La Jagua, el pueblo donde hasta el alcalde dice creer en las brujas

La Jagua, el pueblo donde hasta el alcalde dice creer en las brujas

Pueblos insólitos: En este corregimiento del Huila más de uno cree que 'las hay'.

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13 de julio 2015 , 09:55 p.m.

Cada noche José Sánchez llena su cuarto con platos de mostaza y botellas de agua bendita que ubica en los rincones. También pone libros con imágenes, oraciones a los santos y hasta cabezas de ajo debajo de la cama.

Semejantes costumbres de este hombre de 72 años no son para invocar espíritus ni curar enfermedades, sino para ahuyentar o espantar ‘seres extraños’ que lo persiguen y no lo dejan dormir en su casa que está junto a la desembocadura del río Suaza al Magdalena, en La Jagua, un apacible corregimiento ubicado a 10 minutos del municipio de Garzón (Huila).

La precaución de este huilense, que por largos años fue campanero de la iglesia La Inmaculada Concepción de La Jagua, no es para menos porque en ese centro poblado, dice, abundan las brujas. Tanto así que se ha vuelto famoso por las supuestas apariciones de esos ‘seres extraños’ de nariz afilada, que nunca apagan el tabaco, ríen a carcajadas y siempre usan el color negro para confundirse con la noche.

“El olor del ajo y la mostaza ahuyenta las brujas voladoras, mientras que el agua bendita las mantiene a raya”, dice Sánchez, el hombre que, dicen los pobladores, más sabe de brujas en este tranquilo corregimiento de 308 casas construidas en tierra y de calles empedradas, que fue municipio hasta 1936 y donde muchos creen que esta tierra es la cuna del Sabio Francisco José de Caldas.

Aquí sus 1.400 habitantes solo hablan de brujas y José Sánchez reconoce que, de tanto leer y escuchar sus historias fantásticas, aprendió a conocerlas al punto que fue el primero en dividirlas en hechiceras y voladoras.

“La Jagua está inundada de brujas voladoras chismosas que pasan la noche en las cumbreras de las casas”, dice.
De su memoria saca la historia de Raquel, una experta en maleficios que por su maldad fue “agarrada por la gente” y llevada a una hoguera pero cuando estaba a punto de arder, su grito de perdón le salvó la vida. “El alcalde no la dejó quemar, luego voló y nadie volvió a saber de ella”, narró Sánchez.

El aprendió a conocerlas desde cuando estudiaba y en su dormitorio siempre había dos camas, “una para mí, y otra con sabana y cobija por si acaso una bruja le daba por acompañarme”.

Es tanta su cercanía que hasta lo han chupado y le dejan moretones en todo el cuerpo que al cabo de un día desaparecen como por arte de magia. “Los chupones son un misterio pues uno no siente nada y solo al día siguiente descubre el cuerpo lleno de morados, pero desaparecen cuando trato de ir al médico”, señala.

Para él las brujas de La Jagua no son más que “espíritus inofensivos” procedentes de Europa, de donde huyeron para evitar la muerte en hogueras.

“En Europa eran muy atacadas y al Huila llegaron por la ruta del río Magdalena, pero me llama la atención que de tanta tierra que tiene este departamento, se enamoraron de La Jagua, donde decidieron quedarse para siempre”, dice, pero aclara que “nunca las he visto y solo escucho sus carcajadas cuando se posan en la escombrera de lacasa”.

Quien sí asegura haberlas visto, y de frente, es José Luis Téllez, un tecnólogo en contabilidad del Sena que tuvo esa negra experiencia una noche del 2010 en el corregimiento cuando caminaba hacia su casa. Faltando unos minutos para la media noche notó que los pocos Almendros, Totumos, Acacias y la Ceiba del parque, estaban quietos. Ni siquiera sus ramas largas se movían.

“Cuando me detuve a orinar, de una Acacia frondosa cayó una mujer vestida de negro que tenía los dientes dañados y una nariz larga y afilada”, contó Téllez sorprendido porque a esa extraña figura, de contextura delgada y rostro cubierto de arrugas, no le vio piernas pero sin embargo montaba sobre una escoba larga que despedía llamaradas de candela.

Trató de gritar para pedir ayuda y no le salió voz. Quiso correr y sintió sus piernas pesadas, como encadenadas. También intentó mover los brazos pero ni las manos le respondieron. Estaba paralizado. La extraña mujer no le quitaba sus ojos brillantes de encima con lo que su mirada penetrante lo puso a sudar frío.

