Srebrenica, 20 años de una masacre que aún le duele a Europa

Srebrenica, 20 años de una masacre que aún le duele a Europa

Más de 8.000 musulmanes asesinados dejó la peor atrocidad del continente tras la II Guerra Mundial.

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10 de julio 2015 , 06:19 p. m.

“No llore, por favor no llore, que para usted no solo sale el sol, sino que también brilla”.

Aiša Omerovic ve a una estudiante inglesa desmoronarse después de escuchar su historia, y la de otras madres, en el Memorial y Cementerio de las Víctimas del Genocidio de Srebrenica. La joven visita, con sus compañeros de clase, un par de profesores y un traductor, el lugar en el que ya han podido ser enterradas 6.241 de las 8.372 víctimas que se calcula dejó el peor genocidio sucedido en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, la masacre de prácticamente todos los hombres musulmanes de esta ciudad y de otras vecinas, en el este de Bosnia-Herzegovina.

Y es ella, la madre –quien también habla como hermana, tía, sobrina y prima de las víctimas– que alienta con su voz a una joven que, confiesa luego, desconocía que algo así había ocurrido, hace tan poco tiempo, en el continente en el que vive. Le da vergüenza, reconoce.

“Yo puedo ver el sol; para mí ya no brilla”. En Srebrenica, Aiša perdió a 32 miembros de su familia, entre ellos su esposo y su hijo. Todavía no ha podido decirles adiós a todos. De varios solo aparecieron algunos huesos en fosas comunes, nunca el cuerpo completo. Tiene razones de peso para llorar, pero los años parecen haberle secado las lágrimas.

Aunque todos los días se ve a varias haciéndolo individualmente, el 11 de cada mes, ella y las demás se reúnen en el Memorial para rezarles a sus muertos y desaparecidos.

La conmemoración es más sentida cada 11 de julio, el día de 1995 en que las fuerzas serbias se tomaron la ciudad, que dos años antes había sido declarada por la ONU “zona segura” y en ese momento estaba bajo la protección de un batallón de cascos azules holandeses. Y hoy será más especial, pues se cumplen 20 años del genocidio.

Sufrimiento previo

Aunque lo peor sucedió entre el 11 y el 17 de julio, la situación para la población musulmana del este de Bosnia se hizo insoportable mucho antes. En una reconstrucción del genocidio y los crímenes de lesa humanidad cometidos en la zona, hecha por investigadores y jueces del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY), se estableció que en enero de 1995 Radovan Karadzic, presidente de la autoproclamada República Srpska y uno de los principales ideólogos del ultranacionalismo serbio de los años 90, ordenó “ejercer presión sobre todas las áreas seguras de la ONU del este de Bosnia” e “interceptar y reducir las provisiones de comida, agua, medicinas y combustible para la población civil” de esta.

Las áreas seguras y desmilitarizadas a las que se refería la orden, establecidas en 1993 y bajo la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas, eran las de Srebrenica, Zepa y Gorazde.

“A veces teníamos que golpear puertas para suplicar por comida, era humillante. Vivíamos con sed. Cuando empezaron a caer provisiones de la ONU en aviones, la gente se iba desesperada en las noches al bosque, con antorchas, para buscarlas. En el día era muy peligroso, por las balas. Casi siempre eran latas de carne vieja, granos, nunca vimos comida fresca, una fruta o una legumbre, pero teníamos tanta hambre que todo nos sabía a paraíso”.

Ese es el recuerdo de Hasan Hasanovic, quien antes de sobrevivir a la masacre tuvo que desplazarse con su familia de ciudad en ciudad, y vio cómo la situación no dejó de empeorar para los bosnios musulmanes desde que en 1993 llegaron a Srebrenica, única ciudad de la zona donde se sentían seguros.

“Como no había electricidad y nada funcionaba, también era muy aburrido pasar las horas. Solo había casas llenas de gente y gente”, cuenta. “Nuestra libertad era muy reducida, solo podíamos movernos unos 12 kilómetros de lado y lado, hasta donde se acabaran los enclaves protegidos por la ONU. Estábamos sitiados por los serbios”, añade. Así, Srebrenica, localidad de no más de 30.000 habitantes, llegó a tener casi el doble.

