Así viven los indígenas ancianos en Bogotá

Así viven los indígenas ancianos en Bogotá

Estudio de Secretaría de Integración muestra las mayores dificultades de esta población vulnerable.

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12 de julio 2015 , 09:38 p.m.

“Lo que más recuerdo del territorio es donde enterraron mi ombligo. Es que allí fue donde nací, mi territorio de origen”, le contó Diatto Yepamaso a investigadores de la Secretaría de Integración Social, durante una investigación. Es una anciana del pueblo Tubú, cuyo emplazamiento original quedó en Vaupés, límites entre Brasil y Colombia. Hoy habita en Bogotá.

Su voz sintetiza parte del sentimiento que embarga a los adultos indígenas que viven en la capital y que llegaron por los desplazamientos detonados por la violencia en sus lugares de origen. Dicha secretaría adelantó un análisis denominado ‘Diagnóstico psicosocial del proceso de envejecimiento y su impacto en la vejez de personas de los sectores sociales indígenas’.

El informe revela las condiciones de vida de estas personas. Su nostalgia constante, más allá del tiempo que haya pasado desde su cambio de hábitat, es por el territorio que dejaron. En Bogotá habitan miembros de 14 pueblos diferentes y el estudio, enfocado en los adultos mayores, señala que la separación que padecieron del territorio es el mayor determinante de factores de riesgo, pues genera rupturas a nivel social, económico, organizativo y psicológico.

“Esto termina por desencadenar conductas y sentimientos como inseguridad, incapacidad, soledad, desorientación, crisis y preocupación”, sostiene el documento. Luis Alberto Fiagama, adulto del pueblo Uitoto (proveniente de Amazonas), dice al respecto: “Cuando uno recién llega, uno no sabe vivir en la ciudad, no sabe cómo rebuscarse acá, uno queda en cero. Ese es el dolor, el impacto más fuerte”, reforzó.

En términos concretos, los investigadores encontraron que estas condiciones “extrañas” de urbanización han generado debilitamiento o pérdida de elementos culturales como la lengua madre, sus oficios tradicionales y la gastronomía con la que crecieron e interactuaron hasta padecer el alejamiento de su entorno de origen.

Para afrontar la amenaza de perder su cultura, las comunidades han adelantado estrategias. Se destacan entre estas: “Hablar exclusivamente en su lengua dentro del hogar, vivir en barrios cercanos o dentro de una misma vivienda, reuniones constantes entre los miembros de la comunidad, organización de actos festivos y fortalecimiento de redes de apoyo”.

Diversas dependencias del Distrito, entre estas las secretarías de Integración Social, Hábitat y Desarrollo Social les hacen acompañamiento.

“A pesar de estar en las ciudades, los Misak nunca dejan de ser Misak, en el pensamiento, la cultura, la cosmovisión, en general vivimos en un territorio imaginario”, manifestó José Antonio Yalanda, Misak (o Guambiano, del departamento del Cauca).

En ese contexto comunitario, los adultos son claves, porque son los que nacieron y se criaron en el territorio original. Para los indígenas, los veteranos tienen un significado distinto al que usualmente se tiene en la sociedad ‘occidental’, advierte el análisis.

“En nuestra cultura no tenemos esa concepción de viejo. Existen las condiciones de Taita (persona de autoridad) o Tatsëmbuá (persona de conocimiento), Bacó o Batá (hombre y mujer mayor), porque la vejez no la medimos por los años”, enunció Carlos Chindoy, del pueblo Camëntsá (desplazado de Putumayo).

A partir del análisis se plantearon lineamientos para la actual administración y la que empieza en 2016. Se sugiere, entre otros, un “subsidio diferencial de mayor monto para indígenas adultos, y la compra de predios rurales para crear una reserva indígena aledaña a Bogotá”.

En salud, la investigación estimó que se debe garantizar cubrimiento del cien por ciento de los medicamentos en el Plan Obligatorio de Salud. Así mismo, se debería “retirar la cuota moderadora para la población mayor. También se plantea la necesidad de vincular a los médicos tradicionales indígenas, buena parte de ellos ancianos, al sistema de prestación de salud. Esto garantizaría una protección a los saberes de los pueblos”.

EL TIEMPO

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