Lo único que hizo fue orar mentalmente buscando la ayuda de Dios con lo que tras una veloz carrera llegó a su casa sintiendo que algo lo perseguía.

“Llegué muerto”, señala, y su sorpresa fue enorme al día siguiente cuando descubrió una especie de morados en el cuello, la espalda y cintura. “La bruja me chupó mientras dormía, pero yo no sentí absolutamente nada”, señaló Téllez, y agregó que cada morado tenía agujeros diminutos.

“Yo no creía en brujas, pero ahora estoy convencido que las hay las hay”, aseguró el alcalde de Garzón, Delio González, al que tampoco lo dejan dormir estos extraños seres que parecen sacados de ultratumba.

Relata que en las noches algo extraño, parecido a una mujer con cabello largo, se acuesta a su lado y todos le dicen que se trata de una bruja, “pero como no la he visto es imposible describirla”. Cada vez que la bruja llega a su cuarto, él queda paralizado, inmovilizado de pies a cabeza y ni siquiera los ojos o la boca puede abrir para pedirle ayuda a su esposa.

“En La Jagua cada persona tiene una historia, un relato o una experiencia con brujas”, afirma el alcalde de Garzón.
En La Jagua, donde la mayoría vive de la agricultura, pesca, artesanías y turismo, sus habitantes recitan de memoria que provienen de una comunidad indígena y, que por su ubicación y los restos arqueológicos hallados, este fue sin duda un lugar de importancia ceremonial de antepasados.

“Somos una región rica en cultura tradicional, provenimos de pueblos ancestrales cargados de historia y tradición”, dice el estudiante Fernando Trujillo, y su vecino Carlos Quintero, un joven que elabora figuras en papel y cartón para llevar al desfile de las brujas en las fiestas que se hacen cada año en septiembre, afirma que el mundo conoce a La Jagua por ser un pueblo de brujas.

“Se propagaron y se quedaron en esta zona porque en el siglo pasado los brujos hechiceros del sur llegaban a La Jagua a practicar rituales, conjuros y maleficios”, afirmó Quintero, y agrega que en las fiestas “medio pueblo termina disfrazado de brujas”.

En la esquina del parque, junto al templo, vive María Téllez en una casa antigua de 12 cuartos, y ella es conocida porque hace parte del grupo de mujeres que no les tienen miedo a las brujas. “Yo me acostumbre a vivir con brujas”, dice, y aunque nunca las ha visto, sí las escucha cuando caen en el techo de su vivienda produciendo un estruendo semejante a lacaída de una maleta pesada.

Al evocar cuentos de su abuela, relata que en una oportunidad los niños del poblado se vieron afectados por la aparición de chichones en sus cabezas y cuando descubrieron que se trataba de maleficios de brujas voladoras, la gente enfurecida tomó a dos brujas y las quemó en la ribera del río Suaza.

“Yo no sé cómo las cogieron porque son espíritus, pero lo cierto es que las amarraron a un árbol para impedir que huyeran en sus escobas”, dijo María Téllez.

El único que no las ha visto es Rufino Bermeo, el sacerdote de La Jagua, quien asegura que “jamás he visto una bruja voladora, pero sí quisiera conocerlas”.

“A veces salgo a caminar las calles en la noche, pero nada, a mí no se me aparecen ni para saludarlas”, afirma el sacerdote Bermeo, y señala que “todo esto son narraciones que hacen parte de los mitos y leyendas que nacen en la imaginación de la gente”.

Cree que todo proviene de una herencia generacional pues en el pasado la zona fue un asentamiento indígena de brujos y hechiceros que dejaron su tradición y relatos cargados de mucha imaginación.

“La gente le pone vida a toda esa tradición”, señala. Luis Carlos, un conductor, siempre lleva agua bendita en su camión, pero ni así ha podido espantarlas.

Dice que en las noches una bruja de avanzada edad vestida de negro se sienta a su lado sin decir nada ni mirarlo y “al cabo de unos minutos desaparece”.

Hasta casas embrujadas abundan y una de esas es la del pintor y escultor Emiro Garzón, quien asegura que las brujas "son mujeres convertidos en espíritus", y recomienda el olor penetrante del ajo para espantarlas.

Su casa antigua y de patio enorme donde pone a volar su imaginación, está habitada por pequeñas esculturas en bronce y pinturas alusivas a las brujas. "Yo soy un brujo, pero de la creación artística", afirma el maestro Emiro Garzón.

FABIO ARENAS JAIMES
Enviado especial de EL TIEMPO
La Jagua (Huila)

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