar a estos deportistas–, va chocando los puños con los chicos que empiezan a rodearlo. También va contando historias como estas: “Diana Marcela –12 años– en el primer torneo en Barranquilla quedó segunda” o “en el segundo torneo en Santa Marta, Pilli –19 años– llegó en tercer lugar en el abierto masculino” o “Paco –14 años– dejó novia cuando lo llevamos a Australia” o “esta niña –una pequeña de ocho años que ahora le rodea la pierna con un brazo y chupa una bolsa plástica– estuvo muy enferma, vomitó un gusano así de grande –y separa ambos índices 15 centímetros para dar la idea del tamaño–”. Lucero, Carru, Rosa, Mónica, Norlady, Karen, Juliana, Jenny, Manuela, Mariela, Camila, Gayli, Gamisa, Laysi, Lady, Mariana, Paco, Jason, Jeyfi, Pilli, Gabriel, Juan Carlos, Camilo, Didier, Juan, Zarco. Todos le hacen bromas, le agarran la mano, le cuentan cosas, juegan con él. El tipo, largo y blanco, ríe.

Néstor, el entrenador, les pide a sus alumnos que se sienten y les indica lo que deben hacer en el agua, les repite cómo acomodar el cuerpo, cómo remar con los brazos, cómo pararse, cómo cazar la ola. Luego propone un juego para calentar y más tarde les entrega las tablas para que se metan al mar. Entonces hay surfistas de 90 centímetros sobre olas de 30. Niños que se paran en sus tablas y despliegan habilidades durante los 10 o 15 segundos en los que una ola se convierte en ese fenómeno magnífico que se levanta, se encrespa y se vuelve pura felicidad líquida, para luego convertirse en un suave baño salino en la arena.

Ryan, con la mirada en los surfistas, que a esta hora son siluetas delineadas por un sol naranja que se sumerge en el horizonte, dice que el club de surf tiene reglas que Néstor ha puesto, como que todos los niños deben asistir a la escuela, que deben sacar buenas notas o que no pueden matar nada, porque “si matas una iguana, por ejemplo, te quedas tres meses sin tabla”. También dice que con poco se puede hacer mucho y que buena parte de las donaciones –tablas, alimentos, ropa, filtros para el agua– las ha logrado reuniendo recursos con sus amigos, con algunas empresas o haciendo pequeños eventos como exposiciones fotográficas. “Con esos fondos también le cubrimos los gastos a Néstor y hemos mandado a estos chicos a competencias en Barranquilla, en Santa Marta, en San Andrés y en Perú. Y el año pasado seis niños fueron a Australia gracias a un programa de la Cancillería que se llama Diplomacia Deportiva”.

Ryan Butta, fundador de la fundación Buen Punto, junto a Adela y su hijo Santiago.


***

Un muy breve resumen histórico podría decir lo siguiente: hace 300 años el surf era un ritual para los nativos hawaianos. Entonces los sacerdotes le rezaban al mar para que ofreciera buenas olas y la nobleza tenía prelación para demostrar sus destrezas sobre tablas de siete metros, luego el pueblo podía lanzarse al mar sobre unas tablas más modestas de tres metros. Era una diversión que conjuraba rencillas y que incluso resolvía disputas amorosas en favor del más hábil y osado. Con la llegada de los europeos a la isla la costumbre decayó y fue hasta principios del siglo XX cuando el campeón olímpico de natación Duke Kahanamoku la trajo de vuelta y viajó por el mundo con su tabla tradicional. Luego, durante las décadas de los 30 y 40 ganó popularidad, pero el verdadero pico llegaría en los 60 con nuevos diseños y materiales para las tablas y con surfistas que se convirtieron en leyenda, como Greg Noll, que el 4 de diciembre de 1969 cabalgó la que se cree la mayor ola surfeada, una masa de agua de seis pisos de altura en la playa de Makaha (Hawái), producto de una tormenta en el Pacífico Norte. En esa misma década, los Beach Boys compusieron el que sería uno de los himnos de los surfistas, Surfin’ USA. El deporte se hizo un estilo de vida, incluso una propuesta estética y, durante la segunda mitad del siglo, se esparció por el mundo.

A Termales llegó hace una década, con el turismo que arribaba a la zona en busca de las migraciones de ballenas y de algunas olas. Los chocoanos más jóvenes quedaron impresionados. Algunos de ellos recogieron las tablas rotas o viejas que dejaban los visitantes, otros levantaron el colchón y sacaron las tablas de la cama.

