Comedia

Todos, como el personaje de Molière que hablaba en prosa, hablamos en griego sin saberlo.

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08 de julio 2015 , 08:11 p. m.

Una agonía y un gran chisme, los dos fenómenos a la vez. Un problema histórico y político y económico: una tragedia que relampaguea en la televisión, en los periódicos, en el teclado de los internautas que no pueden dejar de analizarla. “Europa es el caos”, nos dicen los teóricos y aun los prácticos, y las palabras que usan parecen darles la razón, pues son casi poéticas: hecatombe, histeria, crisis, melancolía. Música y ruina.

Unos dan cátedra sin saber siquiera en qué piedra están parados: descriteriados, como decía Condorito. O quizás fue Sócrates quien lo dijo: “La verdadera desgracia de la ignorancia consiste en que, pese a carecer de belleza, de bondad y de conocimientos, cree estar, por el contrario, provista de todo...”. Toda ignorancia es enciclopédica y arrogante; todos la llevamos a cuestas. Rosa Moreno, mi filósofa griega favorita desde la Antigüedad, me lo dijo ayer: “Ve, solo sé que nada sabemos”.

La cronología de este drama se puede decir en alemán y no es sarcasmo ni cinismo ni idiotez: Demagogie, Anarchie, Lethargie, Trauma. (Un griego me acaba de gritar enfático, en español: “¡Holocausto!”; pero no hay que hacer escándalo, no hay que ironizar). Y además esta no es la cronología de nada sino apenas la síntesis: el símbolo oxidado de la historia reciente del mundo helénico. Un mundo cuyo reloj y cuya economía no siempre coinciden con las matemáticas.

Dominique Strauss-Kahn, el famoso sátiro que algo tuvo que ver con esta orgía y un par más, ha salido a reconocer sus culpas y a aceptar que el Fondo Monetario Internacional cometió varios errores. Uno de ellos, qué paradoja, lo analiza en perfecto francés: “Nos equivocamos en creer que este era un problema clásico de crisis presupuestal...”. Pero DSK propone también un antídoto, eureka, y para que sea mejor recibido lo dice en latín: “Hay que cambiar la lógica”.

La señora Merkel no ha dicho mucho; solo un aforismo, en griego, sin ninguna simpatía: “Necesitamos un programa de más años...”. Así lo dijo: ‘ein Programm’. En cambio el escritor griego Petros Markaris, que es un maestro y vive en Atenas, y que votó por el ‘sí’, dijo ayer en alemán: “Sí: aquí nos parrandeamos la plata de las subvenciones, todo. Nunca como en los años pasados hubo tanto despilfarro. Pero eso sí: la Unión Europea jamás nos controló, al revés...”.

Todos, como el personaje de Molière que hablaba en prosa, hablamos en griego sin saberlo. Nuestras palabras arrastran esa herencia de barro y de fuego y de vino, la eucaristía. Recuerdo que un gran escritor uruguayo al que conocí hace años, Milton Fornaro, dónde andará, un personaje adorable, me contó que había ido a Atenas y que no salía de su asombro, de su éxtasis, cuando entraba a los bares y oía que allí la gente pide a gritos la cuenta con una palabra enigmática de su niñez: el logaritmo, por favor.

Hay una anécdota de García Márquez con Álvaro Mutis que me fascina y me conmueve. Quizás, no tengo ni idea, ocurrió en ese mismo viaje en el que casi se matan yendo por la Provenza. Mutis iba a escupir sobre la tumba de Inocencio III, el papa que quemó a los cátaros, y Gabo iba a cumplir su viejo sueño de ser chofer de BMW. Pero en El Pireo se les varó el carro; al atardecer de un verano hipnótico. Entonces García Márquez pidió ayuda en griego clásico: “¡Catástrofe, mecánico!”.

También Borges –me cuenta Eduardo Barajas, que es quien más sabe en Colombia de los griegos– se emocionó una noche en Atenas al oír que a lo lejos alguien cantaba una canción popular. “Óniro, óniro...”, decía la letra, y él la descifró. Entonces, feliz, habló de los sueños. Con sus ojos oníricos en un laberinto.

Arde Atenas y es Troya.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

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