El 7 de marzo de 1995, Karadzic emitió la directiva 7 con la “estrategia a largo plazo” para aislar por completo los enclaves. Y el 31 de marzo, el general Ratko Mladic, comandante del Ejército de la República Srpska, firmó la directiva 7,1, que ordenaba a los soldados serbios “iniciar operaciones activas de combate en el área”.

“Nosotros no buscamos venganza. Escríbalo ahí bien claro. Queremos verdad y justicia. Queremos que nuestros muertos aparezcan y que los culpables paguen por sus crímenes”, dice Hatida Mehmedovic, presidenta de la Asociación de Madres de Srebrenica.

“Algunos dirigentes serbios han venido a pedir perdón, pero ese país nunca ha reconocido oficialmente que esto fue un genocidio. Mientras no lo hagan, ese será un perdón falso, mentiroso”.

Hatid¿a regresó a Srebrenica en el 2002 sin sus dos hijos, sin su esposo, sin sus dos hermanos, sin sus cuatro sobrinos. El día que los vio por última vez jamás, jamás imaginó que sería eso, el último. “Era imposible pensar en tanta crueldad, nunca creí que fueran capaces de asesinar a unos niños indefensos e inocentes, por ejemplo. ¿Dónde cabe tanta crueldad? ¿En qué mente tan perversa?”.

La marcha de la muerte

En la tarde del 11 de julio, tras unos bombardeos de la Otán sobre objetivos serbios largamente solicitados, varios ataques directos a los puestos de la ONU y la amenaza de los serbios de matar a los soldados holandeses que tenían como rehenes, Mladic y sus hombres entraron triunfalmente a Srebrenica, seguidos de un equipo de la televisión serbia.

Desesperados, entre 20.000 y 25.000 civiles comenzaron a huir hacia una base que la ONU había establecido días antes en Potocari, unos 6 kilómetros al norte (donde hoy se ubica el Memorial y Cementerio).

Durante la guerra de Bosnia, cientos de mujeres musulmanas caminaron hasta la ciudad de Potocari para buscar refugio. Reuters

Casi todos eran niños y mujeres. El comandante de los cascos azules, coronel Thomas Karremans, asignó a unos 30 soldados de su reducido batallón para que organizaran la llegada masiva, pero muy pronto esta misión se reveló imposible pues ni el espacio ni las provisiones estaban pensadas para tanta gente.

La crisis humanitaria era evidente. Sobraban el llanto, el hambre, la sed, las enfermedades. Olía a miedo. A pánico. “A los hombres que había allí los serbios los separaban del resto y se los llevaban en buses, no sabíamos a dónde. Nosotros podíamos ver su sufrimiento y su angustia. Nos gritaban que sabíamos que los iban a matar y no estábamos haciendo nada para evitarlo, lloraban, nos suplicaban por ayuda, una ayuda que ya no estábamos en capacidad de darles”, narró luego ante el TPIY uno de los soldados de la ONU.

Sin embargo, la mayoría de los hombres, sospechando que serían asesinados si caían en manos serbias en Potocari, decidieron formar una columna junto con algunos miembros del ejército bosnio para huir a través de los bosques de la región y llegar a Tuzla, una ciudad a 110 kilómetros.

Hasan, de entonces 19 años; uno de sus hermanos, de 16 años, y su padre estaban en esa columna, en la que había casi 15.000 hombres. Su madre y su hermano menor, de 12 años, se quedaron en Potocari.

¿Cómo fue ese momento de la separación? “Ni siquiera tuvimos tiempo de decirnos adiós, de ser conscientes de que nos estábamos separando. Solo tuvimos tiempo de salir corriendo a través del bosque y de que ellos se alejaran.

El 12 de julio, aún de madrugada, los serbios empezaron a dispararles y fue el caos; se perdieron de su padre y su hermano, y nunca más volvió a verlos. “Empecé a ver cómo caían hombres delante de mí; eran tantos gritos, tantos cadáveres... Dios, era horrible. Las balas me rozaban”.

En los cuatro días que siguieron, Hasan caminó casi sin parar y sin dormir en medio del bosque. Vio a muchos alucinar, gritar con desespero que se rendían, que los asesinaran allí mismo, que no podían más.

“El 15 de julio, los serbios empezaron a gritarnos: “Perros, ríndanse”. Me asusté como nunca antes en mi vida. Me eché al suelo para protegerme”. Hasan pasó todo el día escondido. A la mañana siguiente, todavía no entiende muy bien cómo, llegó a Tuzla y supo que había sobrevivido al infierno.