—Santiago cuando tenía unos seis años –ahora tiene 15– me sacaba las tablas de la cama, con Mateo, mi otro hijo. Entonces encontraba las tablas por allá todas mojadas y me tocaba regañarlos –dice Adela, una mujer grande, a la que el cuerpo entero le tiembla cuando se ríe con el recuerdo y que sueña con que su hijo se convierta en surfista profesional.

—También hacíamos tablitas de balso, una madera que flota bien. Nos poníamos de pie en esas tablas. Eso era como a los 10 años –contará Pilli.

El surf, aquí, fue un acto de voluntad.

Al rededor de 90 niños toman clases de surf de manera gratuita.


***

Ahora Pilli camina por la playa conmigo. La arena gruesa y marrón está cubierta por miles de cangrejos diminutos que se abren a nuestro paso como una cortina viva. Vamos hacia Partadó, donde le ayuda a Néstor a dictar clase. Pilli usa unas gafas de piloto tornasoladas, una gorra blanca desgastada y una camisa azul. Pilli quiere verse como esos surfistas que ve en las revistas que le trae Ryan. Hace lo posible. Habla de su viaje a Perú, que le pareció “supermaravilloso”, aunque no pudo competir, también de la primera vez que participó en el abierto masculino en Barranquilla, en el que quedó quinto entre 50 participantes.

—He soñado surfear otras olas y aprender de todas las olas, y conocer Chile, Brasil… bueno, muchos países.

Atravesamos las desembocaduras de un par de ríos, hacemos la mitad del camino que recorre todos los días para ir a la escuela en Arusí –dos kilómetros más allá de Partadó, que está a dos kilómetros de Termales–, donde cursa décimo. Pilli cuenta su biografía, dice que cuando era muy pequeño sus padres lo dejaron al cuidado de una tía de su mamá, “no me ponían buen cuidado y yo vivía así, comía arena, no tenía nada”. Luego sus padres regresaron cuando cumplió nueve años y lo dejaron al cuidado de su abuela y después, cuando tenía 14 años, se lo llevaron a vivir con ellos. También dice que a su papá no le gusta que surfee, que preferiría que estuviera pescando, pero “él no sabe la impresión que uno tiene, lo que uno siente cuando uno está en el agua”. Enseguida calla y un segundo después sonríe.

—La primera vez que surfee fue porque el hermano de Tello vino a hacer surf aquí en la playa. Yo estaba con unos chicos jugando fútbol, tenía como 10 años. Yo le dije “présteme la tabla que seguro yo lo hago”. Y las 10 primeras olas me dieron revolcones, golpes, me caía, pero yo presentía que me iba a poner de pie, porque lo veía superfácil. Hasta que al fin logré coger una olita y me paré como unos cinco segundos. Yo sentí como una emoción, como una vibra diferente y desde ahí empecé a surfear.

Al fondo aparece Partadó y 30 pequeños surfistas. La tarde anfibia. La oferta ondulante del océano, los cuerpos zambulléndose como si regresaran a la seguridad amniótica. La insinuación de una felicidad distinta, tan compleja como primitiva. Una felicidad escapista.


***

Jonathan no habla mucho. Es un tipo duro, de mirada dura. Apenas está dejando la adolescencia, pero su cuerpo es puro músculo. Esta mañana alistó su tabla y se sentó en la parte de atrás de la lancha. Cruzó los brazos. Las conversaciones las resolvió con dos frases cortas. Cuando habló salió una voz suave, casi susurrada. Le falta un diente delantero. Me contarían que su mamá se lo voló de un palazo, también que desde que era un niño tuvo que criar a sus cuatro hermanos. Jonathan no dice nada. Tampoco parece buena idea preguntarle. Él solo mira con dedicación a la nada.

En Cabo Corrientes tira su tabla al agua y luego se tira él mismo. Rema varios metros. Caza una ola y se cae. Litros de agua salada lo mandan al fondo. Luego sale, lo intenta de nuevo varias veces. Logra deslizarse. Se aleja de Pilli, de Néstor, de Santiago. Monta dos buenas olas y se sienta sobre su tabla. Se queda ahí, balanceándose en el oleaje. En su boca hay una línea blanca interrumpida por un espacio negro. Jonathan está sonriendo.

Es lo que él recibe del surf.

Es lo que todos reciben del poderoso y sobrecogedor Pacífico.

 

*Julian Isaza es el autor del libro crónicas 'Alucinación o barbarie' (Ediciones B).

JULIAN ISAZA
julisa@eltiempo.com

 

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