A esa “marcha de la muerte” se le opondrá hoy, 20 años después del genocidio, una “marcha de la paz”, a la que se espera lleguen al menos 20.000 personas que caminarán durante tres días en el sentido contrario: de Tuzla a Srebrenica, pasando por el Memorial y Cementerio, donde tendrá lugar una ceremonia en homenaje a las víctimas.

Las ejecuciones en masa de los hombres musulmanes (de 14 a 85 años) tomados como prisioneros por los serbios se llevaron a cabo entre el 13 y el 17 de julio en fábricas abandonadas, canchas de fútbol, colegios, centros culturales y algunos descampados.

Según se ha documentado, siguieron asesinando hasta el 21 de julio. La campaña de terror también incluyó quemar casas y violar y matar a algunas mujeres y niños.

En muchos casos, cuando caían muertos, los serbios apilaban y recogían los cuerpos con máquinas retroexcavadoras antes de tirarlos a fosas comunes.

A otros los lanzaron al río Drina y hubo cientos de víctimas que fueron obligadas a cavar el hueco al que iban a caer después de recibir las balas, que casi siempre llegaban por la espalda, a uno o dos metros de distancia.

A esas fosas las llaman ‘tumbas primarias’ los jueces del TPIY, pues luego se supo que, entre septiembre y octubre de 1995, los serbios exhumaron miles de cuerpos para dispersarlos en tumbas secundarias, con el fin de distraer a los que investigaban sus crímenes.

Los pocos que se salvaron en los sitios de ejecución lo hicieron porque fingieron estar muertos tras la ráfaga de tiros. “Es muy difícil para mí describir lo que viví. No lo he visto ni en las peores películas de horror que existen”.

Antes y después

En Srebrenica parece no haber nadie que no tenga un familiar muerto durante el genocidio o que, directamente, no haya sobrevivido a este. Sin embargo, lo que impera es la cultura del silencio. Casi nadie habla de lo que pasó.

“Aquí la gente vive con miedo de hablar de lo sucedido; los musulmanes temen que los oigan los serbios. Sé de escuelas en las cuales prefieren no enseñarles lo que pasó a los niños, y eso es muy triste porque, si no lo saben y no lo entienden, heredarán nuestros odios”. Cuando aún no había empezado la guerra nos mezclábamos sin problema entre bosniacos (como se les dice a los bosnios de religión musulmana), serbios (casi siempre ortodoxos) y croatas (católicos). Ahora, eso es imposible”, asegura Hasan. Esa es una, otra más de las huellas del genocidio.

Srebrenica es hoy una ciudad pobre y en la que prolifera el desempleo, que según cifras no oficiales puede llegar al 60 por ciento. Es una ciudad construida a lo largo de pequeñas colinas que todavía tiene casas con fachadas agujereadas por las balas y donde las calles casi siempre están desiertas.

Es una ciudad con mezquita, iglesia católica e iglesia ortodoxa que antes de la guerra estaba rodeada de decenas de minas de plata, oro y zinc y de fábricas de construcción y de baterías, entre otras. Era una de las más ricas de Bosnia-Herzegovina.

Allí siempre hay madres rezando en el Memorial. Inaugurado en el 2003, es un terreno enorme que sirve de cementerio para miles de tradicionales lápidas blancas musulmanas, todas con algo en común: la fecha de defunción es siempre julio de 1995.

Las pocas tumbas verdes que se ven indican que esas víctimas acaban de ser enterradas tras ser identificadas gracias al trabajo de Comisión Internacional sobre Personas Desaparecidas. En todo el lugar hay solo una tumba que no es musulmana y está marcada con una cruz grande.

Rusia vetó resolución de la ONU

Entre tanto, Rusia vetó esta semana un proyecto de resolución de la ONU para reconocer la masacre de Srebrenica como un “genocidio”. El borrador había sido presentado por el Reino Unido con la esperanza de que el Consejo de Seguridad reconociera formalmente por primera vez que la peor atrocidad ocurrida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial había sido un genocidio y que condenara la negación de su existencia.

Otros cuatro países del Consejo de Seguridad de la ONU -Angola, China, Nigeria y Venezuela- se abstuvieron de votar sobre la masacre de 8.000 musulmanes en esa ciudad bosnia el 11 de julio 1995.

LAILA ABU SHIHAB
Especial para EL TIEMPO
Srebrenica (Bosnia-Herzegovina)

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